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Eduardo González Viaña, en la Fiesta literaria de la mar: “Cudillero no pertenece a la geografía, es un rincón de mi alma”

El escritor peruano emociona con un relato en el que entremezcló sus dos “paraísos”: Latinoamérica y Asturias | Otilia Requejo, ex directora general de Patrimonio Cultural, fue galardonada

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Fiesta literaria del mar de "Amigos de Cudillero" Ricardo Solís

Contó ayer Eduardo González Viaña, escritor peruano y agregado cultural de la Embajada de Perú en España, que un día un chamán le pidió que viajase, a través de la imaginación, a su “paraíso”. Y a donde la mente le llevó fue, primero, a la bahía de Pacasmayo, en su país natal, y, a continuación, a Asturias, a Cudillero.

El académico peruano y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA fue uno de los protagonistas de la Fiesta literaria de la mar que anualmente organiza la asociación “Amigos de Cudillero”. Viaña es el autor del trigésimo octavo cuaderno “Escritores en Cudillero”, que ayer leyó con una entonación impecable ante cerca de 200 invitados. El prestigioso escritor emocionó al afirmar en su obra, titulada “Descubrimiento de Cudillero”, que la villa pixueta “no es un lugar al que se llegue en coche”, sino “el pórtico que está detrás de la última puerta de tu casa”; en su caso, “lo que viene después de la curva de Pacasmayo y te hace pasar del Pacífico al Cantábrico”. Porque “en el mapa del corazón, los puertos añorados están muy cerca y pueden ser recorridos con una sola caminata”. En Cudillero, apostilló, “encontré lo que buscaba” y, desde entonces, “no pertenece a la geografía, es más bien un rincón de mi alma”; un “lugar al que he sugerido viajar a muchos de mis amigos”.

La Fiesta literaria de la mar, “uno de los mayores actos culturales de Cudillero”, en palabras del alcalde del municipio, Carlos Valle, volvió ayer al complejo hostelero Lupa tras un año de ausencia por culpa de la pandemia. El presidente de “Amigos de Cudillero”, Juan Luis Álvarez del Busto, fue el encargado de abrir un acto que supuso “volver a la normalidad”, con la vista puesta en la conmemoración de los 30 años de la asociación –desde el punto de vista estatutario– en 2022. Álvarez del Busto prometió seguir trabajando por la localidad “hasta que el cuerpo aguante” y recordó que “Amigos de Cudillero” “no está para juzgar lo que hacen otros colectivos”, en relación a la polémica de la Fundación Selgas.

Tras la proyección de un vídeo con la interpretación de la Salve Marinera en recuerdo a los compañeros fallecidos, subió al escenario el joven Alberto Mayoral, de 12 años y alumno del colegio Paula Frassinetti de Avilés, ganador del trigésimo noveno concurso literario “Cudillero, el pescador y la mar”. Alberto, que vistió americana y camisa para la ocasión, demostró tener no solo talento para la escritura sino también desparpajo para leer su obra “Xuan y el mar” ante un numeroso público sin temblarle la voz. A continuación, los aplausos fueron dirigidos a la ex directora de general de Patrimonio Cultural del Principado Otilia Requejo, a quien “Amigos de Cudillero” le concedió la XXII Insignia de Oro. La arqueóloga, que fue presentada por el ex consejero de Presidencia Guillermo Martínez, dijo que el premio “tiene un enorme significado emocional y sentimental” y se lo dedicó a su padre pixueto, José Ramón. “Venir a Cudillero y a San Juan de Piñera es estar en casa”, declaró.

El plato fuerte del acto lo sirvió, no obstante, el escritor peruano y activista Eduardo González Viaña, quien fue descrito por su amigo, el jurista Javier Junceda, como “un creador imaginativo y audaz, referente indiscutible de la letras en Estados Unidos”. “Tiene más premios que los que alberga la sala de trofeos del Real Madrid”, bromeó Junceda. Su obra “El corrido de Dante”, recordó, está considerada un clásico de la literatura de inmigración y Viaña es un gran defensor de la lengua española. “Espero que con su magia junte las aguas”, expresó Junceda, dando paso al escritor peruano, que justamente eso hizo: unir América y España con sus palabras.

