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1984: de Moscú a Kiev

Recuerdos de un viaje lejano a un paraíso que se desmoronaba

Ángel Aznárez, Juan de Lillo, Laureano («niño de la guerra» de Colloto) y Andrés Landavaso en la Plaza Roja de Moscú.

Hacía tiempo que el hormigón de sus cimientos se cuarteaba, pero pocos desde dentro se daban cuenta ni muchos de los de fuera querían dársela, porque habían idealizado aquel mundo de cartón piedra, cuyo sostén eran la mentira y el miedo. La URSS era la meca para quienes creían que Lenin había descubierto que el paraíso estaba al alcance de la mano, con la libertad cercenada, la palabra ahogada y los ciudadanos en el puño de los dirigentes. Y así pasaron varios decenios hasta que la gran mentira del siglo XX se desplomó y dejó al aire un decorado de corrupción tras el que habían tratado de esconder decenas de miles de muertos, con la contaminación que contagió a numerosos países alrededor del planeta.

Intervención del asturiano José Campomanes, entonces embajador de España.

Intervención del asturiano José Campomanes, entonces embajador de España.

En octubre de 1984 fui testigo del gran entramado que desde 1917 había convertido al gran imperio soviético en un silencio sin alma y sin un argumento al que agarrarse para sostener el sometimiento y humillación que había padecido un pueblo que venía maltratado desde el zarismo, el viejo régimen que cayó bajo el asalto de la revolución. Y que continúa Putin como ejecutor del último tramo de la maldición que persigue a los rusos. En aquellos días, curiosamente históricos para Rusia, fui enviado especial de LA NUEVA ESPAÑA, diario que, como líder de la región, habían invitado a un encuentro de amistad que con frecuencia celebraba, a modo de ejercicio de propaganda, algún territorio del régimen soviético con algunas regiones de distintos países, entre ellos España.

Vicente Álvarez Areces y Lillo, con el astronauta Dzhanibekov

Vicente Álvarez Areces y Lillo, con el astronauta Dzhanibekov

Una oportunidad especial para conocer la tierra de promisión.

Cuando hace ya más tiempo del que quisiéramos Rusia decidió invadir Ucrania, recordé algunos de los pasos que siguió aquel viaje que se inició en Moscú y concluyó en Kiev, que fueron algunos de los que trazaron las bombas que destruyeron ciudades, pueblos e industrias, y dejaron en la tierra ucraniana fosas sin datos personales de miles de muertos, hombres mujeres y niños, además de los caídos en las trincheras.

Encuentro con un obispo yugoslavo.

Encuentro con un obispo yugoslavo.

Según recuerdo, llevaba el peso de la organización la agrupación comunista de Gijón, con varios concejales y otros dirigentes a la cabeza, y al viaje se unieron turistas sin afinidad alguna con el ideario soviético, que querían conocer aquellas tierras, su gente y su vida. Además de grupos de baile, músicos añadidos, artistas y el excelente tenor Joaquín Pixán, muy celebrado en sus intervenciones. Y como personalidad política más relevante, Vicente (Tini) Álvarez Areces, entonces delegado de Educación y Ciencia. En Moscú se unió a la expedición el embajador de España, el asturiano José Campomanes, que intervino en varios actos en los que también actuaron autoridades locales, aunque nunca conocí el grado de su cualificación en el escalafón político.

Visita a un «koljoz».

Visita a un «koljoz».

Hicimos el viaje en un Tupolev de Aeroflot. Creo que duró unas cinco o seis horas, y llegamos al aeropuerto de Sheremétievo con poca luz, porque allí la noche madruga. El control de pasaporte fue una larga tortura para tan breve trámite. Una cabina angosta, un joven agente de mirada fría, amplia gorra de plato y movimientos lentos ocupaba su asiento tras un mostrador breve y sobre él un tampón y sellos con día, fecha y año, que no estampó en el pasaporte sino en una hoja suelta, y así no quedó huella en mi documento internacional de estancia en el país.

Un inquietante trámite en el control de pasaporte.

