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Así reciben los vecinos el anuncio de arreglo millonario de la temible carretera de La Hermida: “Ya nos engañaron muchas veces”

Escepticismo entre los vecinos del desfiladero que une Panes y Cillorigo, en Cantabria, sobre la mejora de la N-621, prometida desde hace decenios: "Viene mucho topógrafo pero la obre no empieza nunca"

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Escepticismo en el desfiladero de la Hermida ante el anuncio de arreglar la carretera, una demanda histórica Ramón Díaz/Nel Melero

A José María Corces, artillero jubilado de San Esteban (Peñamellera Baja), le aseguró una mañana un ingeniero de Cantabria que tendría trabajo “en breve” porque se iba a arreglar la carretera N-621 a su paso por el desfiladero de La Hermida, que con 21 kilómetros de longitud es el más largo de España. El hijo de Corces, también José María, tenía entonces 3 años. Ya ha cumplido 33 y aunque tiene buen firme, el trazado de la carretera, estrecha, sinuosa y que registra incontables desprendimientos, sigue igual.

Han sido tantas promesas, tantos anuncios, tantas mediciones que los vecinos de la zona del desfiladero de La Hermida, que une Panes con Cillorigo, en Cantabria, han caído presos del escepticismo. Nadie se cree el anuncio del Ministerio de Transportes de que gastará más de 95 millones para mejorar la carretera que avanza por la angosta y retorcida garganta del río Deva, donde suma 174 curvas.

Francisco Caso, vecino de La Hermida (Cantabria), tiene 80 años y lleva “toda la vida” oyendo que van a arreglar la carretera, que discurre justo por delante del negocio de hostelería familiar. Por eso ocurre como en el cuento de Pedro y el lobo: “Nos han engañado tantas veces que ya no creo nada”, comenta. El cántabro “baja” casi a diario a Panes a comprar “su” periódico “de siempre”, LA NUEVA ESPAÑA. Ida y vuelta son 24 kilómetros por una carretera “tercermundista. ¡Y eso que es una nacional!”, clama. “No queremos una autopista, solo una carretera cómoda, como la de Cabrales a Panes”, añade.

La hija de Francisco Caso, Marisa, tampoco cree que vayan a reparar la carretera esta vez. “Y eso que buena falta nos hace”. Asegura que su padre comenta a menudo entre bromas que acabará muriéndose sin ver arreglada la carretera.

“Mucho topógrafo que mide, que viene y que va, pero las obras no empiezan nunca”, comenta Vanesa Díaz, gijonesa residente en Panes, que lleva 15 años trabajando en el balneario de La Hermida, lo que la obliga a ir y volver a diario por el desfiladero. Sabe lo que es esquivar piedras caídas a la calzada y apartarse para no ser arrollada por vehículos pesados. Todos los vecinos, conscientes del peligro del vial, han aprendido a ser prudentes. El “problema”, dice, es que hay –al menos había antes de la pandemia– muchísimo turismo y en consecuencia un tráfico infernal, “y algunos turistas van pensando en Babia, otros tiran fotos en marcha de un pico (Tiolda) que hay parecido al Urriellu, otros van muy rápido...” Lo mismo que Santo Tomás con la resurrección de Jesús, la gijonesa es escéptica sobre la obra: “Hasta que no vea máquinas trabajando no creeré nada”.

Pepe Vallejo, exalcalde de Valdés y veterinario jubilado, ve “absolutamente necesario” remodelar la carretera de La Hermida. Que quede “igual que la de Cabrales”, la que avanza junto al río Cares, es su deseo. “Tengo 64 años y llevo toda la vida escuchando que pronto empezarán las obras, pero solo el anterior ministro, (Íñigo) de la Serna, le dio un empujón grande al proyecto y arregló cuatro puentes”, añade.

Raquel González es la propietaria de una de las dos casas de La Comporta, entre Panes y Puentellés, en el inicio del desfiladero. Ya desde que la adquirió, en 1995, empezó a oír que se mejoraría la carretera, pero solo en 2018 llegó el aviso de las expropiaciones. Observó en los planos que se publicaron entonces en el Boletín Oficial del Estado (BOE) que sí se expropiaba el edificio vecino, pero no el suyo. Y se percató de que al ampliarse el radio de la curva cercana a su casa esta quedaría aún en peor situación que ahora. “No para el transporte escolar con la excusa de que es demasiado peligroso”, denuncia. Están afectados dos nietos, que residen en La Comporta junto a su hijo y su nuera. Por eso decidió solicitar al Ministerio que expropiara también su casa. Transportes ha dicho “sí” y ahora la familia está a la espera la peritación y las tasaciones. “A ver cuánto nos pagan”, señala.

“Con que lo dejen como la de Cabrales, vale”, reclama también José María Corces, de 70 años, que afea que el Ministerio lleve “toda la vida topografiando para nada”. Reside en San Esteban y debe viajar a Panes para aprovisionarse. Así que “sufre” la carretera a menudo; más aún “en los veranos de los buenos tiempos (antes del covid-19), cuando había veces que tenía que esperar un cuarto de hora en el cruce de Rumenes por la gran cantidad de tráfico”. Su opinión: el arreglo “hace tanta falta como el beber”.

Nel Melero pensó durante mucho tiempo que era “imposible” ensanchar la N-621 en el desfiladero astur-cántabro por falta de medios técnicos. Ahora sabe que sí se puede, pero no las tiene todas consigo sobre que el proyecto pase del papel al asfalto. Dice que el arreglo de la carretera es vital, sobre todo para los vecinos de la comarca de Liébana, pues es su único acceso al resto de Cantabria, a Asturias y, sobre todo, al hospital de Sierrallana y Tres Mares, en Torrelavega.

Las reacciones vecinales responden a la licitación de las obras para mejorar la N-621 en el desfiladero de La Hermida por 95,74 millones de euros, repartidos en cuatro anualidades, de 2022 a 2025. El objetivo de Transportes es mejorar la seguridad de la carretera, en la que se han registrado numerosos accidentes, algunos mortales, debido principalmente a desprendimientos de rocas. Cerca del cruce que conduce a Cuñaba y San Esteban, un recipiente colgado de la roca recuerda uno de esos fallecimientos. Siempre hay en él flores frescas.

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