Rocío Martínez, una apicultora junto al mar del Occidente asturiano

La dificultad de encontrar trabajo llevó a la mierense a combinar la producción de miel con otras actividades

Rocío Martínez Fernández, junto a algunas de sus colmenas, con la playa de Barayo al fondo.

Rocío Martínez Fernández, junto a algunas de sus colmenas, con la playa de Barayo al fondo. / Ana Paz Paredes

Rocío Martínez Fernández comparte con su suegro, Marino Fernández –un experto en la eliminación de nidos de velutina–, su pasión por las abejas. Natural de Mieres, es una enamorada de la zona en la que vive, en el concejo de Navia, desde que, siendo niña, se desplazaba junto a su familia cada verano a Puerto de Vega. Se casó con un naviego, son padres de dos hijos y viven en Villapedre. "Estudié Educación Infantil pero no me salió prácticamente trabajo de esto y, ya se sabe, si no sale, el trabajo hay que buscarlo donde haya y en esta zona es difícil de encontrar", explica esta trabajadora incansable que, con una sonrisa, afirma mostrarse encantada con su oficio de apicultora, que a su vez combina con la limpieza en algunas casas o trabajos esporádicos en hostelería.

Convertirse en apicultora vino motivado por la afición de su suegro a las abejas, que son una auténtica pasión para él y ahora también para ella. "Mi suegro fue el que empezó con ellas; empezó a recoger enjambres, luego empezó a hacer núcleos y a tener más colmenas para tener miel propia. Lo que pasó es que al final teníamos más miel de la que consumíamos y dábamos a los vecinos, con lo que le comenté que por qué no nos dedicábamos a vender la miel. Le pareció estupendo, hicimos una marca y empezamos a envasar y etiquetar en 2022", explica esta emprendedora rural.

Su miel lleva el nombre de Casa Blas, la casa natal de Marino. "Allí vivimos. Es un homenaje a sus padres y al origen del a familia. Nosotros somos de Casa Blas con lo que siempre tuve muy claro cómo se llamaría nuestra miel", explica la apicultora, cuya marca, además, forma parte de Alimentos del Paraíso y también está dentro de la IGP Miel de Asturias.

Cuenta con unas ochenta colmenas. En una zona de arbusto y bosque, en la Reserva Natural Parcial de Barayo, y con las mejores vistas al arenal, tiene un total de 30, mientras que el resto las tienen una zona de monte en Anleo. "Este año sacamos muy poca miel de eucalipto en Barayo y por eso las otras las ubicamos arriba; así compensamos. Si un año en la costa es malo, compensamos con lo que sacamos en el monte, y viceversa. El año pasado sacamos unos 600 kilos de miel", dice ella al recordar que el tiempo de mayor trabajo con las abejas es en verano. "Eso si, tienes que venir a mirarlas todos los días, alimentarlas, mantener las poblaciones y defenderlas de la avispa asiática aunque aquí, con Marino, como puedes suponer, no hay una", añade. Y puntualiza: "Hoy por hoy el mayor enemigo del apicultor es la varroa, más incluso que la avispa asiática".

Afirma que la miel de estas abejas, con las colmenas junto al mar, tiene sus propias características. "Es mucho más suave, no tiene el amargor del brezo, por ejemplo, es mucho más clara y más ligera. Aquí se alimentan de brezo, eucalipto, castaño y zarzas. También recogemos polen y propóleo, que, con la miel, también vendemos, fundamentalmente a los mercados a los que acudo todo el año y, especialmente, en verano. Allí también llevo jabones, cremas y labiales que yo misma elaboro", recuerda la apicultora, que, además, en estos meses también organiza visitas guiadas al colmenar, donde muestra a los viajeros la vida y el trabajo de las abejas, además de participar en una cata de miel.

Rocío Martínez dice que la apicultura le permite "conciliar de una forma maravillosa. Cuando toca ir a los mercados, en fin de semana, mi marido se queda con los niños. Me encanta el contacto directo con el cliente y, en este tiempo, hay gente que viene a casa a comprarnos todas las semanas. Como todo, al principio es difícil comenzar, pero hay que persistir y saber que no hay horarios y que se trabaja todos los días las horas que sea necesario".

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