El médico y bioquímico valenciano Santiago Grisolía, uno de los precursores de la divulgación científica moderna en España, ha fallecido este jueves a los 99 años de edad.

Grisolía fue el primer discípulo español de Severo Ochoa en Estados Unidos. Muchos años más tarde, y ante la apatía de las autoridades asturianas, se hizo cargo del legado del científico luarqués, que fue expuesto en el Museo de las Ciencias de Valencia.

El profesor Grisolía participó en innumerables ediciones del los Cursos de Verano de La Granda (Asturias), que estos días celebran en Avilés su 44º edición, y cuyos organizadores han manifestado la enorme pérdida que supone para España la muerte de Grisolía. Juan Velarde, presidente de honor de los cursos y alma máter los mismos durante décadas, manifestó el "gran dolor" por la pérdida de un prestigioso científico que está "en la esencia misma" de los cursos de La Granda, que siempre ayudó a impulsar con su presencia y su inspiración.

Teodoro López Cuesta, en primer término, y detrás Velarde, Grisolía -sentado-, y Severo Ochoa, entre otros.

A Grisolía le unía también otra gran vinculación con la región, como es el hecho de que en 1990 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica.

Siempre hizo gala de haber sido discípulo del asturiano que en 1959 obtuvo el Nobel de Medicina y Fisiología. Con Ochoa mantuvo una gran amistad. De hecho, era depositario de su testamento personal y científico, y custodiaba tanto su archivo científico como su biblioteca privada.

“A los becarios españoles, el profesor Ochoa nos trataba como a los demás, para que así avanzásemos en nuestra carrera”, declaró a LA NUEVA ESPAÑA en 2009, con motivo del 50º aniversario del Nobel de Ochoa. Entre las cualidades que caracterizaban la disciplina de trabajo del científico luarqués, destacaba “la persistencia y la continuidad, además de la paciencia, el orden y la ecuanimidad”.

Tras una larga estancia en Wisconsin, donde trabajó como profesor y presidente del Departamento de Bioquímica Molecular de la Universidad de Kansas y director del Laboratorio de ese centro, regresó a España en 1977 para hacerse cargo del Instituto de Investigaciones Citológicas de Valencia.

Su trabajo se centró en materias como la enzimología del metabolismo del nitrógeno, el metabolismo de fosfogliceratos, el recambio y degradación de proteínas y el control de la síntesis de la tubulina en el cerebro.

Asimismo, supo moverse siempre como "pez en el agua" en los círculos políticos, sociales o culturales. En mayo de 2014 el entonces rey Juan Carlos I le concedió el título de Marqués de Grisolía por su "prolongada y encomiable labor investigadora y docente", su "contribución al conocimiento científico" y en reconocimiento del "real aprecio" del monarca.

El deterioro en la salud de Grisolía le llevó el 7 de junio de 2016, cuando se hizo público el fallo de los Premios Rey Jaime I, a ceder el testigo de su lectura por primera vez en la historia de estos galardones; doce días después era ingresado en el Hospital Clínico de València, al encontrarse indispuesto.

Tras este episodio hospitalario, Grisolía siguió acudiendo a diversos actos públicos, aunque su participación en los mismos fue cada vez más limitada.

En septiembre de 2017 falleció a los 99 años de edad su esposa, la también investigadora Frances Thompson, con la que tenía dos hijos, lo que supuso un duro golpe para el científico valenciano.

Santiago Grisolía se licenció en Medicina por la Universitat de València en 1944 y la oportunidad le llegó con una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores para estudiar en los Estados Unidos.

Aunque la beca era para un periodo de un año en el Departamento de Bioquímica y Farmacología de la Universidad de Nueva York, donde fue el primer alumno español de postdoctorado que tuvo el científico Severo Ochoa, esta "estancia temporal" se prolongaría durante más de tres décadas.

En 1988 fue designado presidente del Comité de Coordinación Científica de la Unesco para el Proyecto Genoma Humano, un puesto desde el que contribuyó especialmente a la divulgación científica del genoma humano y a que València se convirtiera en uno de los centros neurálgicos donde debatir el descubrimiento del mapa genético, considerado uno de los más importantes avances de la Humanidad.

Su experiencia investigadora y su preocupación por situar la ciencia y tecnología española a niveles internacionales le llevó en las últimas décadas a promover congresos internacionales y escribir libros, como "Vivir para la ciencia", donde criticaba la falta de apoyo institucional y político al desarrollo de la investigación en España.

Siempre opinó que los científicos tienen la "obligación" de comprometerse y responder a temas relacionados tanto con su actividad como a otras cuestiones de actualidad.