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El patrimonio inmaterial de la cultura sidrera en Asturias

El chigre, refugio del obrero: la resistencia se fraguó entre culinos

Un estudio de la Cátedra de la Sidra profundiza en el papel de las tabernas sidreras como puntos de oposición a la dictadura y lugares de expansión "para escuchar a los iguales en medio de una realidad asfixiante"

Una fotografía de Valentín Vega. | Muséu del Pueblu d’Asturies

"Los que van a la taberna lo hacen por tres razones o impulsos: o buscando un estímulo que despierte o sostenga las fuerzas que por el trabajo u otras causas encuentren decaídas; un goce que les haga pasar el tiempo más alegremente olvidando las miserias de una vida arrastrada, las penalidades del pesado trabajar continuo y farragoso echando un pasajero velo sobre las molestias de una casa y hogar lleno de tristezas; una excitación cerebral muy en armonía y fácilmente asequible a su humilde estado de ignorancia y falta de cultura"

En 1902, el médico Arturo Álvarez Buylla dejaba así plasmado en su estudio "El alcoholismo y la tuberculosis" este diagnóstico, tan florido como poco condescendiente, sobre los motivos que empujaban a los obreros asturianos a refugiarse en los chigres y tabernas que salpicaban la región. En esencia, y hasta los años sesenta del pasado siglo XX, con el desarrollismo español, la estampa sería más o menos la misma en estos locales que durante toda la dictadura de Franco se convertirían en "auténticos centros de contacto y relación de la clase trabajadora, de refugio ante una realidad social que oprimía, un espacio en el que no sólo se podía hablar, también escuchar a aquellos iguales que tenían algo que denunciar ante una realidad asfixiante". Era "un interior cerrado sobre sí mismo, que continuaría siendo perturbador para los sectores hegemónicos, pero en el que la mera sensación de seguridad y abrigo frente a un exterior hostil bastaba para convertirlo en un refugio acogedor".

Una fotografía de Valentín Vega. Muséu del Pueblu d’Asturies

Esta última apreciación la escribe el joven historiador avilesino Néstor Bustelo, máster en Historia y Análisis Sociocultural, en la última publicación que acaba de alumbrar la Cátedra de la Sidra de la Universidad de Oviedo, dirigida por Luis Benito García, uno de los principales impulsores de la previsible declaración en 2024 de la cultura sidrera asturiana como patrimonio inmaterial de la humanidad por parte de la UNESCO. Bustelo firma "Chigres y trabajadores. La sociabilidad informal en torno a las bebidas alcohólicas en la Asturias franquista". Se trata de un pequeño volumen que la cátedra saca a la luz junto con otro estudio sobre el sector firmado por Juan Alfonso Linares García, máster en Biotecnología Alimentaria, y que versa sobre "la contribución de la manzana y la sidra al consumo de antioxidantes y su relación con biomarcadores del estado de salud".

En 1940, Asturias contaba con 2.479 tabernas, donde la sidra era la bebida reina. Entre los años 40 y la década de los 50 se abrieron 1.390 bares más, hasta llegar a 3.869 locales. Y en los años sesenta, según los datos que se consignan en este estudio, se abrieron 1.549 establecimientos más, hasta llegar a los 5.418.

El chigre era un "pilar fundamental" en la vida del obrero asturiano. A medida que España se adentró en la senda desarrollista de los años sesenta, la taberna donde la sidra mandaba perdió pie con respecto a la progresiva implantación de las cafeterías, de la cerveza, del vino y de los "cacharros". Sin embargo, en los tiempos inmediatos de la posguerra resistió como ninguna otra bebida. "Fue uno de los sectores que menos perjudicados se vieron por diferentes razones, entre ellas se pueden destacar: el arraigo que la sidra tenía en la región, una serie de plantaciones de nuevo cuño que comenzaban a alcanzar su madurez justo en la posguerra y las dificultades del momento para importar otras bebidas que pudiesen competir en el mercado", explica Bustelo.

La entrada de la mujer en el chigre, a partir de los años setenta del siglo XX, fue clave para la recuperación del sector sidrero

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En los cincuenta y sesenta, la sidra empezaría acusar la competencia de otros tragos. Pero no sólo eso: "La sidra sufriría cierta estigmatización de recuerdo de la posguerra", apunta Luis Benito García, director de la Cátedra de la Sidra, quien también añade otra serie de factores que irían en contra de la que, hasta entonces, había sido la bebida hegemónica en Asturias, como la implantación del cine como referente del ocio de masas de la época, donde "se difundía el seductor ‘american way of life’ y, de paso, se fomentaba la degustación de bebidas destiladas". Este historiador apunta también que "lo que sí parecía claro era que los bares cada vez tenían menos interés en trabajar la sidra, debido en buena medida a la existencia de otros productos que se vendían mejor y con mayor beneficio". Además, estas nuevas bebidas "eran más limpias y no planteaban labores trabajosas como la del escanciado", apunta García.

