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El relojero de Sama, una vida clandestina bajo el franquismo

El ugetista Andrés Arcos vivió ocho años con la identidad falsa de Vicente Quílez en las Cuencas: le buscaban en La Mancha para matarlo

Arcos en su taller de relojería, antes de la guerra | Familia Arcos

Fueron decenas los asturianos que pasaron por el campo de concentración francés de Argelès-sur-Mer, donde languidecieron cientos de miles de republicanos exiliados tras la derrota de 1939. Ahí están el ugetista Eduardo Fernández, (consuegro de Belarmino y Pura Tomás), el poumista langreano Ignacio Iglesias Suárez, el cenetista (y héroe de la Resistencia francesa) gozoniego Cristino García, los comunistas Juan Ambou y Aquilino Gómez, el pintor y dibujante gijonés Germán Horacio o el poeta llanisco Celso Amieva, que se refirió a aquella atroz lengua de playa como "este sin piedad limbo de arenisco".

El memorial que recapitula en esta pequeña ciudad del Rosellón la peripecia de los republicanos cuenta como gestora con la agente cultural parisina Olga Arcos, antigua asesora y consejera en el Parlamento europeo, el Senado y la Asamblea nacional franceses, muy interesada en la historia de la guerra y el exilio republicano, de la represión franquista y la recuperación de la memoria democrática. Todo ello por razones familiares. Y es que es nieta de Andrés Arcos (1902-1981), un republicano exiliado en Francia que tuvo una especial relación con Asturias. Acabada la guerra, este dirigente de UGT y del PSOE albaceteño, organizador del levantamiento de 1934 en la capital manchega, vivió en Sama de Langreo y Mieres, junto a su mujer y sus hijos, bajo la identidad falsa de Vicente Quílez Navarro, con el apoyo de los socialistas de las Cuencas. Arcos era relojero, y de los buenos, por lo que pudo ganarse la vida, aunque a finales de 1948 tuvo que huir a Francia ante el riesgo de ser detenido.

La familia Arcos, reunida ya en París.

De aquellos tiempos duros se acuerda su hijo, Andrés Arcos Sánchez (1939), residente hoy Perpiñán, delegado de UGT y uno de los organizadores del crucial congreso socialista de Suresnes. Era solo un niño en aquel entonces. Hoy, a sus 83 años, recuerda sobre todo la exposición de los cadáveres de guerrilleros por las calles de Sama y el hambre de la postguerra.

Andrés Arcos hijo aprendió de su padre la solidaridad, y también la minuciosidad del oficio de relojero. Su padre pertenecía a la pequeña burguesía albaceteña y tenía una relojería en la calle Mayor, la gran arteria de la capital manchega. A principios de los años veinte, le llamaron a filas, al Regimiento del Rey, y terminó en el norte de África, donde acabó pasando dos "milis" a pesar de haber pagado por servir solo diez meses. "Se oponía a la injusticia y eso le valió que le alargasen el servicio militar, ya era un rebelde", cuenta su hijo. De ahí que cuando regresó, en 1925, se afiliase a las Juventudes Socialistas, a UGT y más tarde al PSOE. "Hizo lo del 34 y lo pagó caro. Organizó la entrega de armas. Fue a buscarlas a Éibar y las guardó en su almacén. Pero hubo un chivatazo y terminó detenido. Le dieron bastantes palizas, le condenaron a muerte, pero revisaron su caso y le rebajaron la pena a una larga condena de cárcel", explica Andrés Arcos hijo.

El ugetista y su esposa, con dos de sus hijas, en Sama.

"La Policía envió su camisa llena de sangre a su madre, lo que la mató en el acto. Él inició luego una huelga de hambre, en protesta por la mala calidad y la escasez de la comida en la cárcel, que duró 17 días. La dejó a petición de su abogado, José Prat (diputado socialista por Albacete), que temía que acabase muriendo", cuenta. Entre todo este sufrimiento hubo sin embargo un episodio feliz, ya que Andrés Arcos conoció a la que un año después sería su esposa, Mariana Sánchez Puchades, hija de ferroviarios de Alcázar de San Juan. Como cuenta ella misma en una pequeña biografía, tenía 17 años y acudió con una amiga a visitar al padre de ésta, encarcelado, "por simpatía por la causa".

Con el triunfo del Frente Popular, Andrés Arcos quedó libre. España se deslizaba de forma inexorable hacia la guerra civil, con una violencia incesante. Como indica Elena López Martínez en "El Babel de La Mancha", el 16 de marzo del 36 se produjo uno de los episodios más "candentes", "cuando desde los locales de Acción Católica en la calle Gaona se abrió fuego contra Arturo Cortés (azañista y primer gobernador civil de Albacete en la República) y Andrés Arcos (ugetista y afiliado de la Federación Provincial Socialista de Albacete). Al día siguiente la izquierda protestó contra estos atentados en una manifestación reprimida por la fuerza pública, lo que encendió todavía más los ánimos de los más exaltados que acabaron prendiendo fuego, entre otros sitios, a la iglesia de San Juan Bautista, actual catedral".