Creo recordar que estuve encerrado en aquella cabina no menos de diez minutos, que me parecieron una eternidad. El joven agente repasaba las hojas del pasaporte y levantaba su mirada de hielo para fijarse insistentemente en mí, y alargaba la mirada hacia la cercana pared a mis espaldas, sin que en los primeros instantes de aquel inquietante control advirtiera la razón de aquella mirada que me sobrepasaba. Y descubrí, al fin, aquella actitud cuando volví la mirada levemente y descubrí un espejo inclinado que reflejaba mi figura posterior, tal vez para descubrir alguna anormalidad peligrosa. Y vuelta a mirarme y alargar su vista insistente sobre el espejo. Y así todos los integrantes de nuestra expedición. Y desde allí al hotel Ukraina (Ucrania), nuestro hospedaje durante nuestra estancia en Moscú. Entraban y salían del amplio hall jóvenes estudiantes africanos y cubanos, con algunos de los cuales hablábamos por nuestra coincidencia en el idioma.

En aquella primera jornada en el hotel moscovita, mientras nos adjudicaban las habitaciones, rompió a cantar Joaquín Pixán sin previo aviso. Se hizo un silencio casi religioso. Los transeúntes se detenían y fijaban su mirada y oído en la zona de donde salía la voz. Fue un momento emocionante porque nadie, ni nosotros, esperábamos que el tenor asturiano regalara aquel momento exquisito en un ambiente tan rutinario. Una larga ovación acogió el final. Dos días permanecimos en la capital soviética en actos compartidos con intervención de las autoridades locales con la respuesta del embajador de España y actuación del grupo de danza muy bien acogido.

Con un astronauta que había volado dos veces por el espacio.

En una de aquellas recepciones conocimos al astronauta Vladimir Dzhanibekov que había rodeado el espacio en dos ocasiones, por las que lucía dos condecoraciones en el paño de su chaqueta bajo el hombro. Nos acercamos Tini Areces y yo para conversar con él, con la mediación de Andrés Landavaso, uno de nuestros intérpretes, hijo de un "niño de la guerra" vasco, con el que entablamos estrecha amistad durante aquellos días en Moscú y Kiev.

Andrés era joven y ejercía como profesor de Economía en una de las universidades de Moscú. Pero la idea que le acosaba era huir de la URSS, y para ello en una de nuestros muchos encuentros, le propuso a Tini Areces que le proporcionara en Oviedo una invitación de algún banco para ofrecer una conferencia que le permitiera permanecer en España y no regresar. Era su plan en aquel momento y su propuesta fue bien acogida, aunque el tiempo y las ocupaciones acabaron por olvidar aquel plan de evasión.

Yo había llevado entre el equipaje una botella de güisqui que compartíamos en mi habitación del hotel Tini, Pixán, Andrés y yo, hasta que en un momento el intérprete llevó el índice derecho a sus labios, señaló hacia la lámpara y nos hizo seña para que abandonáramos y saliéramos a la calle. Y así, a partir de entonces, nuestras conversaciones se desarrollaban en la calle mientras paseábamos. En uno de aquellos paseos Tini me dejó caer, casi como un murmullo: "Juan, yo hacía mucho tiempo que tenía que haber venido". Una confidencia breve e inesperada de quien, antes de ingresar en el PSOE, había pasado horas difíciles como dirigente del "Partido" en Asturias. Y nunca más volvimos a hablar de aquel inciso en voz muy queda, que fue como una íntima confesión.

Visita al mausoleo de Lenin en una cola interminable.

Entre los actos que los organizadores tenían previstos, figuraba la imprescindible visita al mausoleo de Lenin en una de las dependencias de la Plaza Roja del Kremlin. Cuando entramos en aquel espacio amplio, rodeado de bellos edificios, de fachadas rojizas, la cola de los visitantes, curiosos y devotos, se estiraba como una serpiente camino de la pasarela desde la que, al fondo, a notable distancia, estaba el "muñeco", como lo llamaron muchos de nuestros compañeros, salvo los fieles que desfilaron ante él con emoción y respeto.

