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Humos de la Constitución en Ribadesella

Peces-Barba y Trevijano, profesor y alumno, catedráticos y rectores, en un recuerdo veraniego de dos generaciones de juristas de la Transición

Por la izquierda, Salvador Ordóñez, Rafael Puyol, Gregorio Peces-Barba, Juan Vázquez, Zulima Fernández, Manuel Villa y Pedro González-Trevijano, en un paseo veraniego por Ribadesella. | LNE

¿Qué diría el recordado Gregorio Peces-Barba sobre el nuevo presidente del Tribunal Constitucional Pedro González-Trevijano? Un ritornelo viene a la mente con esta curiosidad irresoluble tras la celebración del 43.º aniversario de la Carta Magna, entre vientos de reforma y tempestades políticas sobre el Poder Judicial.

González-Trevijano, asturiano consorte y apasionado amante de la tierra de su esposa, con un incomparable don natural de madrileño, es andaluz de una familia importante de Osuna, de hecho la casona familiar ahora es el Ayuntamiento. Aún citaba con reconocimiento al profesor Peces-Barba, uno de los padres socialistas de la Constitución, en una conversación matinal con Àngels Barceló, para subrayar la defensa del consenso de la Transición y el valor de su síntesis jurídica.

El reconocido jurista, que entró a formar parte del Tribunal Constitucional dentro de la cuota de magistrados “conservadores”, ha participado desde los primeros años en el encuentro de rectores y amigos universitarios, surgido en Ribadesella alrededor de Gregorio Peces-Barba en su descanso estival y organizado por LA NUEVA ESPAÑA. A la sugerente idea de Manuel Villa Cellino, entonces rector en la Universidad Antonio de Nebrija, se unieron Fernando Fernández Méndez de Andés, en aquel tiempo al frente de la Universidad Europea; el gijonés Rafael Puyol Antolín, de la Complutense; Juan Vázquez, rector en Oviedo; y Salvador Ordóñez, entonces secretario de Estado de Universidades. Gregorio Peces-Barba, allá por los primeros años del siglo XXI, resistía en la máxima responsabilidad en la Universidad Carlos III de sus desvelos. Desde San Esteban de Pravia, acudió a la cita el catedrático de Derecho Constitucional Pedro González-Trevijano, un “joven rector” de una “joven universidad” Rey Juan Carlos, de reciente y tortuosa historia, todo sea dicho.

Aún vestido del modo libre veraniego, Trevijano emanaba rigor y distinción con su talante ilustrado. Agudo conversador, número uno con su licenciatura y su doctorado en la Complutense, alumno de Peces-Barba en Filosofía del Derecho, su talento y su impronta jurídicos han quedado sobradamente reconocidos. Se destacaba en la conversación veraniega no solo en aspectos académicos sino también en otros tan admirables como el cine, la literatura o el fútbol. Ahora, a sus 63 años, con la alta magistratura Constitucional, se ha consagrado como uno de los juristas de autoridad intelectual.

Desde que coincidieron en los salones del Gran Hotel del Sella, aunque la observación no fue continua ni asidua, se podía comprobar la camaradería entre madrileños, y madridistas, la sintonía de juristas; el mutuo respeto y consideración; y la admiración del alumno a su destacado profesor. Dos estudiosos universitarios forjados en el Derecho, de recia fibra de carácter, serenidad y claridad meridiana de propósitos. La afinidad entre catedráticos y colegas en el rectorado, dialéctica y punzante ante la res política, se recomponía al final del almuerzo-debate. El rector de la Universidad Carlos III seleccionaba el cigarro puro que, a modo de pipa de la paz, compartía Trevijano en aquellas sobremesas riosellanas. Si ambos compartían su firmeza intelectual en la reforma de los estudios jurídicos, en la autonomía universitaria frente a la política, y en los iniciales planes de Bolonia, no todo eran coincidencias. Aspectos de su labor como gestores universitarios era motivo inevitable de fina discrepancia, que Gregorio Peces-Barba siempre remataba con una anécdota divertida o una ingeniosa reflexión, que provocaba la sonrisa general.

Peces-Barba, al que también visitaban en aquellas horas veraniegas José Luis Rodríguez Zapatero o Álvaro Cuesta, su alternativa entonces a ministro de Justicia, aguijoneaba a González-Trevijano por sus conexiones con los populares madrileños. El rector de la Rey Juan Carlos se movía con comodidad en esferas del poder del Madrid de aquel tiempo, que ya trataba de pasar la página universitaria del fundador de la Carlos III. El “padre” socialista constitucional y expresidente del Congreso no dejaba escapar ocasión para zaherir al joven colega liberal por los indisimulados gestos de apoyo de Esperanza Aguirre, todopoderosa presidenta de Madrid, a la Universidad Rey Juan Carlos; o bien por la inauguración de un campus de verano con el cardenal Antonio María Rouco Varela rodeado de monseñores, objetivo de los dardos políticos del socialista en sus tribunas en la prensa madrileña. Lejos quedaba ya el tiempo de Peces-Barba democristiano en la oposición católica al franquismo al que el cura José María Díaz Bardales veía, de vez en cuando, en los últimos bancos de la iglesia riosellana.

Pedro González-Trevijano y Gregorio Peces-Barba, intelectuales políticos ambos, simultanearon la actividad docente con la jurídica y, por encima de cualquier discrepancia, han sabido encarnar, como Jovellanos, los valores de la Justicia, del Estado y de la Constitución. Es de agradecer que tanto el PSOE como el PP se hayan dado cuenta de la calidad jurídica e independencia profesional de este catedrático de Osuna, que también fumaba puros en Ribadesella, y que, alentado por el espíritu de la Transición, como su profesor, ha sabido encarnar el equilibrio entre razón política e historia.

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