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Del infierno al paraíso en la UCI

Una enfermera relata desde su primera noche ante un caso covid hasta ahora, cuando ya no necesita un EPI: “Hubo muchos negacionistas”

Profesionales del HUCA atendiendo a un paciente en la UCI, en una imagen de archivo. | Irma Collín

Aún no había protocolos claros de actuación cuando al Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) llegó a finales de febrero el escritor Luis Sepúlveda, el primer caso de coronavirus detectado en la región. Falleció, a los 70 años, a mediados de abril. Y el personal de la UCI del complejo ovetense aún recuerda aquella primera noche, entrando temeroso un área con presión negativa en la que se habían reservado solo cuatro camas y en la que el gran temor era haberse puesto mal el EPI y contagiarse. Ahora, 18 meses después, todos los pacientes ingresados dan ya negativo en la PCR, así que el hospital se ha quitado por fin unos equipos de protección que resultaban por momentos asfixiantes. Una enfermera de la unidad relata en esta página su último año y medio de trabajo en primera línea contra el covid, en la que reconoce que los EPIs fueron, al final, lo de menos.

Los comienzos. “El inicio fue complicado. No sabíamos en qué consistía la enfermedad ni estaba claro el método de contagio. Teníamos miedo a contagiarnos, a llevar el virus a nuestros hogares. Después fuimos descubriendo cosas y modificando el proceder. A nivel sanitario, tomábamos la referencia de otros países y comunidades si aplicaban otros tratamientos que mostraban ser eficaces. La unión del equipo ha sido muy grande. Si antes ya era importante, ahora lo es aún más. Yo sé que no soy nada sin mi compañera, y al revés, incluyendo a las categorías que hasta ahora habían quedado a veces olvidadas. Todo el personal cumplió su cometido”.

El primer paciente, Luis Sepúlveda. “Nos llegó el primer enfermo, un escritor chileno. Fue nuestro primer paciente covid. Recuerdo la noche fatídica de tener que intubarle por fallo respiratorio. El personal entraba con miedo. Con miedo a no saber vestirse, a olvidar algún componente del EPI, a perder al paciente. Al principio todo era complicado, no había protocolos de actuación. Todos no pilló por sorpresa”.

El gran salto. “En esa primera noche atendiendo al paciente los compañeros que entraban con el EPI recibían apoyo psicológico del resto del equipo que se quedaba en el exterior. En aquel momento teníamos una zona con presión negativa equipada para cuatro pacientes. Suena inocente. Acabamos pasando de las 130 camas, instalándolas de la nada en vestuarios y gimnasios a una velocidad vertiginosa. ¿Se podrían haber hecho las cosas mejor? Sí. Pero hemos de reconocer también el trabajo que se ha hecho, que ha sido mucho”.

Cómo convivir con un EPI. “Te acabas habituando, y de las pocas pegas que puedo ponerle es el calor. Es una crítica mínima teniendo en cuanta la protección que nos aporta. Como detalle anecdótico, cuando terminabas el trabajo en un box tenías que ir a cambiarte el traje de enfermera y hasta la ropa interior, porque toda la ropa estaba completamente sudada. Los pacientes en UCI requieren mucho tiempo de cuidados, sobre todo cuando se descompensan, y eso prolonga nuestra estancia en el box sin poder quitarnos el EPI”.

La falta de personal. “El ambiente se vio muy afectado. Yo veo el lado positivo del trabajo en equipo y la solidaridad entre compañeros, pero no todo fue un camino de rosas. Nos enviaron, para reforzar, a personal no formado en UCI. Y toda ayuda es buena, pero no es lo mismo una enfermera experimentada en esto a alguien que sale de quirófano o planta y se meten en un terreno completamente desconocido. Esas personas sufrieron un estrés suplementario solo por ese traslado. Vieron una verdadera batalla campal. Y era buenos profesionales, yo me imagino en esa situación, que me metan en un servicio que no conozco... Vimos a gente salir llorando del box. Les estamos eternamente agradecidos”.

De los mayores a los negacionistas. “Todo fue por rachas. Al principio vimos muchas personas mayores, gente con pluripatología. En la tercera ola bajó mucho más el rango de edad, y ahí vimos a gente de 35 o 40 años. La obesidad tuvo un papel muy importante. Vimos pacientes de 220 kilos. Después, sufrimos con los negacionistas. Este último tiempo ha sido el tipo de paciente que más ha abundado en la UCI. Han sido capaces de decirnos que éramos unas cobayas. Eso nos ha hecho mella psicológicamente”.

¿Vuelta a la normalidad? “Depende. Esta situación de tener la UCI sin pacientes con covid es tan reciente que tal vez no nos ha dado tiempo a decir: esto es real. Esta semana vi el cartel que se ha puesto en la UCI celebrando que ya no hay pacientes. Aún me cuesta creerlo”.

¿Y ahora? “Ahora algunos compañeros que habían venido a reforzar han pedido formarse para poder formar parte de la UCI, y eso ha sido genial. También pedimos encarecidamente a la población que tengan cuidado, que estar vacunado no quiere decir que no nos podamos contagiar. Que no se relajen. Cada vez que vemos imágenes de gente desbocada por ahí, sufrimos. Hay gente que ha llorado mucho, que no ha podido estar con sus familiares. Hay que tener cuidado. Por lo demás, todo esto ha sido una experiencia que podremos contar a nuestros nietos”.

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