La "renuncia a ser" de Asturias como lastre histórico
El mito secular de un pueblo en batalla permanente contra los invasores que amenazan su independencia fue utilizado por las élites para defender la creación de un Estado nacional unitario

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Una de las principales características de la narrativa que vertebra la idea de Asturias que ha sido dominante durante décadas, y que ha determinado la construcción de nuestro proceso autonómico, es el discurso de la renuncia. Así, a diferencia de otros pueblos o comunidades que desde la entrada en vigor de la Constitución de 1978 han elaborado un discurso basado en la potenciación de su singularidad y en la defensa de sus intereses, en Asturias se ha ido propagando un relato a través de la que se defiende que los asturianos no es que no seamos diferentes sino que renunciamos a serlo porque nuestra diferencialidad consiste, precisamente, en no querer serlo; o, dicho de otra manera, porque tenemos una identidad tan fuerte y tan marcada que no necesitamos potenciarla, defenderla y proyectarla hacia el futuro. Cualquier persona que siga los medios de comunicación reconocerá la presencia de este discurso en la política, el mundo académico, el periodismo o el empresariado asturiano.
Pero el discurso de la renuncia ni nace en la década de 1970 del siglo pasado, al albur de la España de las autonomías, ni se pierde en la noche de los tiempos, sino que tiene su origen en la construcción de una idea muy específica de Asturias que comienza en el siglo XIX; que se desarrolla y diversifica en las primeras décadas del siglo XX; que se consolida con fuerza en el franquismo; y que se presenta desde las instituciones asturianas en la Transición como si fuera parte de un supuesto sentido común histórico, popular y transversal; como una parte inseparable de nuestra naturaleza como pueblo.
La Asturias mítica y las lecturas ideológicas
En prácticamente todos los discursos sobre Asturias a lo largo de la historia han existido unas constantes que forman parte de un imaginario colectivo que podemos integrar en la categoría de los mitos, es decir, de las historias compartidas por una comunidad (en su mayor parte ficciones), a través de la que se revelan las creencias, los valores y los anhelos de un grupo humano, y que explican tanto la esencia y los orígenes del grupo como su relación con otros colectivos (no hablamos, por lo tanto, de mito con la acepción popular que relaciona este término con una falsedad, sino con un producto social en el que se reconoce una comunidad).
El relato sobre el que se ha construido la narrativa de la singularidad de Asturias es el mito de la independencia asturiana, que presenta a Asturias como (1) un pueblo que se encuentra en una batalla perenne contra los invasores que amenazan su independencia; (2) que habita un espacio geográfico delimitado con precisión por una cadena montañosa al sur y el mar al norte; y (3) que tiene la capacidad de transmitir legitimidad y de contagiar a otros pueblos, territorios, clases o colectivos su ejemplo pionero, esto es, que cuenta con una condición tanto germinal como irradiadora.
Así, las distintas ideologías que han competido a lo largo de la historia por la hegemonía en Asturias han intentado controlar, neutralizar o modificar la interpretación de este mito secular y de las mitologías –acontecimientos, símbolos o personajes reales o ficticios– relacionadas con él, como la batalla de Covadonga, la figura de Pelayo, o los acontecimientos bélicos como la guerra contra los franceses y la Revolución de Octubre de 1934.
El origen del discurso de la renuncia
Si en la Edad Moderna las dinastías de los Austrias y los Borbones ya habían utilizado ideológicamente el mito de Asturias para legitimar la Corona, relacionando el origen de la monarquía en España con el reino medieval de Asturias, en el siglo XIX desde la ideología dominante se reinterpretará el mito para defender el proyecto de creación de un Estado nacional unitario.
En ese momento, la construcción de una estructura administrativa y cultural centralizada y centralizadora conlleva una serie de cambios importantes, algunos de gran valor simbólico: por un lado, el Estado suprime la institución histórica asturiana, la Junta General (que Jovellanos o Caveda y Nava –entre otros– habían defendido con determinación), y el antiguo principado, Asturias, pierde su nombre oficial, que pasa a ser provincia de Oviedo. Estos hechos, que contrastaban con lo sucedido en las provincias vascas y Navarra (que sí mantuvieron su nombre y fueros), generaron un sentimiento de agravio y pérdida que obligó a las élites que tuvieron el papel de gestionar la nueva situación a elaborar un explicación que justificara las dolorosas renuncias. Nace entonces en ese contexto la narrativa de Asturias como madre de la nación política española con el que se defiende que, como buena progenitora, Asturias debe renunciar a su interés particular y sacrificarse por su hija, España, o, mejor dicho, por una idea de España uniforme y vinculada a la religión católica y la monarquía.
Tras la I República, de carácter federal y en cuyo proyecto de Constitución Asturias se configuraba como un Estado, este discurso se va haciendo cada vez más explícito: Posada Herrera afirmaba ante el rey en 1881 que “Asturias renunció a sus fueros y libertades en interés de la unidad nacional”, una frase que no describía una realidad objetiva, sino que expresaba un desiderátum, un programa político en marcha con el que se hacía frente a las alternativas del republicanismo federal, por una parte, y el carlismo, por otra, que tenían una gran implantación en Asturias, especialmente entre las clases populares.
