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Adolfo Menéndez Jurista, presenta “Estado y mercado. Un vistazo global a la regulación económica”

“No se puede tener una economía que funcione sin un Estado de Derecho que la controle”

“Disponer de una buena regulación es la única manera de generar riqueza y de combatir las inequidades cuando se presentan”

Adolfo Menéndez. | José Luis Roca

Veintidós juristas y un economista, “al que hemos pedido que escriba con libertad absoluta y sin hablar con los demás”, caminan por la frontera difusa entre el derecho y la economía en “Estado y mercado. Un vistazo global a la regulación económica” (Aranzadi). El libro colectivo, dirigido por el administrativista asturiano Adolfo Menéndez Menéndez, y recién editado en versión bilingüe española e inglesa, explora las confluencias entre la administración y el sector privado en la regulación de la actividad económica. El abogado gijonés, que ejerce en el bufete Ontier, imparte docencia en la IE Law School y es el secretario general de la Fundación Princesa de Asturias, tiene tras de sí una amplia trayectoria jurídica y de enseñanza y gestión, entre otros cargos como subsecretario en los ministerios de Defensa (1996-2000) y Fomento (2000-2004). Mañana, a partir de las siete de la tarde, presenta el libro en el Aula Magna del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo.

–Han explorado las fronteras entre el Estado y el mercado. ¿Existen?

–Son dos conceptos distintos. Y el análisis del libro trata de acercarnos a las confluencias que existen entre ambos en un mundo como el actual en el que ya casi ningún joven es ya graduado en Derecho, en Economía o en Medicina... En una sola materia. Pero una cosa es el avance de la complejidad y otra muy distinta la confusión, y desde esa perspectiva nosotros tratamos de indagar en ese terreno para no confundir el derecho con la economía.

–Buscando las proporciones adecuadas de la mezcla...

–El título de nuestro libro tiene también un significado jurídico determinante, porque entre los tratadistas clásicos se ha puesto de manifiesto la constancia de que es la participación de ambos elementos, Estado y mercado, la que puede configurar un sistema adecuado. Ese es nuestro marco constitucional. Si en lugar de una “y” pusiésemos una “o”, sería un disparate. Además, tradicionalmente se percibe a la administración como el titular y el garante de la defensa del interés general. Y eso es verdad, lo que no es cierto es que sea un monopolio. También el sector privado participa en esa actividad, y la cuestión está en encontrar en cada momento el equilibrio adecuado entre la participación de ambos conceptos, teniendo en cuenta que detrás de nuestro análisis están también los efectos que en esa ecuación ha producido la globalización.

–¿Están hablando de la confrontación de dos poderes, de la frontera entre lo público y lo privado?

–Sin duda. Ese es el quid de la cuestión. En el debate público se suelen escuchar controversias sobre la pertinencia de la regulación, pero para los juristas esta discusión no tiene sentido. Regulación, siempre; su ausencia equivale a la anarquía. Ahora bien, dentro de ese marco de necesidad normativa, la controversia está en el equilibrio entre lo público y lo privado. El Estado debe estar ahí, y cumple su misión, pero por otro lado está el mercado, la sociedad. En muchísimos ámbitos. En nuestro análisis, además de los sectores o materias clásicas, introducimos tres elementos de enorme modernidad y futuro que merece la pena destacar: la seguridad y la defensa como soporte de todo este sistema, la filantropía y el tercer sector y el mercado de trabajo, o más bien la emigración como uno de los grandes problemas de la globalización.

–¿Qué dificultades plantea la globalización a la hora de establecer un control jurídico del poder público y del poder del mercado?

–Ahí está el meollo de la cuestión. La regulación de la que hablamos es fundamentalmente derecho. Y la concepción clásica del derecho como garantía de la libertad y la dignidad humanas se confronta hoy con la globalización, que tiene una parte positiva, porque genera una visión global de los derechos de las personas, pero que al mismo tiempo puede colisionar con un Estado de Derecho construido sobre todo en el entorno nacional de los estados.

–No hay fronteras, según para qué...

–En cuanto las cruzas, empieza a haber dificultades, porque así como la economía puede moverse internacionalmente con cierta fluidez, el derecho público no. Cada jurisdicción nacional tiene su regulación, y eso plantea en el mundo global una confrontación entre diferentes operadores que quieren hacerse con los mercados y da pie a una aproximación nueva: aunque sí haya un derecho internacional, el derecho global no existe. El protagonista sigue siendo el Estado, pero a la vez aparecen nuevos actores importantes, como las multinacionales, las ONG y, lo que es más relevante, las personas, la dignidad humana... Es en ese contexto donde tratamos de transmitir que el Estado de Derecho tiene una razón de ser permanente que viene de muy atrás. Está ahí y va a seguir ahí.

–¿En qué sentido?

–Al final, la condición humana es la que es, y es permanente, no varía tan fácilmente. En lo bueno y en lo malo. Eso quiere decir que en el mundo global en el que vivimos tenemos que seguir el sentido que nos marca el Estado de Derecho sin confundirlo con otros ámbitos, sobre todo el económico, de forma que cada uno persiga su objetivo. Yo siempre digo que la economía tiene por propósito una asignación eficiente de los recursos, pero el derecho no, el derecho persigue la libertad y la convivencia de las personas. Y una cosa es sumarlas y otra mezclarlas en la confusión. Del error a veces es fácil salir; de la confusión, no tanto, y el mundo hipertecnológico en que vivimos permite cosas fascinantes, pero al final siempre tienen que tener un tratamiento humano. La inteligencia artificial es prodigiosa, pero nos equivocaríamos si nos dejamos arrastrar por ese flautista de Hamelin y nos olvidásemos de la condición humana, del derecho y del Estado de Derecho.

