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El MIR más disperso se olvida del covid

Los exámenes, repartidos en cinco sedes de Oviedo, obviaron el coronavirus en sus preguntas y fueron un momento de emotivo reencuentro para los estudiantes

Estudiantes antes de entrar al examen, en la puerta de la Facultad de Medicina. | C. L.

Estudiantes antes de entrar al examen, en la puerta de la Facultad de Medicina. | C. L.

Custodiados en una furgoneta blindada, guardados en cajas de cartón precintadas y vigilados por dos revólveres del 38. Así llegaron, desde el Ministerio de Sanidad, los exámenes del MIR a Oviedo el pasado mediodía, para desandar lo andado al caer la noche. Durante el camino de ida guardaban un secreto; de vuelta al Ministerio, con las casillas marcadas, se llevaban el “futuro” de todos los aspirantes. La empresa encargada de repartir los exámenes lo hizo al tiempo que los sanitarios comenzaban a congregarse a las puertas de las sedes en las que, este año, se realizaron los exámenes de formación sanitaria especializada. Las facultades de Medicina, Derecho, los polideportivos de Llamaquique y el campus de los Catalanes fueron testigos de las lágrimas, los abrazos, las palabras de ánimo y el silencio roto por el ruido de los folios y el trazado de las cruces sobre las 185 preguntas de los exámenes. Una prueba “rara”, decían los aspirantes, aún aturdidos tras el “tour de force” de la prueba. Y la gran duda quedó resuelta: el covid, que tantos quebraderos de cabeza había dado a los “mires”, se quedó fuera del aula. Solo una pregunta, y de manera “muy vaga”, hacía referencia a la pandemia.

A la puerta de la facultad de Medicina, la representante de una academia repartía pequeñas libretas a los sanitarios entre palabras de ánimo. “Para cuando seáis residentes”, “ánimo, que lo habéis hecho genial”, “muchísima suerte”, iba repitiendo, mientras entregaba su modesto regalo a los aspirantes. Allí había de todo, gente que decía estar tranquila por medios naturales o químicos. Quien no podía contener el tamborileo de un pie durante la espera antes de entrar al aula y quien se reencontraba con sus amigos tras un mes de “auténtico encierro”. Sobre la cabeza de los aspirantes colgó, durante las últimas semanas, una presión añadida a la del examen. Si resultabas positivo, estabas fuera. Si eras contacto estrecho, estabas fuera. Y la repesca tendría que esperar al año siguiente. Ayer, las estrictas restricciones que se autoimpusieron los estudiantes terminaron de golpe. Abrazos, palmadas de ánimo e, incluso, alguna mano que recogía una lágrima de otra compañera con palabras de aliento.

Dos estudiantes se abrazan al terminar la prueba. | Irma Collín

El de ayer fue el examen más atípico de los últimos años. No solo por las mascarillas, por el autoconfinamiento, por el estrés o la formación telemática de las academias. 29.251 aspirantes al MIR, se repartirán 10.249 plazas. Se trata de la mayor oferta del Ministerio, en respuesta a la elevada demanda sanitaria causada por la pandemia y porque el covid ha abierto los ojos de muchos a la necesidad de incorporar sanitarios al sistema para evitar su colapso. Pero también ha sido el año que menos gente se presentaba para competir por las plazas. Ayer, en los pasillos de la Facultad de Medicina, Ana Suárez explicaba que las circunstancias vividas durante los diez meses de estudio, los vaivenes de la pandemia, el estrés y el confinamiento no habían resultado los mejores compañeros de preparación. Por eso mucha gente “pasó”. En Oviedo, una de las plazas fuertes del MIR, se presentaron este año 890 aspirantes.

Sobre las medidas sanitarias, que aumentaron los tiempos de espera en las facultades antes de que comenzara el examen, se comentaba más que el contratiempo –pero entre risas– que este año era “imposible copiar”. Pero los estudiantes de medicina no fueron los únicos que se enfrentaron ayer a la prueba; también lo hicieron químicos, biólogos, físicos o psicólogos. Begoña González, una de ellas, que también se examinaba en la facultad de Medicina, comentaba con sus amigos que estaba “menos nerviosa de lo esperado”.

Una opositora, sorprendida por sus amigas al término de la prueba. | Irma Collín

A la salida, un grupo de estudiantes de Medicina, algunos abatidos y otros aun con los nervios en el cuerpo, comentaban que el examen había sido “muy raro”. Aunque reconocían que es algo que se dice casi todos los años. Lo que les sorprendió fue que el covid no llegase a los exámenes. “Era algo que parecía cantado, en mi caso estudié muchísimo la asignatura de Infecciones y, en especial los coronavirus”, lamentaba Ángeles Blanco ya volviendo a casa acompañada por su padre. “Pero, bueno, creo que no me ha salido mal”, admitía. De netas –la puntuación en la que se mide el resultado a través de una fórmula y la palabra más temida por los aspirantes– pocos quieren hablar. Una vez hecho el examen, que sea lo que Dios quiera. “Alea jacta est”, publicaba uno de los estudiantes en sus redes sociales. A las puertas, más abrazos, pancartas de los amigos, tras el “shock”, celebración y la sensación de “haberse quitado un gran peso de encima”.

Ahora, a esperar la corrección, ver las preguntas polémicas, las anuladas, el resultado, y la elección de plaza dentro, de un par de meses. “Eso sí que es tensión”, cuenta la asturiana Ana Álvarez, que ha hecho el MIR en Madrid, y que tiene la intención de volver al Principado. “Pero la competencia es dura”, admite. Aquí, nadie quería pensar en ello. “Ahora toca descansar. Y disfrutar lo que nos dejen, aunque ahora ya tenemos que dar ejemplo”, comentaba con una sonrisa una estudiante, ya caída la noche: “Me voy a tomar un copazo. Me lo merezco”.

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