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Sangre nueva para la Iglesia asturiana

Las historias tras la últimas ordenaciones en la diócesis: un avilesino comprometido ante la Virgen de Covadonga, un dominicano que sintió “la llamada” cuando estudiaba o un abulense casado llegado para poder ser diácono

Sanz Montes, rodeado de sacerdotes durante una celebración religiosa.

Sanz Montes, rodeado de sacerdotes durante una celebración religiosa. LNE

Esta información ha sido elaborada por: F. VALLINA (Oviedo), L. PALACIOS (Gijón), M. MANCISIDOR (Avilés) y A. ILLESCAS (Pola de Siero)

Dos nuevos sacerdotes y seis nuevos diáconos. Sangre nueva para la diócesis de Oviedo. Y detrás de ella, ocho historias diferentes de vocación religiosa en tiempos de escasez. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, ordenó el pasado domingo 23 a los que serán nuevos valores de la Iglesia en la ardua tarea de dar servicio a las parroquias asturianas. De ellos, dos ya son sacerdotes y esperan destino, tres son diáconos transitorios que tienen como objetivo acabar siendo sacerdotes y otros tres son diáconos permanentes, casados y que realizarán labores imprescindibles de apoyo a los párrocos. No todos son asturianos. Hay un dominicano que ejerció de misionero y que ahora está en Asturias con la misión de convertirse en sacerdote, o un abulense casado que se mudó a la región con su familia con el único objetivo de poder ejercer de diácono permanente. No falta un ovetense que supo de su vocación cuando era muy joven, un poleso que no se ve de párroco en su tierra o un avilesino que lo vio claro a los pies de la Santina. Algunas vocaciones tempranas, otras tardías tras un repentino acercamiento a Cristo. Aquí se recogen sus historias, salvo la del ovetense Xicu Firmu, diácono permanente que presta ayuda en La Fresneda y que no pudo participar en este reportaje por motivos personales.

David Álvarez | Avilesino de 38 años, ordenado diácono y futuro sacerdote

“A los pies de la Santina decidí entrar al Seminario”

David Álvarez, avilesino de 38 años, es el pequeño de tres hermanos. Sus padres llegaron a la Villa del Adelantado con un objetivo compartido por muchas familias allá por la segunda mitad del siglo XX: trabajar en Ensidesa. Álvarez estudió en el colegio San Fernando y, tras flirtear con la carrera de Informática, decidió entrar en Formación Profesional, donde obtuvo los módulos de Grado Superior en Sistemas de Telecomunicaciones e Informáticos, con la suerte de entrar a trabajar en una empresa de ingeniería. Ahora es diácono transitorio; es decir, su objetivo es alcanzar el orden del presbiterado, llegar a ser sacerdote.

¿Cómo descubrió la vocación? “Mi punto de partida vocacional es la gran experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en 2011 y los actos previos, como la visita de la Cruz de los jóvenes a Asturias en septiembre de 2010. En agosto de 2012, a los pies de la Santina, en la santa cueva, decido entrar al Seminario para discernir cuál era mi camino y lo que Dios me estaba pidiendo”, explica el joven avilesino. Álvarez colabora en las eucaristías de San Juan el Real de Oviedo y en la Unidad Pastoral de Sariego.

Álvarez descarta que la Iglesia esté lejos de los jóvenes. “Creo que es el eterno dilema... La cuestión creo que está en el enfoque y en la necesidad de buscar un puente entre Dios y los jóvenes de hoy, pensar en positivo: el lenguaje y los signos de las celebraciones, la presencia en la cultura y la sociedad. Hay muchas situaciones en nuestra sociedad que claman la presencia y la creencia en algo, para mí ese algo es alguien, es Jesucristo, y su mensaje para todos que debemos intentar compartir”, subraya.

José María Laredo | Gijonés de 54 años, casado y ordenado diácono permanente

Del “esto son chorradas” a sentir “una llamada de verdad”

A José María Laredo (Gijón, 54 años) la vocación religiosa le llegó casi sin contar con ella: ha pasado de pensar que “esto eran chorradas” a pronunciar la homilía en la parroquia gijonesa del Corazón de María. Laredo, jubilado como director de tráfico en una empresa de transportes, es uno de los recién ordenados diáconos permanentes, una figura que “ya se contemplaba en el Nuevo Testamento, la de aquellas personas que empezaron a echar una mano a los apóstoles”, pero que con el paso de los años fue menguando. Tras el Concilio Vaticano II, cada diócesis ha ido incorporando de nuevo esta figura, habilitada para llevar a cabo bautismos, predicaciones y celebraciones de la palabra. Como en su caso, pueden estar casados, pero si enviudara “no podría casarme de nuevo”. Fue precisamente la primera comunión de su hija el punto de inflexión en la vida de Laredo, quien fue estudiante de los Jesuitas, se alejó progresivamente de la vida religiosa y llegó al punto de que “no creía en nada”. De hecho “yo no quería casarme por la Iglesia, lo hice por mi mujer”. Con la comunión de su hija se acercó de nuevo a aquello que creía olvidado, y “poco a poco fui viendo que no era broma, que algo me llamaba de verdad”. Fue en ese momento cuando “por casualidades de la vida empecé a oír hablar del diaconado, me informé y me puse a ello”. Fueron tres años de formación concienzuda, después de pasar por un año de discernimiento, y finalmente “acabé y aquí estoy, esperando que me destinen”. No será muy lejos de Gijón porque “a los diáconos casados nos respetan la zona por conciliación familiar”. Sus conocidos se han tomado este giro “con mucho respeto”. El pasado jueves pronunció su primera homilía en el Corazón de María, y “sí, estaba muy nervioso”.

