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Dentro de la Quinta Selgas, el pequeño Versalles, la “obra total”

Alejandro Braña documenta en un libro los jardines, el palacete y la colección artística de la finca de Cudillero, donde “cada habitación es un museo”

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Dentro de la Quinta Selgas, el pequeño Versalles, la “obra total” Alejandro Braña

Al principio, al ojo le cuesta elegir. Necesita un rato para aclimatarse a la belleza, “como los montañeros a la altura”. Al entrar en la Quinta Selgas, el fotógrafo de entrada se pierde y no sabe bien dónde mirar. “Todo te sobrepasa”. Ha recorrido tres jardines distintos de vegetación exuberante, con su extenso catálogo de árboles y plantas de distintos lugares del mundo, setos esculpidos, lagos, cascadas, praderas y bosques, y dentro del palacete se ha encontrado “rodeado”. Por “la pintura y las esculturas, los jarrones y los tapices, los revestimientos de las paredes y las camas… Todo es grandioso, todo excesivo. Te deja un poco paralizado. ¿Por dónde empiezo?”

La cámara de Alejandro Braña llevaba unos cuantos años esperando el momento de hacerse también con todo esto. El fotógrafo gijonés tiene inventariados en al menos una decena de libros centenares de palacios, casonas y casas de indianos de toda Asturias, con imágenes del exterior y los suntuosos interiores, pero supo que aquí tenía que detenerse, recrearse, detener el tiempo un rato más. Acaba de reunir en un volumen específico, 240 páginas y una selección de aproximadamente 600 fotografías, “la obra total”, la quinta de El Pito (Cudillero) en la que los hermanos Ezequiel, Fortunato y Francisca Selgas Albuerne instalaron en el último tercio del siglo XIX una imponente residencia de verano y una excepcional colección artística, “una especie de museo de todos los estilos” cuando el valor se lo da la historiadora Gracia Suárez Botas, autora de los textos que acompañan a las imágenes de Braña.

El conjunto “abruma”, confirmará el fotógrafo, que persiguió durante más de dos años el permiso que finalmente consiguió para captar sin restricciones, por dentro y por fuera, “el patrimonio muy singular, casi excepcional en España”, que protege la Quinta. La espera se hizo larga, con la pandemia por el medio, y a su salida la controversia desatada por la venta de algunas obras de la colección Selgas, pero ha merecido la pena. Braña tuvo desde el primer momento la certeza de que este espacio tenía vida propia “suficiente” para llenar un libro propio, que habría sido “una pequeña herejía” juntarlo en sus volúmenes con otros palacios o casonas señoriales de los que pueblan la Asturias rural. Aquí están representadas todas las artes, repite. “La idea fundacional de los hermanos Selgas era crear un pequeño paraíso en su tierra natal” y el resultado, era evidente, “daba para un libro para él solo”.

Una vez superado aquel primer impacto de belleza abrumadora, el libro ordena la mirada del lector guiándolo por los tres jardines –el francés, el inglés y el italiano– y las cuatro construcciones –el palacete, el pabellón que custodia la colección de tapices flamencos, el de invitados y el invernadero–, recreándose con deleite en los detalles. Las jornadas enteras que pasó en la Quinta, buscando el ángulo más adecuado o el mejor momento de luz para cada encuadre, han dado para un archivo de más de 2.500 fotografías, más de seiscientas incluidas en el volumen. “Opté por fotografiarlo todo”, confirma, justificando un recorrido que documenta la finca y las dos plantas del palacete sala a sala, obra a obra, porque “cada estancia tiene su interés” y nada está colocado al azar… “No he dejado nada”.

Una vista de la Quinta Selgas. | Alejandro Braña

“Cada habitación es un museo”, asiente Gracia Suárez Botas, y el conjunto combina el buen gusto con la capacidad para financiárselo. La historiadora valora la exquisitez del patrimonio tanto como la conservación casi exacta de la posición de cada pieza en el conjunto. Todo se ha mantenido aquí “tal y como sus promotores, creadores y descendientes lo proyectaron y mantuvieron”, escribe, haciendo que el acceso al interior del palacete sea una suerte de viaje en el tiempo hacia la recta final del siglo XIX. A la obra de dos hermanos “que forman un tándem perfecto. Ezequiel, el mayor, era una persona con mucho dinero, que triunfó en el mundo de las finanzas y se ocupó de formar y gestionar la colección. Fortunato, de formación académica más intelectual, amigo de historiadores y muy vinculado con las bellas artes, intervino en la parte artística”. De ahí que su quinta valga como un resumen ideal de todas las corrientes artísticas del momento. El comedor es una recreación del Renacimiento español, está el rococó de la habitación ‘Luis XV’ o el viaje a Versalles del salón de baile…” En cada estancia “se entra en un mundo completamente distinto desde el punto de vista decorativo”.

El versallesco salón de baile. | Alejandro Braña

El hecho diferencial se lo otorga la calidad de lo reunido, entre otras muchas piezas con obras pictóricas de Goya, Theodor van Loon o Luca Giordano, y a nadie escapa “la importancia de los jardines”, de los tres ambientes naturales “perfectamente ensamblados” que configuran “uno de los mejores conjuntos de España”. Recorrerlos, resalta Suárez Botas, “es como viajar de Versalles a un parque inglés y de aquí a una villa italiana…” El legado da para tanto que el libro culmina el recorrido saliendo de los muros de la finca a documentar el legado que han dejado en El Pito sus grandes “mecenas”, la iglesia y la casa rectoral o las escuelas. Tampoco se resiste a contar historias singulares de algunas de las piezas de la colección, como la del cancel del altar de la basílica de Santianes de Pravia. Está considerado como el más antiguo de España y Fortunato Selgas lo adquirió en 1905 por 25 pesetas en una taberna próxima a la villa praviana, donde hacía las veces de mesa.

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