Pero esa no era la única visión existente en ese momento, sino que competía con otras como la de los seguidores de Pi i Margall, cuyos planteamientos fueron una referencia ineludible durante décadas para las fuerzas progresistas asturianas, que releían el mito defendiendo que Asturias no era la cuna de la unidad de España, sino el origen de su diversidad (al ser la primera en enfrentarse a la centralización impuesta por los musulmanes que dio lugar a la pluralidad de estados medievales), y la pionera en la lucha por los derechos arrebatados por la monarquía centralista y el caciquismo.
Ya en el siglo XX se incorporará plenamente al discurso sobre Asturias que se genera desde el poder político y académico un lugar común nuevo, el universalismo asturiano, con el que desde el nacionalismo regeneracionista español se pretende naturalizar la renuncia de Asturias a sus instituciones históricas, o a su nombre (y también a su lengua) y que, igualmente, se plantea como un antídoto frente a las supuestas tentaciones separatistas y la emergente alternativa revolucionaria que representa el movimiento obrero, pero que se desliga ya de la idea del sacrificio materno y se vincula ahora, por una parte, a la idea de progreso y, por otra, a la de sumisión, docilidad y responsabilidad. Aniceto Sela, el destacado miembro del Grupo de Oviedo, llegaría a afirmar en 1906, como un elogio y contradiciendo la conflictiva realidad social de su tiempo, que "Asturias es el pueblo más sumiso de toda España".
Una de las principales muestras de este discurso la encontramos años más tarde en la alocución pronunciada por Pérez de Ayala en 1931 en el Teatro Campoamor, cuando éste afirmaba que, en el proceso de construcción del Estado republicano y los incipientes procesos autonómicos que se abrían en ese periodo (en un momento en que al menos cinco diputados electos asturianos era abiertamente federalistas y se sucedían las demandas de una autonomía asturiana), el papel de Asturias consistía en no estorbar. Este planteamiento ideológico radicalmente centralista, que formaba parte de la batalla política del momento, sería tomado como modelo para la construcción de nuestra autonomía tras la muerte del dictador y releído hasta la saciedad –errónea e interesadamente– como una descripción neutra del carácter asturiano y del papel histórico de Asturias.
Así, tras el franquismo, un periodo en el que el régimen ahondó en este discurso desde la perspectiva del nacionalcatolicismo, tanto la derecha como la izquierda parlamentarias (olvidando o desconociendo la rica tradición federalista y autonomista asturiana), asumieron como propio el discurso de la renuncia que lleva siempre al mismo punto: la misión histórica de Asturias es la renuncia a ser, y nuestra identidad es tan fuerte que no necesita ser reafirmada (en realidad es un imperativo: no debe ser reafirmada) a través de un discurso operativo políticamente y de la defensa de nuestros intereses específicos.
Por lo tanto, en ese momento no se generó una idea de Asturias adaptada a la llegada de la democracia y el Estado de las autonomías: ni se pensó Asturias como una parte constituyente de la plurinacionalidad de España, ni se revisó la interpretación del mito de la independencia asturiana fomentada por el franquismo, que permaneció prácticamente intacta.
La idea de Asturias y los retos de nuestro tiempo
El problema con el que nos encontramos tras cuarenta años de autonomía es que la idea de una Asturias que se sacrifica y renuncia a su identidad para convertirse en la reserva de las esencias de la monarquía y del Estado unitario (o, también, de la clase obrera mundial) ha sido un concepto intrínsecamente paralizante y reaccionario que no construye: conduce a la parálisis, se basa en la autoindulgencia del grandonismo (“nada tenemos que demostrar ni hacer: ya somos asturianos”) y solo se activa históricamente en negativo para impedir el desarrollo de proyectos alternativos al dominante, como fueron en su momento los del republicanismo federal asturiano, el autonomismo y el movimiento obrero en las primeras décadas del siglo XX, o el nuevo paradigma asturianista que surge en la década de 1970.
Debemos ser conscientes de que la idea de la Asturias sumisa y apática a la vez que grandona, que no necesita ni quiere (ni debe) afirmar su singularidad, no es más que una de las propuestas ideológicas que, en este caso, ha tenido el apoyo de unos sectores sociales que han presentado sus propios intereses y valores como si fueran los intereses colectivos. Pero esa idea no es inmutable, no forma parte de una maldición bíblica ni es una condición genética, por lo que no puede funcionar como una atadura que impida el cambio: es solo una de las lecturas ideológicas que ha contado con todos los mecanismos del poder para divulgarse, pero que ha convivido y se ha enfrentado con otras que pueden también ser revisadas y adaptadas al tiempo actual.
Porque la idea de Asturias, y la interpretación de nuestros mitos, puede ser reescrita y reinterpretada por cada generación en función de sus intereses, necesidades y expectativas y, aunque sea con cuarenta años de retraso, este es tan buen momento como cualquier otro para que nos planteemos cuál debe ser nuestro futuro como comunidad humana: qué queremos ser, a qué no estamos dispuestos a renunciar y cómo queremos releer, adaptándolo a nuestro tiempo, el mito de la independencia de Asturias con el que se construyeron a lo largo de la historia los discursos sobre la nuestra singularidad.
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