Marcos Argüelles Montes | Sierense de 28 años, ordenado sacerdote

“No me veo de cura en la Pola: uno no es profeta en su tierra”

Marcos Argüelles Montes es natural de Pola de Siero y tiene 28 años. Vinculado desde siempre a la parroquia, en su juventud participó en la catequesis de confirmación y luego se la impartió a los de la primera comunión: “Así fue como se fue formando mi vocación”, reconoce. Precisamente fue la actividad de la parroquia de Pola de Siero la que le fue estimulando. “Es muy viva, con gente que vive la fe de una manera muy especial y sacerdotes que son un ejemplo”, asevera.

Su vida fuera de la Iglesia le llevó hacia el grado de Historia, una vez acabó la Secundaria en el IES Juan de Villanueva de la Pola. “A mitad de carrera ya empezaba a ver clara la opción de meterme en el Seminario”, recuerda. Sin embargo, “bien aconsejado” por algunos curas, optó por finalizar esos estudios. Entonces fue cuando inició Teología y Filosofía en Oviedo. Seis años que le permitieron, según cuenta, “confirmar las ideas que tenía y conocer mejor las distintas realidades de la Iglesia”.

Acabados los estudios, estuvo un año como diácono en la parroquia de San Pablo de la Argañosa, en la capital del Principado, y ahora espera destino. Dice “no saber” dónde le gustaría ir, aunque tiene claro que “ser cura en la Pola, por ejemplo, no sería buena idea ya que nunca se es profeta en tu tierra”. También sabe el joven religioso que lo que quiere es ejercer como párroco: “Es el estado natural del cura, aunque pueda tocarte en algún momento ejercer otras funciones”.

Artemio Grande Bermejo | Abulense de 65 años residente en Oviedo, ordenado diácono permanente

“En su día renuncié al sacerdocio porque el matrimonio me llamó”

Artemio Grande Bermejo tiene 65 años, está casado, tiene dos hijos y acaba de ser ordenado como diácono permanente. Este profesor jubilado, natural de Pozanco (Ávila), llegó hace dos años a Oviedo para cumplir con el sueño que perseguía desde hace tiempo. “Hace ya tiempo que me propuse ser diácono permanente. En su momento renuncié al sacerdocio porque el matrimonio me llamó, pero la vocación estaba ahí. Empecé a estudiar Ciencias Religiosas a distancia en la Universidad de San Dámaso e hice todo lo que había que hacer para ser diácono, pero en la diócesis de Ávila no acababan de dar el paso, nadie me daba una respuesta y me cansé. Pensaba que la Iglesia no creía que estuviese preparado, aunque mi director espiritual me decía siempre que sí”, explica. Entonces apareció la figura del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes. “Somos amigos y le comenté mi situación. Él me dijo que si tenía dentro el deseo y estaba realmente convencido podía venir a Oviedo para servir a la Iglesia. Mi mujer acababa de retirarse y nos vinimos”, añade. ¿Qué significa ser diácono permanente? “Es una vocación, pero yo lo definiría con dos palabras: servicio y caridad. Los diáconos permanentes tenemos por labor ayudar a los sacerdotes en el altar”, explica Artemio Grande. “No somos sustitutos de los sacerdotes, somos ayudantes. Ya hay diáconos permanentes que llevan algunas parroquias, pero no somos un alternativa a los curas”, matiza. Asegura que no ha tenido que renunciar a nada para su labor religiosa. “No lo veo como una renuncia. Para mí es más importante servir a la Iglesia que ir al cine, aunque todo es compatible. Es cierto que no tenemos días libres ni vacaciones y que estamos para lo que nos pida la diócesis, pero eso es lo que hemos elegido”, subraya.