Su lectura fue magistral. Empezó con la historia del chamán, continuó rememorando a su padre y sus inicios en la escritura, y acabó entremezclando Pascamayo con Asturias. “Es en el mar donde se hallan ubicados los recuerdos. Y aquí, en este mar que no me deja, vuelven las memorias más bellas y también las más tristes de mi vida”, dijo. “Tal vez, en Cudillero –prosiguió– encontré lo que andaba buscando: el recuerdo de mi infancia, la voz primera de mis mayores, el camino de las gaviotas, el sueño interrumpido de mi adolescencia...”. El integrante de la Academia Norteamericana de Lengua Española concluyó su relato con un párrafo muy emotivo: “Hoy en Cudillero ya sé dónde estaré el tiempo que me quede. Sé que estaré en cualquier lugar donde se erijan murallas contra los seres humanos y haré todo lo que pueda por derribarlas. Ya está en los bordes del universo la estrella que vendrá a llevarme, pero cuando mi voz sea apagada por la muerte, y cuando me haya ido a los mundos de allá arriba, seré sombra que flota y relámpago dormido para siempre, pero mi corazón ha de seguir confesando ese canto de amor a Cudillero”. El acto concluyó con una breve actuación del coro “Peña Roballera” para dar paso a una comida a la que asistieron, entre otras autoridades, el director general de Cultura y Patrimonio del Principado, Pablo León; el rector de la Universidad de Oviedo, Ignacio Villaverde; el alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli; o el presidente del RIDEA, Ramón Rodríguez.

Eduardo González Viaña, ayer en el complejo hostelero “Lupa” durante la lectura de su obra “Descubriendo Cudillero”. Ricardo Solís

Descubriendo Cudillero

por Eduardo González Viaña




-Ubícate en un lugar de tu vida, en un momento muy grato, en un instante en que acaso sentiste la posibilidad de volar, y quédate allí. Relájate y entra en ese lugar. Olvida las preocupaciones, o mejor las pones en una maleta y que la maleta se pierda. Deja los brazos tendidos y las piernas y las manos. Tus ojos, ciérralos.

-Deja tu cuerpo en la arena, y escapa. Escápate hacia ese lugar de tu vida, hacia el que fue el más hermoso.

Me lo estaba diciendo mi amigo Arturo, un chamán del norte peruano, quien más de una vez me ha librado del “stress” o la tristeza con el expediente sencillo de mandarme a nadar o a contar las nubes.

 Me lo decía, y mis ojos se estaban cerrando, mis brazos pesaban muchos kilos y mi cuerpo se hundía en el diván mientras el recuerdo me llevaba lejos, muy lejos de allí. Tal vez en ese momento comencé a conocer la ubicación exacta del paraíso.

El paraíso, según lo aprendí esa tarde en la casa de Arturo, se halla ubicado exactamente en el camino de la playa que conduce hacia el extremo sur de la bahía de Pacasmayo, en el norte del Perú, a 600 kilómetros de Lima.

Sí, allí se levanta el paraíso. Comienza muy cerca del faro y de la peña larga, frente a donde suelen aparecer los restos del barco hundido de Sir Francis Drake cuando el mar entra en la baja. Allí tiene que estar porque cuando mi amigo me sugirió pensar en un lugar bello de mi vida, allí me vi.

Me vi muy niño, junto a mi padre, caminando a su lado, mientras él me iba explicando cuán saludable era el aire puro de la playa y qué se puede hacer para que uno entienda las palabras del mar porque –como todos saben– el mar habla a quienes lo miran fijamente y saben escucharlo, y a veces también se comunica con los que viven lejos, pero lo llaman.

 

 

El mar los colma de recuerdos, los lleva al pasado, los hace vivir de nuevo el momento más bello de la existencia.

Mi padre contestaba todas mis preguntas con aplomo. Era abogado, el mejor de la provincia, y su proximidad –antes que sus palabras– bastaba para infundir seguridad al cliente más preocupado, pero era evidente que también sabía hablar con los niños. Sus charlas al borde del océano colmaron mi fantasía infantil y me hicieron saber que existe un universo al que se puede viajar sin salir de este mundo.

Un día compró un pescado muy grande y pesado que pensaba obsequiar a una familia pobre –creo recordar que era una inmensa corvina– y me ordenó cargarlo. “Tienes que sentirte muy feliz de hacerlo” -me dijo, “porque un hombre que carga un pescado para llevarlo a otros es la mera imagen del hombre bueno”.

