Un sendero estrecho y lleno de maleza remonta el espigón natural que cierra la cala del Molín del Puerto, en el concejo de Gozón. El pequeño cabo se introduce en el Cantábrico con la forma estilizada de una flecha. Levanto la cámara y siento la impotencia del fotógrafo que es incapaz de retratar la belleza impregnada de luz y salitre que envuelve el tramo más septentrional de la costa asturiana en el entorno del Cabo de Peñas.

Llevamos varias semanas recorriendo los castros asturianos de la mano de Ángel Villa, un arqueólogo de esos que, además de aplicar el método científico tan necesario en las humanidades, posee esa facilidad didáctica que consigue que uno llegue a interpretar el paisaje con las huellas que dejaron los pueblos que moraron estas tierras hace miles de años.

Desde el visor de mi cámara veo una línea fina, de apenas medio metro de altura que corta la península en su base de este a oeste. Recordando las explicaciones que Ángel nos daba cuando visitamos el espectacular castro de Cabo Blanco, mi imaginación levanta una muralla de varios metros por delante de un profundo foso que precede a otro gran parapeto en el que se abre al acceso a un poblado. Entre las cabañas de cubierta vegetal, un promontorio sirve de base a una especie de torre que domina sobre el pequeño castro costero en el que la vida fluía entre familias agrupadas en clanes. Todo es imaginación a través de la cámara de fotos con la que a diario retrato la vida de Asturias y los asturianos para La Nueva España. Hoy, curiosamente, me veo haciendo conjeturas a través de un visor digital. Una de las cosas que más me fastidia como fotoperiodista, es llegar tarde a un acontecimiento. Y tengo la sensación de que llevo un retraso de 2.000 años en este encargo tan bonito pero tan complejo que nos planteó el periódico a mi compañero Eduardo García y a un servidor.

Y aquí estamos los dos, ante este lugar que fue escenario de una actividad ganadera y agrícola acorde con los tiempos de una economía de subsistencia. Una economía que sustentaba la vida que se amparaba tras los muros de los viejos castros levantados en promontorios naturales y que se reforzaban con los fosos y murallas que los hacían prácticamente inexpugnables. Vuelvo a dejar volar la imaginación y me planto delante de aquellos muros y cabañas cámara en mano. Recreo esa vida cotidiana siempre acompañada por la banda sonora del rumor del agua de los ríos o de la mar. Siempre el agua, omnipresente como elemento vital en estos escenarios hoy vacíos de construcciones pero que una vez fueron centros neurálgicos de una sociedad muy distinta a la actual.

Pero como es imposible tirar de máquina del tiempo para tirar de cámara de fotos, solo me queda intentar reflejar en imágenes qué medio vieron y respiraron aquellos astures transmontanos en los convulsos momentos de la invasión romana, que incluso con su maquinaria militar y tecnológica, tuvieron que emplearse a fondo para vencer la férrea resistencia de nuestros antepasados de la Edad del Hierro.

No necesito la imaginación para respirar el aire del Cantábrico, para maravillarme con los atardeceres dorados de la Campa de Torres o para sentir la brisa fresca que asciende por el valle del Navia o por las crestas de San Isidro, para notar esa extraña magia que flota en el aire entre los muros derruidos del castro de Pendia. Busco la forma de trasladar esas sensaciones a las fotografías que tomo en estos enclaves históricos que fueron escenario de una actividad social y económica que, con la presencia de los romanos, terminó por cambiar para siempre la vida de aquellos primeros asturianos.

El afán invasor fundamentalmente buscaba oro. Imagino que aquella obsesión imperial por el preciado metal era algo incomprensible para los nativos astures que asistieron tan incrédulos como impotentes a la acción devastadora de la minería romana que hacía desaparecer montañas enteras con la técnica del “ruina montium”, creando con este sistema, impresionantes minas a cielo abierto como las de La Fana da Freita que hoy sigue maravillando al que la ve y la descubre por primera vez.

Mientras Ángel nos explicaba aquella imponente obra de ingeniería, volví a dejarme llevar por la imaginación y me separé de mis compañeros, casi convencido de que sería imposible reflejar semejante obra en una imagen que plasmase también la sempiterna brisa que asciende por esta falda horadada entre los cordales de los Puertos del Palo y de La Marta. Miré atrás y vi la silueta de mis dos amigos recortándose contra el horizonte brumoso de estas sierras occidentales. Ante ellos se abría la enorme cicatriz artificial de A Freita. Sus siluetas daban, por fin, algo de proporción a aquel paisaje creado increíblemente por la mano del hombre hace ya casi 20 siglos. Levanté la cámara y apreté el disparador, medio convencido de que a esta escena, al menos, sí que había llegado a tiempo.

A aquella primera jornada sucedieron un montón de días más en el que nos desenvolvimos entre muros, fosos y promontorios, verdaderas fuentes de conocimiento que salen a la luz a través de una actividad arqueológica apenas explotada en este territorio lleno de secretos y tesoros aún por descubrir.

El primero de los seis libros del coleccionable “La Cultura Castreña Asturiana”, de LA NUEVA ESPAÑA, podrá adquirirse por 4,95 euros más el ejemplar del periódico

 Al menos, con profesionales como Ángel Villa o Jorge Camino, los resultados de las pocas excavaciones que se fueron acomentiendo, aportaron algo de luz sobre la forma de ser y sobre la vida de nuestros antepasados, antes y después de la llegada de las legiones. Y todo ese conocimiento lo hemos intentado condensar en este trabajo con la misma esencia periodística que Eduardo y yo aplicamos a diario en LA NUEVA_ESPAÑA, apoyados como siempre por el espectacular diseño de Jorge Martínez que invita a no dejar de leer y a disfrutar de cada una de las páginas de esta colección dividida en 6 volúmenes.

Agradezco a todo este equipo cuanto me han enseñado de nuestros antepasados y me siento muy orgulloso de haber formado parte de este proyecto que pretende plasmar parte de lo que vieron y vivieron estas gentes en tiempos tan pretéritos, acercándonos de alguna manera a entender su forma de ver la vida y el medio en el que se desenvolvían y que hoy es parte de nosotros mismos.

 Lo que sí me queda muy claro es que eran gentes que conocían muy bien su territorio, sabían defenderlo y que seguramente, ante el afán aurífero de los romanos, llegaron a pensar lo mismo que los irreductibles galos de Gioscinny y Uderzo: “Están locos estos romanos”

Al final, como siempre pasó en la vida, la cultura más técnica y poderosa termina por imponerse sobre la más sencilla y primitiva. Y nos romanizaron. Pero algo quedó en nosotros de aquellos hombres de las montes y acantilados asturianos, una forma de ser y una idiosincrasia que bien pudo nacer en el interior de los castros.