Nuestros paseos y visitas dirigidos estaban casi siempre relacionados con actos oficiales de discursos de exaltación de la amistad, aderezados con bailes y cánticos. Las calles y plazas estaban decoradas con múltiples estatuas de Lenin en todas las posturas, monumentos de escenas bélicas, y colgadas de las fachadas fotografías de gran tamaño de los dirigentes del Partido del momento, intercambiables por otros que los habían precedido y, en su día, por los que habrían de llegar. No obstante, a aquella exhibición de culto a la personalidad le quedaban ya pocos recambios, porque el Muro se cuarteaba, la corrupción era ostensible y Gorbachov estaba ya en puertas.

Después de aquellos días en Moscú de agasajos y buenos deseos, emprendimos el viaje a Kiev. La víspera del abandono de la capital soviética, nos reunimos de nuevo en mi habitación para dar cuenta de último sorbo de güisqui. No recuerdo cómo salieron los nombres de Suárez, el Rey y Cruyff. Andrés recordaba, no sé por dónde la había llegado, la publicidad del futbolista anunciando slips "Oceán", y yo le dije que llevaba un paquete de ellos en la maleta y que si quería se los regalaba. Abrí mi equipaje y saqué el estuche envuelto en cartón y celofán y se lo puse en su mano.

–¿De verdad que me los regalas?

–Pues claro.

–Es que yo nunca tuve unos calzoncillos así.

Y a todos nos pareció que se emocionaba y sonreía casi al borde de los pucheros. Nos sorprendió, pero nos alegró aquella sincera respuesta de Andrés a tan modesto obsequio. Y brindamos con el último trago.

Una noche de tren, distribuidos en numerosas y confortables literas.

Nos llevaron en autocar, entrada ya la noche, hasta la estación del ferrocarril y nos acomodaron en literas confortables y en departamentos bien decorados. Las primeras horas fueron de tertulia entre los vecinos, Pixán, Tini, Andrés y, muy cerca, Sabina, la segunda intérprete, una joven mona, sonriente y discreta, que cumplió su tarea con muy buen castellano y mucha paciencia. En la estación nos esperaba una comisión de bienvenida. Destacaba en el grupo una mujer fornida y de pelo negro, cardado y abundante a la que, cuando apenas llegamos, Tini la bautizó como "la Leona", y así la seguimos llamando durante nuestra estancia en Ucrania. Ella nos correspondía con su sonrisa regordeta y generosa.

Hubo recepción oficial con discursos de los dirigentes ucranianos y la intervención de Areces, al que llamaban señor Ministro, tal como nos traducían Sabina y Andrés. Nos reíamos, porque ellos se empeñaban en elevarnos de categoría, y yo, también ascendido, fui el director de LA NUEVA ESPAÑA. Bailaron nuestros danzantes, cantó Pixán y ellos también pusieron su folclore sobre la tarima que hacía de escenario. Finalmente, entramos en la sala contigua donde habían dispuesto un lunch abundante y sabroso, que se repitió en otros momentos de intercambio de bienvenidas.

En Kiev se unió al grupo asturiano un curioso personaje, que nos dijo que era un "niño de la guerra" de Colloto, rechoncho, poco pelo, ojos verdes y mirada de águila: Laureano. Nos pareció un hombre listo, que se movía con astucia, acorde con los tiempos que vivía la URSS, para hacerse una vida cómoda. Y lo había conseguido. Hizo amistades enseguida entre nosotros y se unió a la expedición como uno más durante el resto de nuestra estancia allí. Desde hacía algún tiempo, nos dijo, venía advertido que aquel mundo se caía y él se instaló en una actividad clandestina que le había permitido tener coche, un Lada, y otros beneficios y comodidades, para que el final no lo sorprendiera desnudo.

Una noche, durante una fiesta ofrecida por nuestros anfitriones, Laureano se pasó de vodka, y Tini y yo le advertimos que no podía regresar a casa en su vehículo, que sería mejor que tomara un taxi. Le pedimos el teléfono, nos lo dio, y hablamos con su mujer, rusa que hablaba castellano con claridad. Y nos rogó que no lo dejáramos subirse al automóvil.

–Laureano, no puedes ir así al volante. Dice tu mujer que no te dejemos.

–Sí puedo ir y lo haré.

