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La dulce apuesta por Valdés tiene su punto amargo

El pastelero Jonathan González y el heladero Daniel Pérez triunfan con empeño y esfuerzo en un concejo que pierde población pese a la ingente burocracia y al problema de encontrar mano de obra

JONATHAN GONZALEZ Y SU MUJER MARIA ATHANASIADOU CON SUS HIJOS ELENI E IOAKIM, delante de la pastelería Cabo Busto. FERNANDO RODRIGUEZ

Nadie les dijo que fuera fácil, pero tampoco que les fueran a poner las cosas más difíciles de lo que ya son por sí solas. Jonathan González y Daniel Pérez comparten edad, concejo natal, oficio y trayectoria vital y profesional. Ambos son ejemplo de la apuesta, en este caso dulce y con éxito, por emprender en su lugar de origen, aunque no se libran de cierto punto amargo.

Tienen los dos 35 años, nacieron y viven en Valdés –el primero en Busto, el segundo en Almuña–, uno es pastelero y el otro, heladero. Les une amistad, admiración mutua, éxito en sus negocios y también el consuelo de haber tenido que afrontar similares problemas y baches en el camino de emprender en su municipio natal, que figura en los puestos de cabeza del ranking en España de los que más población han perdido en la última década (2011-2021) según el Instituto Nacional de Estadística (INE).

La receta de ambos para sacar adelante sus proyectos empresariales tiene, lo dicho, un ingrediente dulce, que no es otro que empeño, valentía, esfuerzo, apoyo familiar indispensable y amor por lo que hacen. El punto amargo es la ingente burocracia a la que hay que hacer frente para cualquier trámite, los retrasos de licencias y las complicaciones, cada vez más, que surgen para contratar a gente en el pueblo y mantener una plantilla estable.

Así las cosas, a Joaquina Ovalle, madre de Jonathan, no le extraña que los jóvenes valdesanos se vayan a trabajar fuera y que los vecinos del concejo mengüen. Lo que sí le sorprende es lo que ha sacado adelante su hijo: "Ahora no tanto, ya estoy acostumbrada. Pero me costó creerlo, sí, el éxito que ha tenido y que logre que venga gente de toda Asturias, de España, aquí, a la casa de la familia, de mis padres, a comprarle los pasteles que hace. Pero como él, pocos, los jóvenes no se quedan... ¿Por qué? No sé, no hay ayudas, incentivos". Ella misma ha emprendido recientemente, con la apertura de un hotel en Busto, y se las ha tenido que ver con la burocracia, en el ayuntamiento tardaron "no sé cuánto por dar una licencia. Eso no es normal".

Daniel Pérez, con un helado, ante su tienda de Luarca, en una imagen de archivo. Ana M. Serrano

Atiende Joaquina Ovalle la tienda de Pastelería Cabo Busto. En febrero cumplirá una década el negocio que Jonathan González ha edificado en su pueblo sobre la base del obrador que tenía su tío Ángel, con el que se puso a hacer pan y repartirlo por todo el Occidente cuando regresó a casa tras formarse en Gijón y por el extranjero. "Luego empecé a hacer yo bollos preñaos, magdalenas, la gente encargaba y poco a poco llegó esto", explica. "Sin la familia, la que siempre tengo presente, no existiría Cabo Busto". Ahí estuvo su tío, ahí está su madre, además de su hermano que también le ayuda y su mujer, María Athanasiadou, de origen griego y a la que conoció en París. "Ella se ocupa de las cuentas sobre todo. Yo del obrador". Más allá de la familia es difícil sumar plantilla. Los problemas para hacer equipo en el obrador quitan el sueño a Jonathan González, quien lamenta la "falta de compromiso" de la gente joven. Le cuesta mucho retener a sus trabajadores en Busto, y no es por las condiciones, "sino porque acaban yéndose, no valoran la estabilidad creo. Vienen en verano, aprenden y se van. Eso es durísimo porque te obliga a volver a empezar". Admite que no es fácil emprender en un pueblo si hay que partir de cero, "pero se puede. Hay que ser valiente y hacer bien las cosas, con cabeza. Yo no me quejo, trabajo mucho, muchísimo, no paramos todos. Nuestro obrador crece, con nuevos proyectos, nuevos productos, pero siempre con los pies en la tierra".

Él y María han formado una bonita familia en Busto, con el benjamín Iokim, de 6 meses, y Eleni, de tres años y que ya apunta maneras de pastelera al manejar con soltura la varilla de batir al posar para LA NUEVA ESPAÑA con sus padres. "Esto es una forma de vivir, emprendes con tu familia, en tu casa y tiras de tu tierra. Somos pocos, pero no soy el único, hay más ejemplos", remata el pastelero Se refiere, por ejemplo, a su amigo Daniel Pérez, que a pocos kilómetros, en Almuña, tiene un obrador del que salen unos helados artesanos bajo el nombre El Asturiano que hacen las delicias de todos los que los prueban y cosechan premios allá donde van.

Joaquina Ovalle atiende a Ane Ugarte y Mikel San, en la pastelería Cabo Busto. FERNANDO RODRIGUEZ

Pérez, músico y profesor de música, decidió hacer helados –se formó por su cuenta y aprendió con Carlos Arribas– para aprovechar la leche de la ganadería de su padre. Compatibilizó ambas cosas, pero los helados acabaron absorbiendo todo su tiempo. La necesidad de estar más con su hijo le hizo dejar la música.

¿Contento? "Sí, me van bien las cosas, pero a día de hoy, de saber todo lo que he sufrido, igual no lo haría", contesta rotundo. "La burocracia te quita la ilusión por todo", explica después de sufrir importantes retrasos por trámites en el Principado para ampliar un obrador. "Emprender es duro, y luego ves que es tan difícil crecer y salir adelante, que no me extraña que la gente se vaya. Ser autónomo cuesta. Acabas pensando, ¿esto es un negocio o una tortura?". Como a su amigo Jonathan, encontrar empleados le resulta tarea difícil, tanto para el obrador como para la tienda, en Luarca. "Trato de usar todo producto local, tirar de esto siempre que es posible", asegura. Tiene una teoría para el declive demográfico de Valdés y otros concejos en similar situación: "El sector primario no ha tenido visión de futuro, pese a ser fuerte, se dedicó a vender sin preocuparse del productor ni controlarlo. Eso debería cambiar, pero se ha perdido mucho ya por el camino".

De casos como el suyo y Jonathan, con negocios asentados, prósperos y con éxito, advierte de que nada es fácil, que ha requerido mucho esfuerzo, apoyo familiar y que echan miles de horas al año trabajando. "Luego te compensa, es lo que quieres y disfrutas, pero sufres". Es el trago amargo de dos emprendedores en Valdés dedicados a endulzar la vida al resto.

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