A partir de los años setenta la sidra resurgió. "Muchos de los hosteleros que habían convertido, sobre todo a lo largo de los sesenta, sus negocios en modernas cafeterías volverían sobre sus pasos y refundarían sus establecimientos como sidrerías bien acondicionadas", subraya García. Entre las razones de este regreso a la sidra, Néstor Bustelo cita algunas: "la ola de carácter identitario que la región vivía en un clima aparentemente de mayores libertades, unido al florecimiento de la industria turística y a una modernización técnica del sector industrial sidrero, con un notable cambio en el interior de los locales destinados a la venta de sidra y la incorporación de la mujer a este tipo de ocio y sociablilidad asociada al consumo de sidra".

La mujer, coincide Luis Benito García, fue clave en el resurgir sidrero. La entrada de ellas en el chigre, antaño un ecosistema exclusivamente masculino, ya no causaba extrañeza ninguna. "No deja de ser paradójico que la misma modernidad de la sociedad de consumo que había supuesto el aletargamiento sidrero se convirtiera en una de las principales claves del éxito, ya que en la sociedad tradicional la presencia de la mujer en la taberna estaba mal vista y ellas mismas eran reticentes a penetrar en una tasca", reflexiona el director de la Cátedra de la Sidra.

Una imagen de Julio León del bar tienda Casa Pepe en El Campu. Muséu del Pueblu d’Asturies

Los chigres no sólo fueron, durante décadas, el refugio del obrero. También, tal y como incide Néstor Bustelo en su trabajo, funcionaron como sedes oficiosas de la oposición antifranquista. "No fueron pocos los establecimientos que actuaron como verdadero refugio de la actividad política clandestina. Y no sólo espacios de refugio. Algunos testimonios orales recogidos nos permiten acercarnos a una realidad donde la estructuras políticas contestatarias al régimen empleaban algunos chigres como lugar de encuentro entre los enlaces, como lugar de recepción y entrega de material subversivo o como lugar donde se organizaban actividades de solidaridad con los presos políticos, recogiendo víveres y subsistencias de todo tipo que luego enviarían a la cárcel", apunta este joven historiador. Obviamente, durante la dictadura, la política se ejercía a media voz o en reservados, lejos que aquel público debate chigrero que en 1904 reflejase el periódico "El Noroeste" de Gijón, en un artículo firmado por Juan José Lorente y que parcialmente reproduce Bustelo: "En infernal desbarajuste se confunden altas disquisiciones filosóficas, científicas y sociológicas, con relaciones militares históricas, taurinas y sicalípticas. Marx, Fournier, Compte, Guesde, Fauré, Tolstoi, Kropotkin, Salmerón, Maura y Carlos Chapa pasan del brazo de Aníbal, del Cid, de Pedro el Cruel, de Napoleón, de Palafox, de Zumalacárregui, de Prim, de Frascuelo, de Machaquito, de Eloy González, de Rizal, de Nozaleda, de la Patro y la Trini. Cada cual tiene sus ídolos, sus fetiches".

El patrón los quería lejos de los centros de perdición


El efecto liberador que el entorno del chigre tenía sobre los obreros no casaba muy bien con la represión franquista, que también "actualizó los sistemas de provisión y control paternalistas" con la reindustrialización de los 50 y 60 para mantener a los trabajadores alejados de la barra y el alcohol. Néstor Bustelo: "La receta continuó siendo semejante: la creación de esa suerte de familia –la gran familia de productores y gerentes– que tan bien encajaba en el modelo de Estado e ideología, con las escuelas y la vivienda como instituciones capitales en el proceso adoctrinador y moralizador del trabajador. Y todo ese sistema de provisión social complementado, por un lado, con los economatos, los centros sanatorios –los famosos “hospitalillos”–, los fondos de socorro... Luego, otro punto caliente en la línea de actuación de las sociedades industriales era la organización de espacios y actividades de ocio alternativas a la ‘nociva’ taberna. Un fenómeno muy manido y que para el franquismo se mantiene muy vivo es el protagonismo de los ‘Grupos de Empresa’ que ofrecían toda una lista de actividades deportivas, culturales y recreativas que pretendían cerrar aún más el círculo de actividades de la vida privada obrera", explica Néstor Bustelo. "Solo hay que pensar en los casinos obreros, sumamente equipados en comparación con los austeros chigres, promovidos por las empresas metalúrgicas para competir y sustituir a los otros ‘centros de perversión’, relato éste sobre las tabernas que ya viene construido por la literatura higienista y antialcohólica desde finales del siglo XIX y que, por supuesto, los ingenieros primero, y luego los gerentes, aprovechaban para reproducir".

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