Durante la guerra, Arcos fue concejal de Albacete y formó parte del Tribunal de Urgencia en representación del PSOE hasta que se incorporó al Cuerpo de Carabineros, en la jefatura de Transportes en Murcia. "Su principal tarea era la vigilancia de las carreteras y contaba que tuvo mucho que intervenir. Albacete era la base de las Brigadas Internacionales. André Marty, el comunista mandando a España por Stalin, le dio mucho que hacer", rememora su hijo.

Los carnés de Andrés Arcos de afiliación a la UGT y el Partido Socialista.

Durante la guerra, en el 37, nació su hija Juanita. Albacete sufrió hasta diez bombardeos por parte de los nacionalistas, uno de los cuales, el 19 de febrero de 1937, dejó 150 muertos. Con Mariana de nuevo embarazada, y en pleno hundimiento del régimen republicano, la familia tuvo que huir a Valencia, a casa de parientes, y donde nació Andrés hijo el 22 de marzo de 1939, solo una semana antes de la entrada de las tropas franquistas en la capital levantina. Urgía huir, puesto que, casi con toda seguridad, Arcos sería llevado ante el pelotón de fusilamiento. Sin embargo, se produjo algo crucial.

Mariana lo contaría luego en su memorial: "Teníamos que partir en el barco a las tres de la tarde, pero yo no pude, por las consecuencias del parto. Cuando mi marido vio a su pequeño hijo, se echó a llorar, porque sabía que el futuro que podía darle no era muy alegre. Renunció a embarcarse y se quedó con nosotros en Valencia. Mi tía (Esperanza, que acabaría en un campo de concentración francés) cogió el barco y me dejó con una sirviente para ayudarme y algo con lo que vivir por dos o tres meses". Comenzaba así una peripecia de incertidumbre y miedo que se prolongó nueve años. Tres meses después del fin de la guerra, cuenta Andrés Arcos hijo, su padre se refugió en el consulado de Suecia en Valencia, pero tuvo que huir cuando el nuevo gobierno comenzó a presionar para desocupar las legaciones diplomáticas.

Un primo valenciano de Arcos le facilitó su nueva identidad, la de Vicente Quílez Navarro, también una cartilla de racionamiento y un salvoconducto, con el que inició "su peregrinaje", primero al País Vasco, a San Sebastián y Éibar, luego a Asturias, recalando primero en Mieres. La familia le siguió poco después. En la capital del Caudal se dedicó a su oficio de relojero, pero un problema con su patrón le obligó a marcharse a Sama de Langreo.

Estancia en Mieres

"Me acuerdo de Asturias como si fuese ayer, no había coches, los chiquillos estábamos en la calle. Hasta que alguien se preguntó por qué no íbamos a la escuela. Recuerdo haber ido a dar clases a casa, creo, de una hermana de Manuel Llaneza. También de ver bajar del monte a los maquis muertos. Los exponían en la calle dos o tres días, como escarmiento. También me acuerdo de que los maquis mataron en revancha a un hombre, "El Pantuso". Incluso hice de correo, sin saberlo, con seis años. Me acuerdo de haber llevado un sobre con dinero a un capataz de la mina, mes y medio antes de que mi padre se marchase. Creo que era para la caja de resistencia. En el 47 la cosa se puso muy caliente. Mi padre no pudo más que reunir lo que pudo y marcharse a Francia. En Asturias lo pasó muy mal. No hizo más que perder peso", relata Andrés Arcos hijo. Recuerda a su padre siempre con su maletín de relojero, que fue el que le permitió ganar un exiguo sueldo durante aquellos de hambre. Su esposa Mariana, diría más tarde que no habían pasado hambre, que ella había arrimado el hombro con trabajos de costura. "De lo que más me acuerdo es de un muñeco mecánico que me hizo mi padre. Otro día fuimos los dos en bicicleta a Sotrondio y arregló un reloj de campana de esos grandes, me dejó impresionado. Era un excepcional relojero. Podía desmontar un reloj y volver a montarlo con los ojos cerrados, como si no fuese nada. Si algo aprendí de él fue la puntualidad y cumplir con la palabra dada", cuenta el hijo. "Las pasamos canutas. Mi padre era deportista, delgado, y eso le ayudó a soportarlo. Hemos pasado hambre. Nos ha faltado de todo. Mi padre era fumador y sufría por no poder fumar, porque no tenía dinero para tabaco, hasta el punto de que desarrolló una úlcera de estómago, que tuvieron que traerle de Bélgica unas pastillas. El sufrimiento le comió por dentro. Que no pudiésemos ir a la escuela, que pudiesen ir a por él en cualquier momento... Tuvo mucha suerte. Fueron a por él en Valencia, y después en Alcázar de San Juan, a casa de mis abuelos.

