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La pesadilla de Violeta, la asturiana que sacó a la luz el "maltrato" que ejercía una eurodiputada del PSOE

"Perdí mi salud, mi trabajo y mi vida personal", relata la mierense que logró con otros dos asistentes que la Eurocámara reconociese el "acoso" y sancionase a Mónica Silvana González

La eurodiputada socialista Mónica Silvana González.

No es su nombre real, pero el alias de "Violeta" ya se ha convertido en una referencia de lucha contra el maltrato y acoso laboral. Tras ese seudónimo se encuentra una asturiana que ha logrado, junto con dos compañeros, que el Parlamento Europeo sancione a la eurodiputada del PSOE Mónica Silvana por acoso a sus asistentes. Prefiere mantener el anonimato por razones obvias, pero no ocultar su voz: "No ha sido una batalla fácil y aún me emociono al hablar de ello. Perdí mi trabajo, mi salud y mi vida personal, y esto no es algo de lo que una se siente orgullosa, pero la sanción, aunque me parece poco para lo que sufrí, me permite continuar para seguir luchando y que esto no vuelva a suceder", relata Violeta a LA NUEVA ESPAÑA al otro lado del teléfono, desde Bruselas. La parlamentaria socialista Mónica Silvana González ha sido suspendida de su actividad durante 30 días y se quedará sin dietas, lo que puede suponer un castigo de unos 10.000 euros. La eurodiputada ya ha dicho que recurrirá la sanción.

Violeta, asturiana de familia mierense y licenciada en Derecho, accedió en julio de 2020 al puesto de asistente personal de la eurodiputada socialista Silvana. Lo que empezó como un sueño terminó convirtiéndose en una pesadilla. Las puertas de salida de esa situación se abrieron totalmente cuando la semana pasada, la presidenta del parlamento europeo, Roberta Metsola, inició la sesión del Pleno en Estrasburgo anunciando la sanción a Mónica Silvana González por "acoso psicológico" a sus tres asistentes.

Por medio hubo meses de malos modos, presiones, amenazas con la no renovación del contrato, estrategias de vacío laboral, incumplimiento de horarios, exigencias fuera del turno de trabajo e incluso órdenes sobre gestiones de carácter personal de la eurodiputada. La trabajadora asturiana perdió sueño y apetito y sufrió episodios de ansiedad.

"No es la situación de que tengas a un jefe más o menos exigente, sino la de que no había un rumbo claro, que se daban instrucciones y contraórdenes que no permitían trabajar bien al equipo, al que luego culpaba de todo", explica esta asturiana. "Era maleducada, levantaba la voz y me hizo llorar en más de una ocasión; yo me callaba porque mi educación me impide contestar mal", relata.

Lo difícil en esas situaciones, reconoce, es que la víctima se percate de que no está haciendo nada malo o incorrecto. "Es como lo que ocurre con las mujeres que sufren violencia machista, que pueden tender a pensar que es culpa suya", detalla. "Soñaba con el correo electrónico, con gestiones que debíamos hacer para evitar que se enfadase", explica la asturiana.

"Era maleducada, levantaba la voz y me hizo llorar en más de una ocasión", detalla la trabajadora

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Cuando Violeta supo que iba a ser contratada como asistente de una eurodiputada lo afrontó con mucha ilusión. Participó previamente en reuniones para ayudar a forjar el equipo y se mudó a Bruselas con su hijo buscando un nuevo horizonte. Afrontaba una nueva vida llena de esperanza. Ni siquiera hizo mucho caso al "toque de atención" de responsables de Recursos Humanos de la delegación socialista española del Parlamento Europeo, que le señalaron que la plaza podría ser complicada. No sabía que sustituía a alguien que había dejado el trabajo por las mismas razones que convertirían el puesto en un suplicio también para ella.

"He tenido una amplia experiencia laboral y me he encontrado en situaciones muy diferentes. Así que inicialmente se te hace raro creer que no encajas, incluso me instruí con libros de coaching para situaciones nuevas como esa", explica.

