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Asturias sí es un mito, y eso puede ser bueno

La necesidad de construir el modelo fundacional de una nueva idea de Asturias que desarrolle el potencial de su singularidad

Asturias es un mito

Asturias es un mito / LNE

David Guardado

David Guardado

Antes de entrar en otras consideraciones, vamos a aclarar que el concepto de mito que manejamos en este artículo, como ya hemos hecho en otras ocasiones, no es el que interpreta este término como una mentira, una exageración o una falsedad, sino que entendemos el mito como un relato compartido por una comunidad (que puede estar basado o no en realidades históricas), que explica la supuesta esencia y los orígenes del grupo humano, y a través del que se revelan sus creencias, sus valores y sus deseos colectivos.

El mito, cuando realmente funciona como tal, crea una red de expectativas que se presentan como inevitables, que se anclan en el pasado y explican el presente, pero que, sobre todo, anuncian el futuro: nuestro comportamiento se debe a que nuestros antepasados ya se comportaron de esa forma y nuestros descendientes también van a hacerlo; porque forma parte de nuestra pretendida naturaleza.

Así, los mitos son productos sociales transversales en los que se ve representado el grupo humano en cuestión, y por esa razón, en cada comunidad existe permanentemente una batalla por su interpretación, por una “lectura preferida”, que variará en función de las distintas ideologías e intereses materiales que dialogan y chocan en cada momento histórico.

Es cierto que los mitos nos condicionan, nos atrapan y, capitalizados por ideologías reaccionarias, pueden limitarnos, paralizarnos o conducirnos a lugares tenebrosos, pero también, al usar unos supuestos logros heroicos del pasado como ejemplos idealizados que se relacionan con unos logros futuros, pueden ser invocados como parte de proyectos que promuevan el progreso, la innovación y una relectura tanto de nuestro pasado como de nuestros anhelos y proyectos para el futuro. Es decir, pueden convertirse en palancas emancipadoras que sean un motor de dinamismo y progreso en vez de un lastre generador de parálisis, conformismo, sectarismo y renuncia.

Como hemos defendido en Nunca vencida. Una idea de la historia de Asturias (La Fabriquina 2023), nuestro mito compartido, con el que ideologías de lo más diverso han tejido sus discursos sobre Asturias, nos presenta como un pueblo singular que se encuentra en una batalla perenne contra quienes atacan su libertad e independencia y que habita un territorio único e inexpugnable. Además, en esa lectura mítica, Asturias tiene una condición tanto germinal como irradiadora para transmitir su ejemplo pionero e irredento.

Lo cierto es que, debido al intento de capitalización del mito de Asturias por parte de ideologías que han escrito algunos de los capítulos más oscuros de nuestra historia (que ahora resurgen con amenazadora fuerza), y de la necesidad indiscutible de revisar algunas de las interpretaciones históricas, anacrónicas y acientíficas, que han sido dominantes hasta hace solo unas décadas, podemos tener la tentación de confundir la revisión crítica del mito, la evolución y adaptación de su interpretación, con una nueva renuncia al potencial social que albergan estas, como las definía Gramsci, fantasías míticas con las que se organiza la voluntad colectiva.

Por ello, debemos diferenciar el mito de lo que puede haber sido la interpretación ideológica dominante que nos ha condicionado desde la Transición a través de lo que hemos llamado "la ideología de la renuncia". Porque ese mismo mito, leído con otras claves, puede ayudarnos a salir de la parálisis histórica que ha supuesto la visión de Asturias como una periferia roussenianamente provinciana que, a modo de fiera dormida, vegeta complacida mientras guarda las esencias de la nación española o de la clase obrera.

Una idea para el siglo XXI

Tras el periodo de crisis que ha provocado grandes cambios materiales en Asturias, necesitamos reelaborar una narrativa fundacional que no impugne el mito, sino que lo reinterprete en función de las necesidades de la sociedad asturiana actual.

Durante los primeros cuarenta años de autonomía, la idea dominante en Asturias, construida bajo el marco discursivo de un supuesto universalismo asturiano (una máscara para ocultar una vocación expresamente provinciana y militantemente periférica de nuestro establishment), ha consistido en la defensa de que los asturianos debíamos ser los primeros, y además exportar nuestro ejemplo, en renunciar a construir un relato autocentrado sobre nuestra singularidad, una de cuyas manifestaciones más evidentes ha sido la renuncia a la potenciación de señas de identidad como nuestra lengua, lo que ha supuesto el abandono flagrante del potencial que tiene un idioma propio en un Estado plurilingüe como España.

Pero el mito secular de Asturias puede y debe ser una palanca para —reinterpretándolo en función de las necesidades, las ideas, los valores y los anhelos de progreso de los asturianos y asturianas del siglo XXI— construir el modelo fundacional de una nueva idea de Asturias que pueda desarrollar el potencial que supone su singularidad cultural, geográfica, histórica y económica.

Coda

En junio de este año el gobierno español aprobó la Estrategia Digital 2024. Una de las medidas previstas en este documento es la creación de un modelo de lenguaje fundacional en castellano y otras lenguas españolas, el modelo ALIA, que tiene como objetivo facilitar tanto el desarrollo de servicios y productos avanzados en tecnologías del lenguaje (siguiendo así las indicaciones de la Comisión Europea respecto a la Inteligencia Artificial) como el de los llamados modelos fundacionales, con el objetivo de construir un sector económico innovador, sostenible y competitivo. La lengua asturiana no tiene ningún papel (ni Asturias, ni la Universidad d’Uviéu, ni la Academia de la Llingua Asturiana, ni el Gobierno asturiano…) en esta estrategia que implica al castellano y otras lenguas españolas y que va a movilizar una cantidad ingente de recursos intelectuales, económicos y tecnológicos en los próximos años. ¿A qué estamos esperando?

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