En el fundo de arroz que también poseía, me pidió una vez que sacara un poco de tierra con las manos y que luego besara el barro. “Besa la tierra y ámala porque de ella vas a vivir”.

Recuerdo que, por las noches, algo cansado del trabajo, compartía conmigo una función de cine y generalmente se quedaba dormido. Al salir de la sala, me preguntaba cuál había sido el desenlace de la película, y yo le respondía adornando los finales o inventando desarrollos sorpresivos.

Creo que mi padre se había dado cuenta de mis inventos, pero no me lo decía. De vez en cuando, protestaba con una sonrisa: “Oye, hijo, yo no creo haberme dormido tanto tiempo como para que hayan ocurrido tantas cosas. ¿No será que tienes vocación de escritor?”.

Cuando escribí mi primer cuento a los 14 años de edad –la historia de una rebelión campesina– me llevó a su despacho jurídico y habló allí conmigo como si fuera uno de sus clientes: “Por el texto veo, que te apasionan la literatura y la lucha social. Quiero advertirte, Eduardo, que de esas cosas no se vive en el Perú. De esas cosas se muere”.

 

Le respondí que aceptaba ese destino si era el que me esperaba y que acaso los hombres deben elegir una hermosa forma de morir. “Esa es la respuesta que esperaba, hijo. Quiero que sepas que siempre estaré de tu parte”.

Y mi padre ha cumplido su promesa. Siempre ha estado conmigo, aunque una tarde de hace varias décadas se quedara dormido. Duerme allí bajo la tierra que también alberga la sombra adorada de mi madre, y hoy voy a hacer lo mismo que cuando se quedaba dormido en el cine. Voy a contarle la historia que se ha perdido y quizás invente un desenlace diferente.

Por eso me he ubicado en un lugar de mi vida que está junto al mar, y como todos también lo saben, es en el mar donde se hallan ubicados los recuerdos. Y aquí, en este mar que no me deja, vuelven las memorias más bellas y también las más tristes de mi vida.

En la visualización que hacía por indicación de Arturo, súbitamente vi que el color del mar había variado. Ya no exhibía las iridiscencias que contiene el océano Pacífico. Ahora, todas las tonalidades de las aguas e incluso del cielo habían adquirido un violeta intenso; entonces entendí que había cambiado de geografía, y que me encontraba en el mar Cantábrico.

No hay por qué sorprenderse. En el mapa del corazón, los puertos añorados están muy cerca y pueden ser recorridos fácilmente con solo una caminata. De esa manera, había salido del rincón de mi infancia y me hallaba en Cudillero, Asturias. Me detuve un instante, y del mar salió una voz que decía:

“Puertos de Dios, tirados como los caracoles

sobre la arena parda, por aquí, por allá.

Amados de los vientos. Amados de los dioses.

Y de lo que se viene

Y de lo que se va…”

 

 

 

En el camino de la meditación, mi mente viajaba cambiando de senderos. Primero, seguí a los sacerdotes mochicas que oraban allí hacía 2000 años; catorce centurias después, observé asombrado los rastros de los emperadores del Tahuantinsuyo, los Incas; y luego, estalló el galope de las mesnadas conquistadoras de Francisco Pizarro.

Ahora, mis pisadas se hundían en las arenas del mar Cantábrico. Escuchaba la cabalgata de los guerreros romanos que vinieron a conquistar este lugar incógnito. Evocaba a los locos asturianos que derrotaron a pedradas al ejército más poderoso del planeta. Y por fin, avanzaba pensativo junto al paso de los peregrinos de Santiago.

De la misma forma en que había encontrado el paraíso en el Perú, ahora en Asturias el paraíso continuaba. A milla y media al oriente de la Concha de Artedo se levantaba frente a mí el pequeño puerto de Cudillero, sobre una quebrada que forman los escarpados de la costa y una cadena de islotillos negruzcos. Estaba ya cercana la noche y el tiempo era de bajamar. Solamente vi pescadores a quienes no quise hacer preguntas para no interrumpir su solitaria búsqueda de lo imposible.

Entonces, descendió del cielo una bailarina muy delgada que muy pronto se tornó invisible, y eso me hizo aprender que todo danza en el universo. Avancé algo más y descubrí pequeñas casas que parecían detenidas en el aire, y colgaban de las rocas.

