Tras el desastre de la República y la dimisión de Amadeo, entra en Madrid Alfonso XII. La multitud llena las calles, entusiasmada. Un rapacetu se acerca a su caballo vitoreándolo, el Rey lo agradece y alaba el entusiasmo popular. “Esto no es nada, responde el mozalbete, si vieras la que armamos cuando echamos a la puta de Isabel”.

Me he acordado de la anécdota al ver el fervor con que fue acogido el éxito eurovisivo de Chanel, y no puedo olvidarme de que pocos meses antes la mayoría de la opinión pública, los mismos fundamentalmente, bramaban contra la cantante, la consideraban poco menos que un fraude urdido, frente al voto popular, por el jurado y algunos intereses económicos.

Así son las cosas, así la opinión pública. A Zapatero, frente a Bono; a Casado, frente a Soraya; a Barrabás, frente a Jesús... y, al día siguiente, “yo nunca he votado eso”, haciendo buena la definición de H. L. Mencken: “La democracia es la patética creencia en la sabiduría común de la ignorancia individual”.

Pero la aventura chaneliana apunta a algo más: a esa necesidad de correr de inmediato tras la charanga, a esa especie de “eyaculatio praecox” que caracteriza a partidos y sindicatos. ¿O no recuerdan que sindicatos y partidos pidieron una investigación y que Podemos llevó la cuestión al Congreso? Antes muertos que callados un minuto.

Urgida por unas prisas semejantes se encuentra Teresa Ribera, la descarbonizadora más rápida al oeste del Misisipi. Esas prisas, acicateadas por su enfermedad ideológica, han llevado al desastre a muchas comarcas e influyen en la carestía de la electricidad.

Hace pocos meses la UE concedió el carácter transitorio de energías verdes a la nuclear y al gas. La de los llobos, en contra: “Si podemos ir más aprisa, mejor”.

¿Y ahora que Europa pretende acelerar decisiones que complican la supervivencia de la industria asturiana?

Seguro que también quiere más precocidad.