La memoria de la bandera de Asturias: ¿qué se sabe del origen de nuestra tan reivindicada enseña?
El estandarte del Principado fue propuesto por Jovellanos en 1794 y hay varios testimonios que acreditan su existencia y uso hasta la década de los años 70 del siglo pasado, cuando se reivindica y recrea la enseña que se hizo oficial

Fotografía de un acto en el Centro Asturiano de La Habana (Cuba) a principios de la década de los 40 del siglo pasado, publicada en el diario «El Progreso» y conservada en el Muséu del Pueblu d’Asturies. En ella se aprecian la bandera cubana y una asturiana.
Cuando el asturianismo moderno populariza (con gran éxito) la bandera asturiana actualmente oficial en la década de 1970, se produce un fenómeno curioso: los impulsores son conscientes de estar recuperando un símbolo tradicional, pero —al mismo tiempo— son víctimas de la misma desmemoria histórica contra la que están luchando. Por ello, parte de la generación de jóvenes asturianistas que reivindican la bandera, a la que llaman asturina, piensa que está creando, o al menos recreando, la bandera asturiana. Así, se genera una suerte de leyenda urbana según la cual algunas personas "recuerdan" (con versiones que difieren) cuándo, dónde, cómo e incluso quién "inventó" una bandera que, en realidad, se había usado durante casi dos siglos.
A finales del siglo XVIII, en 1794, Gaspar Melchor de Jovellanos escribía una carta al marqués de Camposagrado en la que le detallaba su propuesta —muy similar a la actual— de bandera para el recientemente creado Regimiento de Nobles de Asturias. Es muy probable que el levantamiento contra los franceses del 25 de mayo de 1808 consolidara la bandera azul y amarilla como estandarte asturiano. Por ello, durante el siglo XIX encontramos un buen número de testimonios que muestran cómo el uso y el conocimiento de la bandera eran probablemente más habituales de lo que su limitado uso durante la Restauración borbónica —especialmente en sus últimas décadas— podría hacernos pensar.
Veamos algunos ejemplos. En 1852, Nicolás Castor de Caunedo escribía Rui Pérez de Avilés, un drama histórico en el que, en uno de los pasajes, un personaje avista un barco en el horizonte y exclama: "Cruz de oro en campo azul flota en el mástil. Es la bandera de Asturias".
Unos años después, en 1858, se presenta el proyecto de restauración del santuario de Covadonga, en cuyo articulado leemos que en la boca de la cueva debe haber un corredor que represente el castillo de Pelayo y "en él debe ondear siempre la bandera azul con la Cruz de la Victoria de oro, enseña de Pelayo y de Asturias".
Otro de los testimonios más interesantes de esta época es la adaptación de la bandera por parte del republicanismo federal en 1873. Según la prensa del momento —así lo recoge el imprescindible trabajo de Sergio Sánchez Collantes "El pueblo a escena" (2019)—, tras la proclamación de la Primera República, en el balcón de la casa consistorial de Oviedo se colgó una bandera asturiana creada ad hoc para el momento histórico: la enseña era roja e incluía sobre campo azul "la cruz de Pelayo". Félix Aramburu, el futuro rector que acabaría siendo un defensor del régimen unitario, fue uno de los oradores que habló desde el balcón como joven líder federalista.
El 27 de marzo de 1881, ya durante la Restauración, la sociedad asturiana se moviliza masivamente contra los retrasos en las infraestructuras ferroviarias con una manifestación que se convirtió en un acto con omnipresencia de los símbolos asturianos, entre los que destacó, según las crónicas, el "estandarte de Asturias" y "los colores de Asturias, azul y amarillo". Este es el primer testimonio (que conocemos) del uso de los símbolos y colores de Asturias en un acto abiertamente político y reivindicativo, que acabó convirtiéndose en un alegato autonomista.