–No ves que si te pillan los guardias por el camino te meterán un multón y hasta puedes ir al calabozo.

Poco a poco nos acercamos al Lada, metió la mano en el bolsillo de su "loden" verde y sacó las llaves, abrió la puerta del conductor, esgrimió un fajo de rublos y nos los mostró como un argumento irrefutable.

–Para los guardias tengo yo esto si me paran.

Al día siguiente madrugó para unirse de nuevo al grupo, charlatán y fresco como si nada hubiera ocurrido.

Una reunión algo tensa en el Ayuntamiento de Chernigov.

Cada mañana conocíamos el programa de la jornada, mientras desayunábamos en el comedor de mesas corridas. El banco contiguo lo ocupaba un clérigo ortodoxo que, por el atuendo, sospechamos que era un obispo, como más tarde nos confirmó, Andrés mediante. Era yugoslavo y había venido, lo hacía al parecer con cierta frecuencia, para resolver cuestiones relacionadas con su ministerio. Me enteré de que aquella jornada de visitas nos tocaba "koljoz", cooperativa de la colectivización del campo. Estábamos invitados a comer allí con los granjeros. Previamente haríamos escala en Chernigov, una de las recientes ciudades mártires de la invasión rusa. Recorrimos la ciudad, visitamos monumentos, iglesias sin culto, como almacenes de lujo; vimos numerosas colas a las puertas de varios establecimientos, y le pedimos a Andrés que nos enseñara un supermercado. Y después de mucho insistir, nos enseñó uno desde la calle en cuyas estanterías ni había variedad de productos ni abundantes. Finalmente llegamos al Ayuntamiento.

Cuando entramos en el salón de plenos, supongo, ocupaba el presídium la Corporación con el alcalde en el centro y Petrov, nuestro comisario político, pasado de vodka como cada día, en el extremo izquierdo como si verdaderamente controlara algo. El presidente de la mesa habló largo rato sobre las excelencias del sistema: había numerosas bibliotecas, parques infantiles, transportes públicos y se atendían las necesidades urbanas. Uno de los del grupo comunista gijonés corroboró con satisfacción aquellas palabras y añadió algún piropo al sistema. Y, al final, el alcalde preguntó si alguien quería hacer alguna otra pregunta. Dudé un momento, pero levanté la mano, me puse en pie y comencé a hablar con la ayuda de Andrés.

–Oímos con atención todas las bondades que nos ha expuesto, pero yo quería también decir que en mi país también hay bibliotecas públicas y privadas de lectura plural; que hay jardines y transporte público, y también privado; monumentos y servicios municipales y estatales. Y allí, como en otros muchos países libres, elegimos a nuestros representantes y gobierna la mayoría, y la minoría controla desde la oposición sus decisiones y el dinero que se invierte. ¿Aquí el control de todo eso quién lo ejerce? ¿Existe oposición?

Los componentes del presídium se miraron y algunos cuchichearon algo entre ellos. No recuerdo exactamente la respuesta, pero nada tuvo que ver con la pregunta. Como si me hubiera dicho: "Sí, y mañana va a llover". Y me miraron con sorpresa y con gesto de contrariedad. Y a la salida se me acercó Andrés y, medio sonriente medio sorprendido, me preguntó:

–Cómo les dijiste eso. ¡Vaya valor! Sabes de sobra que aquí lo controla todo el Partido Comunista.

–Efectivamente. Pero eso era lo que quería yo que me dijeran.

El municipio, con la "leona" a la cabeza, debía de mandar mucho, nos invitó a una comida en uno de los salones del mismo edificio. Hacia las dos de la tarde, tras el almuerzo, subimos a los autobuses que nos llevaron al "koljoz", donde los habitantes nos recibieron con trajes típicos y ramos de flores; cantaron y bailaron, y cuando todo concluyó, los dirigentes nos condujeron a un comedor donde estaba dispuesta la comida con la que nos obsequiaban. Tini Areces dijo:

–Qué mal coordinados están. Darnos de comer dos veces en término de dos horas, me parece mucho agasajo.