La eurodiputada sancionada hacía que Violeta tuviese que realizar tareas fuera de su contrato, así que la asturiana tuvo incluso que efectuar gestiones personales o administrativas domésticas, como llevar a cabo la matrícula escolar de la hija de la europarlamentaria o la recuperación de su contrato de electricidad. A las pocas semanas, Violeta ya se percató de que actuaba casi como "un mayordomo" disponible a cualquier hora, lo que le impedía cumplir algunas de las tareas para las que había sido contratada. Todas esas gestiones personales alargaban la jornada y la obligaban a estar disponible.

Es a partir de agosto de 2020 cuando la situación se agrava, el tono de la eurodiputada se eleva y se vuelve más agresivo, causándole a la asturiana problemas físicos y emocionales. Incluso Silvana González la obligó a acudir presencialmente a la oficina pese a que las normas de la Eurocámara lo impedían dentro del protocolo por la pandemia de covid.

"Todo empeoró", explica. Humillaciones, críticas a su experiencia laboral e incluso expresiones del tipo: "A saber cómo habrás obtenido ese currículum". La asturiana Violeta se vio entre la espada y la pared: entre tolerar un ambiente tóxico o arriesgarse a perder el sueldo, el derecho al desempleo o los beneficios del puesto, como la escolarización de su hijo.

En los meses de octubre y noviembre de 2020 Violeta comienza a preocuparse por su futuro, por todo. "Ya veía que ella no me quería ahí y pretendía que me fuese; por mi formación podía identificar las actitudes maleducadas, el lenguaje corporal, las faltas de respeto; incluso las injerencias en mi vida privada sobre qué comía o si comía mucho o poco", explica. Vinieron los problemas de tensión arterial, los vómitos, las náuseas "y sentirme realmente enferma". Finalmente, Violeta acudió a un médico que le decretó la baja.

"No fue algo que yo pidiese", recalca. Con todo, amigos y conocidos le recomendaban no seguir la baja médica: "No te va a renovar si lo haces, me decían". En ese periodo de paréntesis Violeta comprueba que recupera el sueño y el apetito, alejada del penoso ambiente de trabajo con la eurodiputada. Tras la baja médica, regresa a la oficina y descubre que está sometida a un vacío, al encomendarse sus tareas a una becaria. Es entonces cuando ella conoce que no iba a ser renovada y la invitan a cogerse el mes de vacaciones que le corresponde antes de que expire su contrato, el 6 de julio.

El informe de su psicóloga resultó definitivo, al tiempo que advertía de una situación preocupante que el documento ya consideraba que podía incluirse en los términos de "acoso laboral".

El clima en la oficina hace que la última gota colme el vaso de la paciencia de los trabajadores. Finalmente, tanto Violeta y otros dos trabajadores inician un proceso para hacerse oír por las instancias del Parlamento Europeo y denunciar la situación que padecían.

Fueron 18 meses de proceso e informes tras la denuncia interna por un presunto acoso laboral. El momento determinante fue la intervención de la denunciante asturiana ante el organismo correspondiente del Parlamento Europeo que analizó su caso. Su relato, emocionado y personal, fue un importante paso personal para Violeta. "No fui a contar lo que decían todos los informes que llevaba, sino simplemente mi verdad", recuerda.

La eurodiputada Mónica Silvana González ha asegurado que recurrirá la sanción y afirma haberse sentido indefensa en el proceso. Para Violeta, el fallo de la Eurocámara reconforta, pero no compensa: "Me parece poco castigo para lo que yo he vivido y la situación que ha trastocado para siempre mi vida". Con todo, aún recuerda la alegría con que su hijo celebró que a su madre no le renovasen el contrato como asistente de la eurodiputada socialista. Violeta quiere que su historia haga que se la recuerde como una luchadora para que situaciones como estas no vuelvan a repetirse.

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