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El pueblo, refugio de osos jóvenes y hembras con cría que huyen de machos dominantes

“Temen al hombre, pero más a grandes ejemplares”, afirman expertos, que dicen que en la especie hay “distribución despótica” del territorio

oso

Miki López

Hay más osos, crece la competencia entre ellos y los perdedores, que son los ejemplares débiles, se refugian en zonas próximas a los pueblos. Eso explicaría que los hermanos Marcelino y Francisco Frade Navia, del pueblo cangués La Reguera del Cabo, viesen el pasado sábado 1 de mayo hasta seis plantígrados, uno de ellos a la puerta de casa. Las “visitas” cada vez más frecuentes de osos en aldeas asturianas tiene más que ver, según los expertos, con una “distribución despótica” de la población que con la búsqueda de alimento, como podría pensarse. Guillermo Palomero y Fernando Ballesteros (Fundación Oso Pardo), Juan Carlos Campo (Consultores en Biología de la Conservación) y José Vicente López Bao (CSIC- Universidad de Oviedo) lo resumen en una frase en el libro que acaba de publicar la Fundación Oso Pardo: “Los osos jóvenes y las hembras con crías temen al hombre, pero temen más a los grandes machos dominantes”.

La población de osos, como la de San Martín de Oscos.

El origen del conflicto oso-humano está, lógicamente, en la evolución positiva de la especie. Actualmente hay unos 330 ejemplares en la Cordillera Cantábrica, de los cuales 280 componen la subpoblación occidental y 50 la oriental. Es decir, representan casi los habitantes de San Martín de Oscos. Una buena muestra de la recuperación de la especie son las estadísticas de osas con crías: se pasó de observar 6 en 1989 a 38 en 2018.

Según dicen los autores del libro “Osos cantábricos. Demografía, coexistencia y retos de conservación”, de la Fundación Oso Pardo, el mínimo poblacional se alcanzó probablemente a principios de los años noventa. Estos expertos indican que el incremento de osos con crías en ambas subpoblaciones es de un 10 por ciento anual. Y estiman que en la década de 2030, la población cantábrica podría salir de la categoría de “Peligro” a entrar en la de “Vulnerable” en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). De ser así, “estaremos ante un éxito de conservación”, según afirma el biólogo Fernando Ballesteros, uno de los editores de la publicación.

Javier Naves, científico del CSIC y uno de los mayores expertos de osos, no lo ve tan claro: “El oso podría salir de la zona de peligro si sigue la evolución de las últimas décadas, sin embargo, nada nos dice que vaya a continuar siendo así. Es más, el número de osas con crías parece haberse estabilizado en los últimos años”. Naves aporta dos fechas claves para la evolución de la especie: en 1967 se dejaron de abatir osos legalmente en España y en 1973 pasó a considerarse especie protegida.

Los machos dominantes se reservan los territorios más alejados al hombre.

Palomero, Ballesteros, Campo y López Bao dicen que el hecho de que los osos pardos se acerquen a comer a lugares humanizados tiene más que ver con la competencia entre los individuos de la población que con la abundancia o la calidad de los alimentos disponibles. Citan los estudios liderados por Marcus Elfström, de la Universidad Noruega de las Ciencias de la Vida, los cuales concluyen que, detrás del acercamiento de los plantígrados a los pueblos, hay “una fuerte competencia intraespecífica que origina una distribución despótica de la población”. Esto es que “los osos más grandes viven en las zonas más alejadas del hombre acaparando el alimento natural, mientras que los jóvenes son expulsados a áreas humanizadas donde con frecuencia entran en conflicto con el hombre”. Y lo mismo pasaría con las hembras con crías, ya que el infanticidio –el ataque de un macho adulto a un esbardo– es la primera causa de mortalidad de los oseznos de un año. Durante esta época, las madres “priorizan la seguridad a la alimentación”.

“En la población cantábrica, que crece en número en mayor medida de lo que se extiende en el espacio, es de esperar que la competencia intraespecífica entre los osos –más que las necesidades de alimento– incremente la presencia de individuos jóvenes y quizá de hembras con crías en zonas humanizadas, donde buscarán seguridad frente a los machos de gran tamaño. Pero si el alimento está disponible en estas zonas humanizadas, los osos no lo van a desperdiciar”, explican los autores del estudio. Por eso, Fernando Ballesteros recuerda que “es importante actuar con técnicas de disuasión” ante casos de ejemplares habituados a la presencia humana. “Hay que ser persistentes, porque el animal no percibe miedo”, dice. Y una actividad que podría fomentar esa habituación es el turismo de observación.

En relación a este tema, Javier Naves cree que la habituación a las personas por parte de los osos “no es tan sencilla de adquirir”. “Quizá sean más susceptibles las crías, pero todos los osos tienen miedo al ser humano”, señala. Lo que se produce en la naturaleza es efectivamente un reparto del territorio. “Los machos dominantes ocupan las zonas favoritas y alejadas de los pueblos, porque, digamos, tienen preferencia para elegir”, aclara.

Mapa de densidad de las osas con crías para los períodos

Los osos se fartucan a miel.

En los últimos 30 años solo se han recogido ocho incidentes con contacto físico en España, siete de ellos en la Cordillera y uno en los Pirineos, y ninguno se ha saldado con muertos. Los principales daños que ocasionan los plantígrados es a colmenares. “De los 2,5 millones de euros pagados en estos diez años por daños de oso, más de las tres cuartas partes, 1,9 millones (76%), ha correspondido a desperfectos en colmenas”, aportan los especialistas en el libro de la Fundación Oso Pardo. Los segundos daños más frecuentes son a frutales y los terceros, a ganado, generalmente ovino. Entre 2009 y 2018, las administraciones cantábricas han aceptado y pagado una media anual de 75,4 reclamaciones de ganado y 94,7 cabezas de ganado, con un desembolso medio de algo más de 40.000 euros al año.

Ojo: ya hay osos comiendo pienso de ganado y de perros.

Los expertos ponen el foco en un fenómeno incipiente en la Cordillera Cantábrica, pero que “marca un punto de alerta”, como opina Ballesteros. “Aunque los daños en comederos de ganado o el consumo de pienso están muy poco representados en la base de datos, hemos recogido diversa información que refleja un problema incipiente y todavía raro, que podría extenderse y contribuir al conflicto por la posibilidad de habituación de los osos a alimentos muy atractivos, la cercanía en muchos casos a asentamientos humanos y los riesgos de encuentros súbitos entre osos y personas”, manifiestan. En concreto, registraron en los últimos cuatro años ocho casos de ejemplares acudiendo a comer pienso, tanto en tolvas para engorde de terneros, como en perreras o pequeños comederos con pienso para perros, llegando a entrar incluso en cabañas. “En alguna ocasión hemos podido detectar hasta cuatro osos distintos comiendo simultáneamente durante 14 días seguidos en comederos de pienso granulado de ganado”, avisan.

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