Apenas probamos bocado y casi todo quedó sobre las mesas. Pero se lo agradecimos. Aquella noche en Kiev, la organización nos invitó a la ópera "Fausto", de Gounod, en un buen teatro local, aunque, a juicio de Pixán, el tenor no estuvo a la altura. Sin embargo, ninguno de nosotros volvimos a hablar de mi "impertinencia" de la mañana en el Ayuntamiento, y parecía que había pasado al olvido. Pero no. Al día siguiente se celebró una comida en el restaurante del Dinamo de Kiev y a mí no me invitaron. Me di por enterado.

Visita al diario "Pravda" local que quedó en buena intención.

Desde nuestra llegada a la URSS le había manifestado a Andrés mi interés por conocer el diario "Pravda", órgano del PCUS. No pudo ser en Moscú porque nuestra estancia en la capital fue breve y no tuvimos tiempo. Él se mostraba reticente y me insistía en que iba a ser muy complicado, pero que lo intentaría. Y me consta que lo intentó. Una vez en Kiev, insistí en conocer el diario en su versión ucraniana. Entre unos y otros, consultó mi interés con la "Leona" (Tini me decía siempre "Juan, ten cuidado con ella", y nos reíamos) y, al fin me autorizaron. Era un edificio algo destartalado, que en su tiempo debió de haber sido noble, con portalón grande, patio y escalera para llegar a una sala donde me instaló alguien que podría ser un ordenanza. Al cabo de unos minutos, llegaron tres hombres de no menos de sesenta años a los que me presenté con traducción de Andrés. Tenía la esperanza de que me mostraran la redacción, los talleres y de que me acercaran a algunos colegas. Pero no llegamos a salir de aquella sala, y a medida que pasaba el tiempo me convencía de que no vería de la casa más que el recinto donde me habían sentado. Pregunté y pude sacar muy pocas palabras de aquellos rostros impertérritos, que de vez en cuando comentaban en voz baja alguno de mis comentarios.

De aquella visita, pese a no sacar nada de nada en limpio, obtuve la sensación de que aquellos señores nunca habían tenido intención de decirme nada ni de enseñarme nada, y al final quien llevó la voz cantante de aquel encuentro frustrado fui yo. Les hablé del periódico, de su fundación en plena guerra civil; del número de redactores y la tirada que hinché en cinco mil ejemplares, porque cincuenta mil me pareció una buena tirada para una región de un millón de habitantes donde se editaban seis diarios. La cerrazón y secretismo de aquella gente contrastó con mi exposición, porque yo no tenía nada que ocultar. Nos despedimos convencido de que había ocurrido lo que tenía que ocurrir. Evasión y silencio. Al regreso al grupo, Tini me preguntó:

–¿Qué tal?

–Nada de nada. Estoy como cuando entré allí.

–¿Qué esperabas?

–Por los menos que hablaran.

El último día fue de despedidas. Laureano fue a vernos y a mí me dejó dos latas de caviar por si las podía colocar en Oviedo, y que él recogería el dinero en uno de sus viajes. Por supuesto que cuando vino a Oviedo le devolví el caviar. Y le pregunté a Andrés, cómo alguien como Chernienko, anciano y con grave enfisema, podía haber llegado a la cima en la URSS. Y él me respondió con claridad inapelable:

–Tú figúrate un pasillo con muchas puertas a un lado y otro, y que van pasando uno a uno los aspirantes. Todos lanzan sus cuchillos contra el enemigo con más posibilidades. Y pasó Chernienko, que no era enemigo por su edad y estado de salud, y nadie se lanzó sobre él. Y pasó. Las cosas aquí son así.

El Tupolev nos devolvió a Madrid. Cada cual habrá tenido sus impresiones de la visita. Yo lo tuve claro. Aquello se desmoronaba, pero no parecían creerlo. Y cinco años después cayó el muro y nadie supo cómo ocurrió. No sé si influido por la reciente invasión de Rusia a Ucrania o por una impresión que tuve tras aquella visita, pero creo que los ucranianos no veían con buenos ojos a los rusos.

NOTA.- No cito nombres propios de la mayoría de los miembros de la expedición porque a estas alturas la memoria no da mucho más de sí y sentiría dejar demasiados en el olvido. Lo siento.

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