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Alejandro Braña. | Irma Collín

“Si no se atiende a la primaria con medios y médicos, la sanidad va hacia la catástrofe”

“Tenemos la obligación de cuidarnos para cuidar a los demás; un sanitario que no se vacuna no tiene una actitud científica ni profesional”

El ojo clínico entrenado de Alejandro Braña Vigil (Oviedo, 1950) diagnostica una “catástrofe” para el sistema sanitario público si no se alivia la presión que sufre la atención primaria con más medios y más médicos. El jefe del servicio de Traumatología del HUCA extiende esa receta con la experiencia que dan una larga trayectoria profesional y un momento vital en el que se ve “igual de activo que siempre”. En febrero puso fin a veinte años en el Colegio de Médicos, doce como secretario general y ocho (2013-2021) como presidente y hoy recibe su máxima distinción a partir de las seis de la tarde, en un acto en el que la corporación médica recibe en su sede de Oviedo a sus nuevos colegiados, homenajea a los que se jubilan y despide a los fallecidos. Braña será colegiado de honor con medalla de oro, una condecoración en la que sólo tiene tres predecesores en once años, Luis Fernández-Vega, Carmen Rodríguez y Jaime Baladrón.

–¿Ya ha tenido tiempo de echarlo de menos?

–Dentro de la organización he tenido una actividad y una implicación muy intensa en una labor apasionante, pero tampoco lo echo de menos, porque el Colegio tiene vida propia, está por encima de las personas y ahora lo preside un compañero y amigo de extraordinario nivel, Luis Antuña, que está llevando las cosas delante de una forma fantástica, con una junta directiva muy capaz y muy potente. Tengo más tiempo libre, aunque tiendo a ocuparlo en múltiples cosas. Sigo con mi trabajo en el hospital y en mi consulta, sigo igual de activo que siempre y tengo más tiempo para trabajar y para hacer muchas actividades relacionadas con la profesión, que me absorbe muchísimo.

–Este reconocimiento es...

–Me hace muchísima ilusión. Es la máximo distinción que el Colegio puede dar y me enorgullece que reconozcan en mí unos valores que puedan ser ejemplo para las generaciones que vienen detrás. Me resulta además especialmente grato porque soy muy colegial y tengo muy arraigado el sentido de pertenencia a una institución fundamental para el desarrollo profesional del médico.

–¿Qué ha hecho la pandemia con la consideración social y el trabajo del médico?

–Estamos ante un momento crítico, porque se está atisbando una cierta desafección propiciada por la pandemia y el descenso del contacto directo con los pacientes y sus familias. En el HUCA, en su momento, eran los propios pacientes los que no querían acudir a las consultas presenciales, pero esto poco a poco amenaza con convertirse en un problema, porque puede generar una cierta desafección por la pérdida de ese elemento esencial en la actividad médica que es la relación directa, casi diría íntima, con el paciente, que necesita tener confianza en su médico, y eso no se puede establecer más que personalmente. Es urgente retomarlo por completo, y en eso se está. En muchos ámbitos ya tenemos una actividad presencial cien por cien.

–¿Qué le pasa a la atención primaria?

–La presión que está soportando no se puede comprender si no se ve directamente. La falta de médicos y medios está dificultando extraordinariamente la atención primaria, que es la base del sistema sanitario público. Si no atendemos a la primaria, si no le damos los medios necesarios y la dotamos del personal suficiente, la sanidad pública va camino de la catástrofe.

–¿Se ha desequilibrado el sistema a favor de la sanidad hospitalaria?

–No precisamente por parte de los médicos se ha favorecido una especie de preponderancia de la atención hospitalaria sobre la primaria, cuando debería ser justo al contrario. Asturias, desde el punto de vista de la organización y de la gestión es una región relativamente sencilla. Somos una autonomía uniprovincial con una población de unas características muy determinadas, y desde el punto de vista sanitario muy necesitada. Somos la población más envejecida casi del mundo y esa cronicidad genera unos problemas muy peculiares, pero que son conocidos.

–¿Faltan profesionales, hay un déficit de gestión, un poco de todo...?

–Veo tres problemas. Por un lado, una saturación muy grande del sistema, que se está viendo muy forzado por la gran demanda asistencial que tiene y que es en parte atribuible al nivel de envejecimiento que comentábamos. A eso se suma la carencia de personal. Estamos viviendo una época en la que por la propia evolución demográfica se están produciendo muchas jubilaciones de médicos, pero eso es algo absolutamente trazable para lo que deberíamos tener prevista una reposición… Además, la saturación puede llevar a un problema todavía más importante, al riesgo de una mala práctica, porque no se puede atender con la misma calidad a veinte pacientes que a cuarenta.

–Y no hay médicos.

–Efectivamente. Nos hemos dotado de un sistema de formación, el MIR, que es fantástico, y que colabora a que hagamos una medicina de una calidad extraordinaria, pero quizá sea también excesivamente rígido y haya que adaptarlo a las necesidades. O reformamos el sistema sanitario, o adaptamos los profesionales a las necesidades para que siga funcionando como es debido.

–¿Qué ha aprendido la medicina de sí misma en esta pandemia?

–Primero hay que decir que esto era algo absolutamente impensable, pero que de entrada hubo un periodo de estupor tal vez demasiado largo que pudo haber retrasado las medidas. No puedo entender que desde los organismos oficiales se diera tan poca importancia a algo que se veía en otros países, que estaba inevitablemente viniendo hacia aquí y que se comportaba de acuerdo con los patrones de las enfermedades pandémicas. También ha traído consigo la comprobación, por parte de la sociedad y de los propios profesionales, de que la ciencia es imparable si no se le ponen trabas, y algo muy positivo, el reconocimiento de la sociedad a todos los profesionales sanitarios.

–¿Tiene constancia de profesionales sanitarios no vacunados?

–Directamente no.

–¿Lo entendería?

–Sería un sinsentido. No es una actitud científica ni profesional. Nosotros tenemos la obligación de cuidarnos para cuidar a los demás, y habiendo la evidencia, que la hay, de que aunque no impide el contagio la vacuna sí disminuye la agresividad de la enfermedad y el número de pacientes que requieren ingreso y se mueren, la renuncia no es comprensible. Esto liga con que vivimos en el mundo de la posmodernidad, y en la “sociedad líquida” de la que habló el premio Princesa Zygmunt Bauman... Hemos perdido un criterio que teníamos básicamente asentado y por el que se mueve una sociedad potente, el principio de realidad. Sería una actitud poco responsable inducir a que las personas no se vacunen, o insinuar siquiera que la vacuna no es eficaz.

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