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La raíz naviega del piloto que pone rostro a Iberia

“La aviación corre por mis venas”, resalta Fernando de Madariaga, protagonista de un vídeo de la compañía sobre su lado humano

Felipe de Madariaga, en 1943, en la Academia de León, como alférez alumno.

Felipe de Madariaga, en 1943, en la Academia de León, como alférez alumno. / Ramón Díaz

Ramón Díaz

Ramón Díaz

Oviedo

Llevan la aviación en los genes. Felipe de Madariaga Rizzo, ya fallecido, inició en los años cuarenta del siglo pasado una saga de pilotos con raíces asturianas, que han continuado su hijo, Rafael, ya jubilado, y sus nietos Yago y Fernando, ambos comandantes de vuelo en activo. Este último es además protagonista de un vídeo que Iberia ha colgado en las redes sociales con la intención de poner rostro a la compañía, dando a conocer el lado más humano de sus empleados y algunos pormenores de su trabajo. “La profesión corre por mis venas”, asegura este piloto vocacional que, con 15.000 horas de vuelo a sus espaldas, sigue disfrutando cada día de “una profesión maravillosa”.

A Fernando de Madariaga le entró el gusanillo de volar de niño, al ver que su padre lo hacía, que su casa estaba llena de libros de aviación y que de lo que más se hablaba era de aviones. La “guinda” llegó cuando voló por primera vez en cabina con su progenitor. “Yo tendría 7 u 8 años y fue en Perú, donde mi padre estuvo unos meses. Ese día vi que me encantaba volar. Es una sensación especial, mágica”, afirma.

“Volar es romanticismo, liberación, velocidad, libertad… Cuando estás arriba admiras el paisaje y disfrutas al manejar la máquina, pero al mismo tiempo te das cuenta de lo pequeño e insignificante que eres respecto al mundo”. Obtuvo el permiso de piloto antes que el carné de conducir y entró en la aviación comercial con solo 21 años. Nunca ha pasado miedo en un avión. Primero, porque los pilotos están entrenados para afrontar “todo tipo de adversidades”. Y segundo, porque en la aviación la seguridad es máxima, “lo primero”, y cualquier incidente, por mínimo que sea, se investiga a fondo para que no se repita.

Tiene dos hijos y admite que se alegraría si alguno de ellos siguiera sus pasos, aunque matiza que lo principal es que hagan “lo que les guste”. Si tuviera que elegir los lugares a los que más le ha gustado volar diría Bogotá, México y Quito. También señala la cornisa cantábrica, aunque para volar “tiene su miga”. Lo explica telegráficamente: “Meteorología, tormentas, niebla, orografía, turbulencias… Pero es muy bonita”.

La raíz naviega del piloto que pone rostro a Iberia

Por la izquierda, Fernando y Yago de Madariaga / Ramón Díaz

Nació y vive en Madrid, y no ha tenido demasiada relación con Asturias, más allá de un “especial cariño” a causa de su padre. Sí ha acudido al Principado de turismo con la familia en varias ocasiones.

Mucha más relación con Asturias tiene su padre, Rafael de Madariaga Fernández, pues nunca ha dejado de ir a la tierra de su madre, María Dolores Fernández Egerique. Todos los veranos, desde niño. “Soy un naviego de ley”, comenta. Su padre era de San Roque (Cádiz) y conoció a su madre durante la Guerra Civil. Voló al aeródromo de Navia, “que pese a su nombre está en Coaña”, aclara, y pasó en Asturias varios meses. Se casaron en 1938. Veinte años después Rafael de Madariaga, que también es periodista y lector de LA NUEVA ESPAÑA, estaba en la Academia General del Aire, siguiendo los pasos de su progenitor. Ahora prepara un trabajo que le propuso el jurista Javier Junceda para el RIDEA sobre “la aviación en Asturias y aviadores de Asturias”.

Echa “mucho” de menos el avión. La de piloto es una profesión “adictiva”. Recuerda con nostalgia su último pilotaje al mando de un avión. Fue en 2001, un vuelo Madrid-Miami, en el que contó con sus hijos Yago y Fernando como copilotos. Como no le gustan las ceremonias lacrimógenas, y había una preparada para la vuelta, prefirió despedirse como comandante en activo con una cena en Miami, junto a familiares y amigos.

La raíz naviega del piloto que pone rostro a Iberia

Rafael de Madariaga y su hijo Fernando, el día de la “suelta” (estreno) de este como comandante. / Ramón Díaz

También en su caso lo de ser piloto le viene de lejos: a los 4 años ya voló en brazos de su padre en un biplaza. “Luego yo hice lo mismo con mis hijos. Esto se insufla mucho a través de la familia”, indica. Quizá con la boca pequeña les dice a sus hijos que no animen a sus hijos a ser pilotos, porque es “muy caro”. Hay que tirar de la enseñanza privada y para tener una carrera “bien asentada” hacen falta varios años. Pero el mayor problema son las horas de vuelo, pues todas las compañías piden experiencia, más de 1.000, y casi la única solución es acudir a una compañía extranjera. “En España falta un sector intermedio, aviación regional o aerotaxis que permita hacer horas”, apunta.

Rafael de Madariaga subraya que en la profesión de aviador se da "una endogamia totalmente transversal". Hay varias docenas de "sagas" como la suya, y más longevas incluso, algunas también de asturianos, como los Arango, y los Jardón. "Pero las más largas, con cuatro generaciones, algunas son: los Ansaldo Vejarano; los Pombo, cuatro generaciones; los Dávila Ponce de León, otras cuatro generaciones; los Vives; los González Adalid; los Ordovás, los De las Peñas, también cuatro generaciones; y modernamente los Ciudad, los Fernández Mayordomo o los Montesinos", destaca.

"Es una profesión en la cual los aviadores se han relacionado de forma transversal y por ello hay miembros de las familias conectadas en el Ejército del Aire, en la Aviación Comercial y Deportiva, Líneas Aéreas de diversas épocas y todo tipo de actividades aeronáuticas, por supuesto varones y mujeres sin distinción", concluye.

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