Tal vez, en Cudillero, encontré lo que andaba buscando. Andaba buscando el recuerdo de mi infancia, la voz primera de mis mayores, el camino de las gaviotas, el sueño interrumpido de mi adolescencia, y aquí lo estaba encontrando.

Cudillero, desde entonces, no pertenece a la geografía, es más bien un rincón de mi alma. A ese lugar he sugerido viajar a muchos de mis amigos.

 

 

 

En las últimas décadas, he sido catedrático universitario en los Estados Unidos y di allí lecciones sobre la magia tormentosa de hablar en español.

Me he pasado años caminando por un país que, en el año 2050, según las proyecciones del censo, será el más hispano del mundo. Habrá más Rodríguez, Garrido, González, Pérez que Smith, Johnson o Carter. Sin embargo, en la Academia Norteamericana de la Lengua Española, a la que me honra pertenecer, nos preguntamos si los futuros hispanos de Norteamérica hablarán español y recordarán asombrados las enseñanzas del bravo, honesto y combativo hidalgo de la Mancha.

En una de las charlas que ofreciera en Boston, conocí a un asturiano que había dejado pasar 20 años sin practicar esta magia. Vino a saludarme y nos fuimos a tomar un café y, mientras lo hacíamos, comenzó a recitar una lista de palabras de origen árabe y otras de raíz germánica. El hombre se había pasado la vida practicando sin interlocutor el idioma de los suyos. Me explicó que así lo había hecho durante mucho tiempo y que su perseverancia lo había motivado a entrar en la librería “Barnes & Noble”, donde yo ofrecía una conferencia.

Quizás debí aconsejarle que, en vez de practicar los recuerdos verbales, cerrara los ojos y transitara por el camino secreto que conduce a Cudillero.

Esta es la tierra donde eso y todo puede encontrarse. En su sueño, debería Javier caminar por la plaza Mayor. Observar el recio edificio del ayuntamiento con sus arcos majestuosos, la vetusta iglesia de piedras ennegrecidas por los siglos, y volver a cerrar los ojos en medio del sueño y vivir para siempre en Cudillero.

 

 

 

Cudillero es un lugar al que no se llega en coche, aunque uno se engañe creyendo que así llegó. Es el pórtico que está detrás de la última puerta de tu casa. Es lo que viene después de la curva de Pacasmayo y te hace pasar del Pacífico al Catábrico. Es el fin de una meditación. Es una confesión para ser cantada.

 

Del Pacífico al Cantábrico, de los Andes a las montañas de Asturias, había descubierto yo que esta otra tierra era también la mía y que podía llamar y cantar y soñar en el mismo idioma y con iguales fantásticos recuerdos, y pasarme la vida amando y desamando a la madre de nuestra lengua y de nuestras sangres aventureras, orando y recitando con Quevedo, Santa Teresa, Unamuno, Lorca, Hernández, Vallejo y Neruda -y también con Agustín Lara y Chabuca Granda-, y de todas esas maneras entendí España en Cudillero como una manera de ser sobre la tierra y como un rasgo especial de la condición humana.

 

He sido diplomático, periodista, profesor, abogado, juez por algunos meses y, por fin, escritor todos los días desde las 4 y media de la mañana. Trabajo así porque creo que quien escribe unas cuantas carillas a diario tiene que ser muy malo para que en 365 días no le salga una buena novela.

 Y debo confesar que mi trabajo, en uno y otro lado del mundo, ha sido siempre indesligable de mi completa adhesión a la causa de los que padecen y de los que pelean por amor a la justicia. Y entre todos los bienes terrenales, la grandeza moral es lo que más me importa, y solo quiero ser en esta vida un hombre decente.

No he llegado a ser astronauta ni corredor de tabla o pianista ni mucho menos director de orquesta, pero hoy, en Cudillero, ya sé dónde voy a estar el tiempo que me quede. Sé que estaré en cualquier lugar donde se erijan murallas contra los seres humanos y haré todo lo que pueda por derribarlas.

Ya está en los bordes del universo la estrella que vendrá a llevarme, pero cuando mi voz sea apagada por la muerte, y cuando me haya ido a los mundos de allá arriba, seré sombra que flota y relámpago dormido para siempre, pero mi corazón ha de seguir confesando.

 

“Puertos de Dios, tirados como los caracoles

sobre la arena parda, por aquí, por allá.

Amados de los vientos. Amados de los dioses.

Y de lo que se viene

Y de lo que se va…”.

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