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El Presidente se quita la mascarilla y dice lo de siempre

Habló en castellano, en dos asturianos y en politiqués y exhortó a seguir la receta de José Andrés: “Asturias tiene que creérselo”

Adrián Barbón, durante el debate del estado de la región. | Irma Collín

Está muy extendido que Adrián Barbón es un buen orador. Si hiciéramos caso al discurso de ayer no pasaría de ser un pasable lector. La ocasión era buena: el debate orientación política, renombrado así para no tener que hablar sobre el (lamentable) estado de la región desde hace tanto.

Llevaba muchos folios y leyó con prisa. Tenía tiempo ilimitado pero no le gusta sobrepasar la hora y en ella quedó. Leyó el discurso como los que escuchan los podcast o ven películas a doble velocidad, una tribu llamada faster (del inglés más rápido). Por mantener el bilingüismo barbónico, en español, cagaprisas; en asturiano fueuenculu o afogáu, según se mire por arriba o por debajo.

Coló una morcilla, nada más salir. Llevaba escrito que iniciaba el penúltimo debate de orientación política de esta legislatura, pero al decirlo le debió de sonar crepuscular y prometió que habrá más. Esta apostilla iba a tono con su vestimenta plenamente azul: traje, camisa, corbata… El azul es el color que se relaciona con la estabilidad, la quietud, la protección, la generosidad y la tranquilidad, todo lo que quiere transmitir de sí mismo el presidente que tiene una línea roja: la de la montura de sus gafas ligeras.

Barbón tuvo dos canales de audio –el castellano y el asturiano- y saltó sin avisar de uno a otro. Tipográficamente seleccionó la cursiva de dos asturianos, el primero eo-naviego y el segundo, central, sin cambiar el acento, ni la estructura mental del castellano ni del politiqués. No hicieron falta subtítulos y no los hubo. El portavoz de Vox, Ignacio Blanco, siguió tomando nota en su ordenador al mismo ritmo, diríase, pero a saber qué escribía. Hoy lo dirá.

Empezó marcando paquete con la inversión milmillonaria de los Mittal, el agujero practicable de la Variante de Pajares y la nueva normalidad. La más suya es la gestión de la tercera y como Mitch Buchannon del Covid, vigilante de la playa de todas las olas, la pandemia cubrió el discurso hasta la cintura.

El lector maratoniano de enumeraciones telegráficas empezó a dar muestras de fatiga a partir de la media hora, a tropezar algo con las líneas y a picar cada vez más entrehoras sílabas de palabras largas, lo que unido a una prosodia declinante al final de párrafo algunas ideas llegaron sin aliento al oído ajeno.

Después de una larga enumeración de obviedades, intenciones morales y partidas presupuestarias contó que los fondos europeos van a servir para que el nombre de Asturias tenga apellidos: Asturias conectada, Asturias industrial, Asturias renovable, Asturias (denominación de) origen y Asturias territorio digital. Para el final, su afán de reformar el estatuto con diálogo, pacto y asturiano cooficial y pedir un cambio de actitud siguiendo la receta del cocinero José Andrés: “Asturias tiene que creérselo”. Si no le llegan a dar el premio Princesa de Asturias de la Concordia al de Mieres ¿Cómo habría acabado su discurso Barbón? ¿Con qué mentalidad pediría que afrontáramos lo que tenemos y lo que somos?

Se despidió el Barbón paladín de la restricción. Lo hizo a cara descubierta, como tocaba al orador. Tuvo que costarle verse sin mascarilla ante un público enfocicáu de blanco, negro, azul quirófano y verde militar que tomaba notar con boli, pluma, tableta y ordenador. Era un boy de focicu, él que es tan de tapar la boca con lencería.

Tengan cuidado ahí fuera y aquí dentro. La pandemia no ha terminado.

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