Arturo José Matías | Gijonés de 46 años, ordenado sacerdote

“En la Universidad ya me fue dando un runrún; me puse a trabajar y no se apagaba”

Arturo José Matías, gijonés de 46 años, llevaba la misma vida que cualquier chaval de su tiempo. Alumno en el Santo Ángel de Gijón, se fue apartando de la religión en la adolescencia, “como le pasa a la mayoría de los chicos en esa edad”, reconoce. Tras pasar por Secundaria, se graduó en Geología en la Universidad de Oviedo y trabajó para Ferrovial. Pero, pareciendo que lo tenía todo, le faltaba algo. “En la Universidad ya me fue dando un runrún, aunque seguí con los estudios. Me puse a trabajar y aquello no se apagaba”, relata. El rumor fue creciendo y se convirtió en clamor para el joven, que se puso en contacto con el Seminario, “y allí me quedé”. Tenía 39 años, y desde entonces ha continuado su formación hasta ser ordenado sacerdote hace una semana. “Hubo gente que pensaba que se lo tomaría mal y, sin embargo, lo aceptaron con normalidad, y otros, al revés, se lo tomaron mal, pero no pasa nada. En casa ya iban viendo que algo pasaba así que no les cogió de susto. Mi madre iba a misa todos los domingos y empecé a ir con ella. Y luego empecé a ir yo todos los días, así que le gané”, bromea Matías, destinado como diácono desde hace un año en Moreda de Aller y a la espera de que el Arzobispo decida su destino. “Estoy muy feliz, la gente aquí es muy fiel y consciente de las dificultades, somos una piña”, asegura tras un cambio de vida que, no titubea, “ha sido para mucho mejor”.

Pedro Martínez Serrano | Ovetense de 25 años, diácono y futuro sacerdote

“De pequeño pensaba que los curas eran viejos y lúgubres, pero me encontré luz y alegría”

El ovetense Pedro Martínez Serrano tenía muy clara su vocación desde crío. “A los 13 años me encontré con Cristo y supe que quería ser sacerdote. Lo más grande que he hecho en mi vida ha sido atender la llamada de Dios”, explica el joven, que ahora tiene 25 años y se acaba de ordenar como diácono. Martínez Serrano pertenece al seminario diocesano misionero Redemptoris Mater y a lo largo de los últimos dos años estuvo de misión en Albania. “Fue el primer país declarado oficialmente ateo. Allí la Iglesia está floreciendo, su gente está aprendiendo que Dios existe y los valores del cristianismo. La verdad es que ha sido una satisfacción servir en Albania, he vuelto para ordenarme”, explica. Pedro Martínez ya es “casi cura” y sabe a ciencia cierta que este año como diácono es el paso definitivo hacia el sacerdocio. “Vengo de una familia muy religiosa, somos nueve hermanos y siempre he vivido la fe de forma muy intensa en la comunidad neocatecumenal del Corazón de María. Ahí ya me di cuenta de que Dios me pedía algo más”, asegura. Sostiene, además, que su decisión no le impide disfrutar de la vida como otros jóvenes. “La verdad es que cuando era pequeño tenía la idea de que los curas eran gente vieja y que vivía en un ambiente lúgubre, pero la realidad es bien distinta. Cuando llegué a este mundo me encontré con luz y alegría”, afirma. “No siento que seguir esta vocación me haya supuesto perderme nada en la vida, Dios me ha preparado el terreno y me ha parecido todo muy sencillo”, añade.

Natanael Valdez Arredondo | Dominicano de 37 años, ordenado diácono y futuro sacerdote

“Me siento contento, agradecido y entusiasmado con lo que me queda por delante”

Natanael Valdez Arredondo estaba casi terminando los estudios de Técnico de Salud en su país natal cuando le llegó “la inquietud” de acercarse un poco más a Dios. “En cuanto acabé de estudiar les dije a mis padres que no quería empezar en la Universidad y que quería hacerme misionero. Me apoyaron y estuve realizando esas labores durante doce años”, explica el recién ordenado diácono, que ahora tiene 37 años y se ha sacado la carrera de Teología en la Universidad de San Dámaso. “Ahora estoy con mi tesina, que se titula ‘El don de Dios en el diálogo de Jesús con la samaritana’. Además, a la espera de ordenarme sacerdote y ser destinado a cualquier lugar de Asturias, también sigo trabajando en la parroquia de San Pablo, en la Argañosa”, dice. Natanael Valdez también colabora muy activamente con Cáritas y es el responsable de los cursos prematrimoniales y prebautismales en la Argañosa. Sabe que este año como diácono es muy importante para su futuro. “Es un año para trabajar aún más intensamente y para formarse pastoralmente. Después de la ordenación me siento contento, agradecido y entusiasmado con lo que me queda por delante. Creo que lo que tengo que hacer es mirar a Cristo y abrir aún más mi corazón para él”, señala. Y añade: “Creo que la sociedad en general también debería mirar hacia Cristo. La gente ha descuidado su interior; a pesar de tenerlo todo, hay muchos suicidios, infelicidades y desasosiegos”.

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