–El libro contiene una mirada analítica sobre la regulación de los sectores más relevantes en la actividad económica. ¿Cuál es más complejo, o más conflictivo? Han diseccionado por ejemplo el financiero, el de la energía…

–Esa cierta conflictividad se da en todos. Y nosotros los tratamos pormenorizadamente, procurando atraer algunos que estaban oscurecidos y normalmente no se abordan en estos contextos, como la filantropía o la sociedad civil. Pero sería difícil decir cuáles son más relevantes. El sector financiero, por ejemplo, tiene una regulación muy trabajada y otros son más novedosos, pero no creo que haya grandes diferencias. Lo que sí es importante es entender que el Estado de Derecho es fundamental. Que no se puede tener una economía que funcione correctamente si no hay un Estado de Derecho que la controle y que el poder, tanto el político como el económico, tanto el de mercado como el administrativo, requiere un control que a veces termina en los jueces.

–La contratación pública acostumbra a ser un ámbito especialmente conflictivo. ¿No hay mucha materia de confrontación ahí?

–Desde un punto de vista jurídico, puede tener razón, en el sentido de que suele ser una zona clásica de confrontación entre el interés público y privado y un área de riesgo para la corrupción. Las razones por las que se produce esta colisión se ven muy bien en Europa. Aquí, la regulación de cada país está prácticamente unificada a través de las directivas europeas, pero sucede que junto a las empresas de los estados miembros, en la UE quieren competir todas las que no están en el mercado europeo, y a veces sin reglas, y eso no es posible. Por lo demás, cuando se plantea un conflicto contencioso-administrativo en relación con un contrato, la gente acostumbra a interpretar que se trata de una pelea entre el Estado y un particular, pero casi siempre, en realidad, la confrontación se da entre dos empresas, con la administración como moderadora. Esa estructura, que va cambiándolo todo, es la que requería, a nuestro juicio, un análisis. Y hacemos una propuesta abierta para ver dónde estamos y por dónde vamos a ir en el futuro.

–¿Por dónde?

–Nosotros insistimos en que todo esto es derecho, y en que hay que cumplir la ley. Es lo que decía Cicerón, somos esclavos de las leyes para ser libres. En cuanto desaparece el Estado de Derecho, aparecen la anarquía, el caos y la fuerza bruta. Es cierto que puede haber matices en función de los sectores, pero donde no los hay es en la certeza de que la ley hay que cumplirla y la tenemos que aprobar entre todos, porque eso fortalece institucionalmente nuestros mercados y nos permite competir en el mundo global. Al final, la conclusión a la que llegan también los economistas dice que el hecho de que haya una buena regulación es relevante como la única manera de generar riqueza y de combatir las inequidades cuando se presentan.

–La pandemia lo ha empapado todo ¿Percibe síntomas de recuperación? ¿Vamos por el buen camino?

–Yo soy un optimista congénito, pero convencido, con argumentos. En mis clases me refiero muchas veces a los cómics de Astérix, a cuando Obélix dice que se va a caer el cielo. No se va a caer nada. Tenemos delante una situación compleja y si hacemos las cosas bien vamos a poder competir y salir adelante sin duda. Para conseguirlo, en España tenemos una infraestructura institucional y jurídica de primer orden, pero debemos tener claro por un lado que este es un problema global y, por otro, que si trabajamos con inteligencia y generosidad saldremos adelante. El mejor ejemplo nos lo da la propia dimensión sanitaria de la pandemia. Si queremos resolver el problema global que plantea el covid, parece claro que debemos tener en cuenta a todo el mundo. Eso quiere decir no solo digitalmente, también materialmente el mundo es global y conviene que tengamos la perspectiva elemental de que tenemos que salvarnos todos juntos.

–¿Disponemos de las herramientas adecuadas? Parece que hay barreras burocráticas que no ayudan.

–Las cosas nunca son perfectas, pero, normalmente, los argumentos en contra de las formalizaciones y de la burocratización tienen una parte de razón y otra que yerra, porque se apoya en razones que van en contra del control. Siempre debe haber un cierto control jurídico de las cosas. Hay mucho camino por recorrer y se puede hacer mucho, pero con humildad. Decir que la eficiencia es un contrario de burocracia me parece un exceso. Esto sucede también cuando se le pide al poder judicial que sea más ágil y eficiente. Se me ocurre decir que para ello, lo primero es darle medios, pero también que para justicia rápida, la guillotina. Supongo que no querremos caer en eso.

–Los premios Princesa han pasado el trance de la pandemia. ¿Su balance?

–El equipo de la Fundación se ha encontrado, como toda la sociedad, con este problema y lo hemos acometido trabajando mucho, con prudencia y en una relación muy estrecha con las autoridades sanitarias. Creo que se ha hecho exitosamente. Yo no soy imparcial, pero se han mantenido los premios, su calidad y el funcionamiento normal y se han mejorado muchas cosas. En definitiva, Oviedo y Asturias siguen siendo un centro de diálogo de la cultura española y asturiana con el mundo. Y eso es una baza que hay que conservar que con el apoyo de la Corona es de una enorme utilidad. la monarquía constitucional es un instrumento de garantía de pluralidad, de desarrollo económico, en definitiva de libertad.

–¿Hubo muchos momentos de duda?

–No. Nosotros no dudamos de nosotros mismos. Sí tal vez de qué forma podíamos hacerlo mejor. Se debatió mucho, es lógico, pero no dudamos ni de dónde estamos, ni de lo que somos ni de lo que podemos ser o aportar a la sociedad. Como todo el mundo que trabaja en el ámbito cultural, trabajamos para el futuro. Siempre utilizo una frase que lo importante es pensar antes, pensar más y pensar mejor. Esa es la voluntad.

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