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Parte del estado de alarma: análisis de cómo llega Asturias a este punto tras ser arrollada por la segunda ola en otoño

Los epidemiólogos afirman que el Gobierno tardó demasiado en declarar la emergencia y que gestionó peor que las comunidades autónomas

Un control policial durante el estado de alarma.

Un control policial durante el estado de alarma.

Con las doce campanadas de esta medianoche, Asturias ha dejado atrás la montaña rusa de rampas de subida y bajada, de restricciones y protestas, de cierres de ciudades, concejos y bares por todos o por partes y de cada vez más vacunas que han acompañado al estado de alarma más largo de la democracia. Los 196 días que han transcurrido hasta ayer equivalen muy aproximadamente a media pandemia. Primero han visto cómo crecía y disminuía la oleada más dura de toda la evolución epidémica en el Principado –la segunda, la del otoño, la más restrictiva y la peor en cuanto a incidencia y mortalidad– y cómo se hinchaba y retrocedía después la tercera –la de la Navidad y sus rescoldos, pero sobre todo la del inicio de la vacunación–, pero ésta menos que la del resto del país. El parte muy simplificado dirá que Asturias sufrió más que nunca bajo los nubarrones del otoño y que vio abrirse tímidos claros bastante más allá del cambio de año, cuando ya había aprendido de algunos errores, utilizó de otro modo sus herramientas y vacunó.

Gráfico

Unos datos.

Asturias sale de este último periodo de alarma, el de los presidentes autonómicos investidos como autoridad delegada, con una tasa de mortalidad global muy similar a la media nacional, 188 fallecidos por 100.000 habitantes frente a los 163 del promedio –el sexto registro más alto en el orden autonómico–, pero el indicador presenta una notable variabilidad por olas. Asturias pasó de registrar casi la mitad de mortalidad que España en el embate inicial de la pandemia a superarlo en las dos siguientes, y sobre todo en la segunda –en la que duplicó las tasas nacionales–. Si se aislara la curva sin primera oleada, Asturias sería la tercera región con más muertes –casi 158 por 100.000, por detrás de Aragón y Castilla y León– y la primera en promedio de fallecidos por infectados, un 3,5 por ciento que nadie supera en ese periodo y que tiene mucho que ver con el tipo de población envejecida y vulnerable que caracteriza al Principado.

Una explicación.

“Asturias controló rápidamente el primer brote”, explica Pedro Arcos, epidemiólogo y director de la Unidad de Investigación sobre Emergencias y Desastres de la Universidad de Oviedo. Advierte de que “en la mortalidad influye mucho la estructura por edades” y apunta en favor de Asturias que “pocas autonomías tienen esta dotación de medios” sanitarios.

La peor fue la segunda ola...

En resumen, la segunda ola llegó a Asturias más tarde y subió más alto que en el conjunto del país, hasta un pico de 652 casos en tasa de incidencia acumulada por 100.000 habitantes en 14 días, frente a los 529 de España. Fue la peor, más virulenta sobre todo en muertos que la tercera, que también se presentó con más retraso y subió casi lo mismo –hasta 658 positivos, incomparables con los casi 900 del total nacional–, pero con un nivel más bajo de mortalidad. También la cuarta onda, casi inexistente en el Principado, camina por debajo de la española.

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... La de las restricciones más duras.

Se diría que lo más duro de la curva coincidió con el arranque del tramo de gestión autonómica, allá por noviembre, pero el análisis de los expertos no es tan simple. El gijonés Usama Bilal, profesor de Epidemiología y Bioestadística en la Universidad Drexel de Filadelfia (EEUU), vuelve al otoño y señala que entonces aún no estaban disponibles “las herramientas para tomar esas medidas durante la segunda oleada, dado que el segundo estado de alarma se inició cerca del pico de la ola”. Era la etapa de las restricciones más estrictas, por ejemplo del cierre total y generalizado de la hostelería en toda la región del 4 de noviembre al 13 de diciembre. Apunta el investigador que aquellas medidas, que no aún se adoptaron entonces por concejos –en una fase en la que sí lo hacía Galicia, por ejemplo– quizá “ayudaron a bajar esa segunda oleada más rápido, pero no a prevenirla”. También a juicio de Arcos, la aparente paradoja de que Asturias haya tenido peores datos justo cuando más estrictas quisieron ser sus restricciones se explica por una cuestión de tiempos, o del tiempo que tardan en verse en contextos pandémicos los efectos de unas causas que se fraguan semanas antes.

Preparación y vacunas.

El caso es que todo fue mejorando, al menos en la comparación de Asturias con el resto de España, al doblegar la tercera ola. Es la del sistema de confinamientos perimetrales y cierres de bares por concejos, el modelo restrictivo criticado por su aplicación a veces arbitraria, sobre todo en el manejo de los datos de incidencia que se hizo en cada momento. A su estela, la oleada de enero y febrero subió más rápido, pero contuvo la altura de su cresta más que la del resto de España y redujo la mortalidad sin bajarse de la cabeza de España. Pudo haber sido “una combinación del inicio de la vacunación, sobre todo en las residencias, con esas medidas más duras, pero también más quirúrgicas”, apunta Bilal. “Es decir, la tercera oleada nos pilló mucho más preparados, con las herramientas que nos daba el estado de alarma, y una mayor experiencia con lo que había pasado durante la segunda oleada. Y sí, creo que unas medidas por concejos habrían sido acertadas desde un principio, pero se aprendió de eso y se acabaron tomando esas medidas”.

Lógica y riesgo del confinamiento.

Mauricio Telenti, microbiólogo del HUCA, entra en este asunto con ciertas dudas sobre la dinámica “peculiar” del virus y el posible efecto contraproducente de los confinamientos prolongados. “Tienen su lógica, pero también su riesgo”. Es claro el ejemplo de París, con sus fuertes restricciones y su inflación de incidencia difícil de doblegar, y cabría la analogía con los soldados, extremadamente cuidadosos en las primeras semanas de la guerra y más relajados a medida que avanzan sus rigores. Coincide el experto, eso sí, en que el control mediante la vacunación de las residencias fue una de las claves de la contención de la tercera ola y la inexistencia de la cuarta.

Mejor las autonomías que el Gobierno.

La línea de llegada es hoy una curva en descenso más pronunciado que la española. La síntesis de todo lo observado le dice a Pedro Arcos, por lo demás, que no se aprecian grandes disparidades en la gestión por autonomías, “si exceptuamos tal vez Madrid”, pero que queda claro que en conjunto las regiones “gestionaron mejor que el Gobierno central”. El Ministerio de Sanidad, ese “cascarón vacío” de competencias que dejó al aire algunas de sus vergüenzas con la pandemia, falló, concreta, “en proporcionar información fiable y a tiempo, en la articulación de un marco legal”, un error cuyas deficiencias “estamos viendo ahora”, o en “la incorporación del elemento científico a la toma de decisiones”. La interferencia política se ha dado con esta intensidad “en muy pocos sitios”, opina el epidemiólogo, que pone muchos acentos sobre los efectos que tuvo sobre el otoño lo ocurrido “en mayo y junio”, aquella “prisa” excesiva por abrirlo todo en la primera desescalada.

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