Además, desde la supresión de la Junta General en 1835, el escudo azul con la cruz amarilla pasa a ser el símbolo usado por la Diputación, que lo mantendrá hasta su desaparición en 1982, y cuyo uso contribuirá a su consolidación como escudo de Asturias.
Ausencia y reivindicación de la bandera asturiana en el siglo XX
No obstante, en los actos conmemorativos celebrados en 1908 con motivo del centenario del levantamiento de 1808, llama la atención que no se hagan referencias a la bandera asturiana. Ha cambiado el contexto político: tras el Desastre del 98, y en un clima de agitación social y territorial, la difusión de la bandera española se convierte en un elemento capital del programa de reforzamiento del patriotismo español y del arrinconamiento del patriotismo "regional", que puede —entienden los gestores de la monarquía unitaria— derivar en la aparición de nacionalismos asociados a lenguas y banderas.
Además, 1908 es un año especialmente sensible porque está en marcha una "guerra de banderas", en la que republicanos y catalanistas cuestionan determinados usos de la bandera española. En enero de ese año, la mayoría republicana en el Ayuntamiento de Barcelona se niega a que ondee la bandera bicolor con motivo de la onomástica del rey, y el Gobierno responde con un decreto que establece la obligatoriedad de que la enseña se ice en todos los edificios públicos los días de fiesta.
Unos años después, en 1915, se regulariza también su uso en embajadas, consulados y centros de emigrantes, donde se prohíbe que ondeen banderas "regionales" si no se acompañan de la española, en una medida tomada como respuesta a las prácticas de varios centros catalanes en Cuba y Argentina.
Pero sabemos que la bandera asturiana siguió usándose. Por ejemplo, en 1917, la Diputación —en medio de una olvidada efervescencia autonomista en Asturias— aprueba que la bandera asturiana ondee también en su balcón. Hay también referencias al uso de la bandera en actos no oficiales, como en 1913, cuando la tuna Jovellanos visita Zaragoza llevando la bandera asturiana o en las procesiones de la Virgen de la Riégala organizadas por el Padre Galo (quien dedicó varios poemas a "la azulesta bandera") durante la década de 1930.
El principal defensor del uso de la bandera durante los primeros años del siglo XX fue el vizconde de Campogrande, uno de los autores de la Doctrina asturianista, el primer documento político conocido hoy en el que se pide el uso oficial de la enseña asturiana, azul y amarilla. El vizconde reivindicó también su uso en distintos artículos y discursos durante los años posteriores: en 1917 reclama el cumplimiento del acuerdo de la Diputación porque no "ha de faltar en la Diputación de Asturias la bandera asturiana, la del propio país", y pide el uso de este símbolo igual que hacen "otras regiones que tanto estiman la suya", aunque "no más históricas ni de más vida que la asturiana".
Aún en febrero de 1923, por iniciativa del vizconde, la bandera azul y amarilla ondea en el Teatro Jovellanos de Xixón con motivo de la fiesta de la poesía asturiana. Pero en septiembre de ese mismo año, Primo de Rivera da un golpe de Estado y, en una resolución pensada específicamente para Cataluña, prohíbe que en los ayuntamientos y en las instituciones oficiales "sea izada la bandera regional, porque la española las comprende a todas". En un desplazamiento a Asturias en 1924, el propio dictador dirige a los presentes unas palabras en las que afirma que "no habrá más Patria que España ni más bandera que la española".
El uso de la bandera nunca se recuperó en contextos oficiales, tampoco durante la Segunda República. Pero como ejemplo de la pervivencia de su uso, valga la imagen del periódico cubano "El Progreso", conservada en el Muséu del Pueblu d’Asturies, en la que pueden observarse las banderas asturiana y cubana en un acto celebrado a comienzos de la década de 1940 en el Centro Asturiano de La Habana, con motivo del aniversario de su fundación, muchos años antes de los diseños de Conceyu Bable con los que se recuperó la memoria de un símbolo histórico.
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