"Se puede salir de la violencia y romper con los patrones que no queremos que nuestras hijas repitan"
Una víctima de violencia de género relata cómo salió del infierno que vivió a manos de su exmarido y padre de dos de sus hijas: "Mi vida no es perfecta, pero ahora es mía, y eso es lo más valioso que tengo"

Testimonio de una víctima de violencia de género
L. Landázuri
"Soy música, compositora, coach y terapeuta de sonidos, experta en meditación y mindfulness. Hoy me siento orgullosa de poder dedicarme a lo que amo: ayudar y acompañar a las personas a sentirse mejor, a vivir de manera más saludable y feliz a través de herramientas como la música, que ha sido una constante en mi vida. Sin embargo, no siempre fue así", este es el testimonio de una víctima que por desgracia, sabe lo que es ser sufrir la violencia de género.
En su caso, su camino estuvo marcado por experiencias difíciles, incluyendo una etapa en la que tocó fondo, donde el miedo y la soledad "definían mis días. Una etapa en la que casi pierdo la vida", cuenta.
Su infierno empezó hace más de 15 años, cuando conoció al que fue su marido y padre de sus dos hijas menores. "En aquel momento, tenía una hija de tres años y acababa de salir de una relación tóxica que había minado mi autoestima y dejado muchos de mis sueños aparcados. Estaba perdida, afrontando la enfermedad terminal de mi madre y enfrentando la inseguridad económica tras haber reducido mi jornada laboral para cuidar a mi hija. Él apareció en mi vida como un hombre cariñoso, atento y protector, y no tardé en embarcarme en lo que creía que era un nuevo comienzo. Pero no era así", recuerda.
Poco a poco, lo que parecía un sueño se fue tornando en pesadilla, un control maquillado de cuidados que fue invadiendo cada aspecto de su vida. "Con la excusa de ahorrar dinero, me convenció para que cerrara mi cuenta bancaria y viviéramos en su casa, dejando atrás mi piso de alquiler y mi independencia. Al principio, todo parecía perfecto. Tuvimos nuestra primera hija en común, y aunque había discusiones, siempre encontraba una forma de justificar su comportamiento: era amor, me decía. Pero lo que realmente ocurría era que yo me iba aislando. Dejé de ver a mis amigos y familiares porque no le gustaban. Me convenció de que todos los hombres querían abusar de mí, lo que me llevó a evitar el contacto con ellos. Mis decisiones ya no eran mías", indica la víctima.
Apareció en mi vida como un hombre cariñoso, atento y protector, y no tardé en embarcarme en lo que creía que era un nuevo comienzo. Pero no era así.
Ese aislamiento que empezó por reducir su círculo social a su agresor se hizo aún más pequeño cuando se quedó embarazada de la segunda hija en común. "Me propuso mudarnos a otra provincia, más cerca de su trabajo y más lejos de mi entorno. Dejé mi empleo y mis sueños se diluyeron por completo. Apenas me quedaba la ilusión de graduarme en música y composición, algo que seguí estudiando de forma online en un último intento de aferrarme a mí misma. Mientras tanto, los insultos, las broncas y los golpes aumentaban, al igual que su control: desde cámaras de seguridad en casa hasta censurar las emisoras de radio que podíamos escuchar. Todo estaba mal; hasta el simple hecho de respirar parecía molestarle", explica.
Después de esa mudanza llegó un traslado más, esta vez de país. Un destino desconocido para la víctima, todavía más aislado y con un idioma nuevo. "Allí, todo empeoró. Ya no figuraba ni en la cuenta bancaria, y sus episodios de violencia eran casi diarios. Una vez, durante una discusión, casi caigo por la ventana mientras él me empujaba. Esa imagen aún me persigue", relata.

Violencia de género / LNE
Los servicios sociales de su nueva residencia y el centro asesor de la mujer en España fueron su primer atisbo de luz en un túnel que llevaba años sumido en la oscuridad. "El colegio de una de nuestras hijas alertó a los servicios sociales del país donde vivíamos, lo que inició una investigación que abrió mis ojos. Durante unas vacaciones en España, acudí al centro asesor de la mujer, donde me ofrecieron apoyo psicológico y legal. Me ayudaron a ver la realidad: lo que yo creía que era amor, no lo era. Con su ayuda, decidí quedarme en España con mis hijas, autorizada por el juzgado, e iniciar un nuevo camino".
Durante una discusión, casi caigo por la ventana mientras él me empujaba. Esa imagen aún me persigue.
El programa Género Ctrl+Z del CISE (Centro de Iniciativas Solidaridad y Empleo) fue su salvavidas y una de las herramientas para reconstruir su vida y ayudar a otras víctimas que como ella, luchan por salir de esa espiral de violencia. "Junto a otras mujeres, entendí por qué había permitido esa relación y aprendí a trazar una nueva línea en mi vida. Nos empoderamos, dejamos atrás el aislamiento y la culpa, y ahora damos talleres para adolescentes, ayudándoles a prevenir y reconocer la violencia", indica.
Sin embargo, a pesar de que esas duras memorias quedan lejos, dejar atrás esa difícil etapa ahí no ha sido fácil. Largos y dolorosos procesos judiciales y en ocasiones, sentirse desprotegida por un sistema que no siempre entiende la complejidad del maltrato, han sido algunas de las piedras en el camino que. "Lo más importante es que he aprendido que de la violencia se puede salir. Es posible sanar, reconstruirse y romper con los patrones que no queremos que nuestras hijas repitan. Hoy soy más fuerte, y aunque aún queda mucho por hacer, quiero decirle a cualquier mujer que esté pasando por esto: no estás sola. Es posible salir y empezar de nuevo".
Con una nueva vida en construcción, agradece a todos los que han formado parte de ese proceso de recuperación. "Gracias al centro asesor de la mujer, al CISE, y a todas las personas que estuvieron a mi lado en los momentos más oscuros. Mi vida no es perfecta, pero ahora es mía, y eso es lo más valioso que tengo. Porque al final, somos más fuertes de lo que creemos, y la vida que merecemos está esperando del otro lado", concluye.
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