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Antonio Suárez se propone hacer de la región “el centro de toda la emigración española hacia América”

El empresario, anfitrión de un almuerzo en Sobrescobio con el presidente del Principado

Adrián Barbón y Antonio Suárez, ayer, en Rioseco, con Marcelino Martínez y Santiago González –de frente– y Juan González. | Luisma Murias

Adrián Barbón y Antonio Suárez, ayer, en Rioseco, con Marcelino Martínez y Santiago González –de frente– y Juan González. | Luisma Murias

–Ya de guajucu eras inteligente…

En la escuela de Campiellos (Sobrescobio), donde Soledad, la maestra, hacía juegos malabares para enseñar a la vez a niños de cuatro a catorce años dando “a cada uno lo suyo”, Juan González empezó a verle maneras a Antonio Suárez. Pasó mucho antes de que la vida separara sus caminos y éste empezase a ser lo que ha terminado siendo, gran empresario en México, propietario del imperio pesquero y conservero Grupomar, benefactor de astilleros asturianos, indiano moderno y ardiente defensor del intercambio de la emigración como presidente de la Asociación de Amigos del Archivo de Indianos de Colombres. El amigo que se fue a buscarse la vida y el que sigue pegado a la tierra –Juan, 88 años, es el mayor de Campiellos– compartieron ayer la mesa, el cabritu guisáu, las truchas con jamón y los recuerdos, con el presidente del Principado, Adrián Barbón, y un grupo de familiares y amigos del empresario. El almuerzo, en un restaurante de Rioseco, fue también una cumbre informal, político-empresarial, entre vecinos de concejos limítrofes, el lavianés Barbón y el coyán Suárez, que convocó la reunión el miércoles en Colombres, durante el III Encuentro Hispano-Americano en el Museo de la Emigración.

Si allí proclamó Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria, que los asturianos y los cántabros “somos de la misma tribu”, “nosotros”, reseña Barbón mirando a Suárez, podemos decir que coyanes y lavianeses somos de la misma familia”. Habla el presidente del Principado “encantado” de haber sido invitado a acudir a un “encuentro entre amigos” en el que se subraya la ostentación de asturianía que ha enraizado en Suárez y los “muchos vínculos que mantiene con la gente de Campiellos”. Coyán por los cuatro costados, y por todas las ramas del árbol genealógico, Suárez ha comprobado que tiene antepasados en el concejo “desde el siglo XVI”, y aunque nacido en un hospital de Oviedo y criado hasta la adolescencia en Gijón –ciudad de la que ha sido nombrado Hijo Adoptivo– es éste el lugar adonde siempre vuelve. A comer, como ayer, o simplemente él solo “a ver las montañas”…

Por la izquierda, Jesús Gutiérrez, Antonio Sánchez, Juan González, Antonio Suárez, Adrián Barbón, Marcelino Martínez, Santiago González y Jesús Blanco. | Luisma Murias

A la mesa del hotel La Casona de Rioseco, con el empresario y el Presidente comen, además de Antonio Suárez y Juan González, el alcalde de Sobrescobio, Marcelino Martínez; el director del Archivo de Indianos, Santiago González, y parte la familia de Suárez: su primo Jesús Gutiérrez, cónsul honorario de México en Asturias y sus sobrinos Antonio Sánchez y Jesús Blanco. El cielo se ha abierto y el sol que ayer se ocultaba a buena parte del centro de Asturias luce en este lugar del alto Nalón en el que el empresario juega en casa y guía la conversación hacia el valor del intercambio emigrante y a su propósito de hacer de Asturias, del Archivo de Indianos y de Colombres, “el centro de la emigración española hacia América, que en el fondo salió casi toda del Norte”. Si la conquista la hizo gente del Sur, ese “segundo descubrimiento” partió mayoritariamente de este Norte que exportó “trabajo y honradez” entre finales del siglo XIX y principios del XX y después la “intelectualidad” con el exilio posterior a 1939. La emigración a México, dice de lo que mejor conoce, “es algo que deben agradecer los dos países”, y en señal de reconocimiento, será finalmente en octubre cuando el Museo inaugurará una sala monográfica dedicada al Ateneo Español, la institución concebida por la comunidad exiliada para promover la cultura española en México.

Pero como todo aquí todo acaba volviendo a Sobrescobio, como él, al hablar de la intelectualidad exiliada sale el nombre de Wenceslao Roces, de Soto de Agues y pariente de Suárez, comunista, “intelectual de primer nivel”, dos veces emigrante a México, senador en España y sobrino segundo de otro coyán ilustre, Fermín Canella, que fue rector de la Universidad de Oviedo y “uno de los más jóvenes catedráticos de Derecho Romano en Salamanca” cuando el rector allí era Miguel de Unamuno... Se puede tirar por ahí del hilo inagotable de la emigración y desembocar en el encuentro de Suárez con una bisnieta de Roces, médica que trabaja en México precisamente para Grupomar en su centro productivo de Manzanillo, en la costa del Pacífico.

El caso es que el homenaje a todo ese intercambio cultural que quiere ser el Museo de la Emigración, y su vocación de ser eje y capital de toda la diáspora española en América, ha dado ya muchos pasos al frente. Además de la incorporación de Cantabria como socia de la Fundación, anunciada anteayer, el grupo de benefactores y colaboradores del Archivo de Indianos ha incorporado también, por ejemplo, a la descendencia de los fundadores de Bimbo, emigrantes de origen catalán, o a la navarra Lucrecia Larregui, la mayor accionista del grupo que produce la cerveza Coronita.

El fruto del intercambio: el astillero asturiano que lleva 425 millones en obra para México


Cuando habla del intercambio que alienta la emigración, Antonio Suárez no lo hace de oídas. Ni se refiere solo al enriquecimiento cultural, que también. Desde 2012, su grupo empresarial lleva cinco barcos atuneros, “cuatro y uno en camino”, encargados a “un astillero que estaba cerrado” –Armón– y que “se abrió para la construcción de un barco para mí, un señor de Campiellos”. Que no se quedó ahí. De su mano vinieron “colegas míos” mexicanos y subieron los encargos a once buques atuneros que en el cálculo del empresario totalizan un valor conjunto de trescientos millones de dólares, más de 250 de euros. Si se suman los pedidos que siguieron desde el país azteca, incluidos los remolcadores para la Armada mexicana, la cuenta de lo producido “solamente para México” sube, calcula, a “más de quinientos millones de dólares”, casi 425 de euros.

Precisamente hoy, todo eso vuelve a cristalizar en Gijón con la botadura del “Blue Eagle”, un buque para trabajo en campos petrolíferos submarinos en el golfo de México… Son los efectos de la colaboración ultramarina, de las ganas, el valor y la capacidad de trabajo en las dos orillas del Atlántico. “Se junta gente buena de aquí, que la hay, y los de allí que queremos apoyar y pueden surgir muchas cosas”.

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