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Investigación, divino tesoro | Geología

Manuel rebusca en la memoria de las rocas

Un geólogo leonés estudia cómo se rompieron hace 300 millones de años los materiales que componen las fallas fósiles de la cordillera Cantábrica, hoy visibles e inactivas, para entender mejor los miniterremotos actuales

Manuel Ignacio de Paz Álvarez y el profesor Sergio Llana Flórez, en los exteriores de la Facultad de Geología. | Irma Collín | IRMA COLLÍN

Manuel Ignacio de Paz Álvarez y el profesor Sergio Llana Flórez, en los exteriores de la Facultad de Geología. | Irma Collín | IRMA COLLÍN

Las rocas tienen mucha memoria. Tanta como para encontrar en ellas señales que nos cuenten qué tipo de actividad sísmica había en la cordillera Cantábrica hace 300 millones de años. El joven geólogo Manuel Ignacio de Paz Álvarez lleva desde 2017 caminando, como “en pocos lugares del mundo puede hacerse”, sobre cabalgamientos. Son fallas fósiles, ya inactivas, pero que suponen un gran tesoro, ya que las actuales están enterradas a varios kilómetros de profundidad y, por lo tanto, son inaccesibles. “Solo se consiguieron hace unos años muestras de la falla de San Andrés, en California, y de la falla Alpina, en Nueva Zelanda, aunque el sondeo en esta última fue más superficial. Aquí no hay masa crítica ni dinero para hacerlo. La alternativa es buscar zonas antiguas que sean equivalentes a las activas en el presente”, explica Sergio Llana, profesor titular del departamento de Geología y director principal de la tesis.

¿Y buscar fallas antiguas para qué? Para entender mejor los terremotos y, en consecuencia, la cordillera Cantábrica. En su investigación, Manuel de Paz, leonés de 28 años, pone el foco en los procesos de deformación; es decir, en cómo se rompen o se doblan los materiales. Para ello, ha recogido más de 300 muestras, de las cuales ha sacado unas 200 láminas para estudiarlas al microscopio. Algunas de ellas, las de mayor interés, han pasado por el electrónico. “Este tipo de microscopio nos permite ver, con hasta 12.000 aumentos, el detalle de los daños, que es lo que determina la resistencia de los materiales y su comportamiento durante la deformación. Un microscopio óptico, por su parte, se queda en 100 aumentos”, detalla De Paz.

Las fallas que ha explorado el joven investigador durante los últimos cuatro años son muy grandes. Constan a lo ancho de decenas de kilómetros; algunas cruzan la Cordillera de lado a lado. Son cabalgamientos, además, que hace 300 millones de años, cuando comenzaron a deformarse las rocas de la cordillera Cantábrica, se desplazaron hasta 100 kilómetros. “Eso es mucho, es como si Oviedo acabase en León con el paso del tiempo”, indica. Y por suerte, las rocas que los recubrían solo se han erosionado unos “cuatro o cinco kilómetros”. “La reciente formación de la Cordillera tal y como la conocemos se quedó a medias, de forma que las placas tectónicas no han seguido colisionando unas con otras hasta deformarse intensamente. Eso es por ejemplo lo que pasa en el Himalaya. Allí, a diferencia de lo que ocurre en Asturias, no podríamos ver hoy rocas sedimentarias de hace 300 millones de años porque están erosionadas”, apunta Sergio Llana, que codirige la tesis junto al catedrático y director del departamento de Geología, Juan Luis Alonso.

Manuel de Paz, en el campus de Llamaquique.

No obstante, la labor de localización de las rocas que hablan del pasado de la cordillera Cantábrica no es en absoluto fácil. Y eso que Manuel de Paz no partió desde cero, sino que se benefició enormemente de la labor de investigadores anteriores y de la información que ofrece el mapa geológico nacional. Como explica Llana, esos materiales antiguos están escondidos y mezclados con otros nuevos, porque en la Cordillera las placas tectónicas se juntaron y se separaron varias veces. “Es como una cebolla; hay que ir quitándole capas para poder reconstruir la historia. Primero empezamos por zonas en donde solo hay deformación antigua, y luego, ya nos adentramos en áreas más complejas, en las que se acumulan varios episodios de deformación acaecidos en los últimos 300 millones de años”, puntualiza.

Aunque la tesis de Manuel de Paz aún no está terminada –prevé presentarla a finales de este año–, sí que se pueden adelantar algunas conclusiones. Quizá la más importante es que se sigue sin encontrar rastros de grandes terremotos en el pasado de Asturias. Y en el caso de haberlos, serían muy parecidos a los que se registran hoy en día: “Numerosos pero muy pequeños”. De hecho, una reciente investigación del departamento de Geología ha registrado en solo ocho meses 73 miniterremotos submarinos originados a 6 y 21 kilómetros de profundidad, la mayoría de ellos cerca de Avilés y de magnitudes medias de alrededor de 2 (imperceptibles para la población).

El trabajo del leonés ayuda a comprender cómo se originan esos seísmos, que, como los del pasado, podrían provocar únicamente una nube de pequeñas roturas. “Lo que quiero es proporcionar descriptores, es decir, señalar qué mecanismos de deformación se relacionan o no con la actividad sísmica, para entender mejor la cordillera Cantábrica. Y que esos descriptores les sirvan a investigadores que están en otros puntos del mundo, como Japón o Chile”, comenta.

Manuel de Paz tiene un contrato del Ministerio, el FPU (Formación del Profesorado Universitario), que es el más competitivo en España para predoctorales. Hizo un máster en Geología y Geoquímica en Ámsterdam, pero decidió volver a Oviedo fundamentalmente por la riqueza geológica que ofrece la cordillera Cantábrica. El leonés participa en un proyecto de investigación en el que trabajan varios miembros del departamento de Geología, así como de otras universidades de fuera de España, y que se llama “Petrocantábrica”. Sergio Llana asegura que es “fundamental” que una tesis esté vinculada a un proyecto de estas características, ya que los gastos asociados a una investigación, como los viajes o los análisis, no se cubren con un contrato predoctoral. Y, por otro lado, para el personal fijo de la Universidad, la entrada de joven talento como De Paz también es vital “para que las líneas de investigación salgan adelante”.


Investiga con un contrato del Ministerio


¿Qué investiga? Los procesos de deformación de antiguas fallas de la Cordillera Cantábrica con el objetivo de ver cuáles están relacionados con procesos sísmicos y aportar más conocimiento sobre los terremotos actuales. Por otro lado, el estudio de Manuel de Paz ayuda a comprender mejor la Cordillera, ya que analiza rocas de hace 300 millones de años.    


¿Por qué es importante? Porque no se puede acceder a las fallas activas, ya que están situadas a varios kilómetros de profundidad. La única alternativa es analizar los cabalgamientos antiguos y que, por suerte, en Asturias están expuestos en la superficie y, por tanto, son accesibles para su observación directa.   


¿Cómo se financia? A través de un contrato FPU del Ministerio, de unos 1.000 euros mensuales. Su investigación forma parte también de un proyecto de la Agencia Estatal de Investigación concedido a un grupo de investigadores del departamento de Geología. De Paz realizó una estancia el pasado año en Gales, donde le pilló el confinamiento. 

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