Olga Arcos (nieta de Andrés Arcos), junto a su padre y tres militantes socialistas, una de ellas Marisa García Bloise, en el Memorial Republicano de Argèles-su-Mer. Familia Arcos

Vicente Quílez/Andrés Arcos puso un anuncio en "El Socialista" años después, en 1957, preguntando por un compañero de Sama, Restituto Varillas. Andrés Arcos hijo, a través de amigos masones (como él) de Gijón, ha podido saber que Varillas era un maestro con el que su padre debió cruzó la frontera camino de Francia, a finales de 1948, una empresa de lo más arriesgado en aquellos tiempos. Fue primero a San Sebastián y el 17 de diciembre de ese año logró cruzar la frontera por Elizondo (Navarra). Llegó a Bayona y después a Lyon, donde trabajó en una fábrica. A las dos semanas arribó a París, donde se estableció trabajando en la Casa M. Henri de La Roque, en el 13 de la calle de Béarn, por más de 22 años. No abandonó su militancia política y perteneció a las secciones de la UGT y del PSOE de París (Seine), representando a esta última como delegado suplente en el VII Congreso del PSOE en el exilio celebrado en 1958. "Cuando llegó a París tuvo que hacerse reconocer por los que ya estaban allí. Los diputados exiliados Eduardo Martínez Hervás y Maximiliano Martínez constataron que efectivamente se trataba de Andrés Arcos y pudo regresar a la UGT y al PSOE", explica su hijo. La familia que había quedado en Asturias se reunió con él un poco más tarde. Según su hijo, tuvo que reclamarlos a través de la ONU.

En Francia, padre e hijo vivieron vidas de militantes. "Vivíamos ocho en dos habitaciones en París. Aún así, mi padre acogía a todo el que llegaba de España, siempre había un plato dispuesto y le daba tabaco y dinero. Esa solidaridad la he aprendido. Decía: ‘Prefiero equivocarme que cometer un error’, un pensamiento socialista. Pero mi padre tuvo que sufrir en Francia mucho racismo", explica. De lo que pasó en España, su padre tenía una visión muy concreta. "Era un soñador, un idealista. Pero los que como él perdieron la guerra habían perdido el sentido de la realidad. Eran incapaces de ver otra cosa que el ideal, la República, la tierra para quien la trabaja. Aquella guerra se podía haber evitado. Podíamos haber ganado de otra forma. Tuvieron que decir adiós a su vida anterior", indica.

La familia Arcos en París, durante un picnic. Familia Arcos

Andrés Arcos hijo siguió los pasos de su padre: con 14 años entró en las Juventudes Socialistas, con 16 en la UGT, con 20 en el PSOE. En París, compartió militancia con figuras como Carmen García Bloise o Fernando Gutiérrez. De aquellos primeros años en Francia recuerda sobre todo los llamados campos escuela, donde recibió educación política por parte de personalidades esenciales del socialismo, como Indalecio Prieto, Belarmino Tomás o Rodolfo Llopis. "Venían asturianos, andaluces, entre ellos Felipe González, Alfonso Guerra, Yáñez", evoca. En esos campamentos les enseñaban a trabajar en la clandestinidad, y recuerda algunos viajes a Bilbao desde Biarritz para dejar propaganda, que dejaban volar a la llegada de algún autobús. "No nos pillaban. A los comunistas les gustaba que les pillasen", asegura. La familia Arcos terminó instalándose en Suresnes, en el área metropolitana de París, y Andrés hijo, secretario de organización de la Agrupación de Francia Norte, tuvo un papel crucial en la organización del famoso congreso socialista que encumbró a Felipe González. Fernando Gutiérrez, presidente de honor de la Agrupación Socialista de París, lo explicaba hace unos años: "Nos tocó la organización del XIII Congreso, el famoso congreso de Suresnes. Con la ayuda de compañeros del Partido Socialista Francés, como Robert Pontillon, alcalde de la ciudad de Suresnes, y Pierre Mauroy, secretario del Partido Socialista Francés. La colaboración de los hermanos Andrés y Juanita Arcos nos fue muy eficiente. Toda la Agrupación se volcó para ayudar, cosa que nos parecía normal y natural". A finales de los sesenta y principios de los setenta, a Andrés Arcos hijo también le cupo entrar de forma clandestina para reorganizar el PSOE en la zona de Levante. "Un gran amigo de mi padre, Justo Martínez Amutio, que había sido gobernador civil de Albacete durante la guerra civil, me dio las llaves, los contactos para reorganizar a los socialistas de Valencia y Albacete", cuenta. Se acuerda de aquellas reuniones de "barbudos" en casa de su suegra, en los estertores del franquismo.

Andrés Arcos padre regresó a España antes de la muerte de Franco, para cuestiones de herencias. Iba también de vacaciones a aquella España que poco tenía que ver con la que había dejado años atrás. A donde nunca regresó fue a Asturias, la tierra en la que vivió durante ocho años bajo una identidad falsa, siempre con la espalda abierta por el temor a ser descubierto, pero que le permitió sobrevivir cuando era buscado al otro lado de España.

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