Donde hoy está el hotel de la Reconquista, antes había "un lugar de penas": toda la historia del Hospicio Real de Asturias (con sus luces y sombras)
Fundado por Gil de Jaz en 1752, fue ejemplo porque el gobernador de la región legisló sobre la responsabilidad administrativa y económica del varón, fuese casado o soltero

Valentina López, última hospiciana de Oviedo, junto al autor del artículo.
"Claro, estábamos en el sótano. Y a lo mejor estábamos en el campo, ahí en el parque ese. Y venían los aviones… y teníamos que echar a correr para el sótano, para escondernos allí en el sótano ¿no? Pero fíjate tú que, en los tejados de la residencia, del hospicio, había un letrero allí de que había mil niños. Y bombardeaban igual. Y tiraban bombas igual. Claro. Tocaban igual".
Valentina López, fue niña del hospicio y pasó parte de su vida en lo que hoy es hotel de la Reconquista; contestaba ella —que falleció hace años con 92 cumplidos— cuando le decía que era un hotel de lujo: "No, no. Ese es un lugar de penas".
Muchos desconocen las historias que cuentan las columnas pétreas del edificio, un alma y muchas historias que contar.
El Hospicio se fundó por el Gobernador de Asturias, Gil de Jaz, en 1752, y perduró en el tiempo, con gran dificultad, hasta 1965. Hablaba Valentina de la Guerra Civil, de los castigos que recibían por incumplir las normas; recordaba con risa pícara sus escapadas para ver al "mozo" que le hacía tilín. Por esto, la encerraban a la vuelta un día en un cuarto, con sólo un caldero para hacer sus cosas, sin comer y al día siguiente a cuidar a los niños huérfanos del hospicio.
Lo que no sabía Valentina es que, durante la guerra de hermano contra hermano entre españoles, los libros de registro de entrada de niños y niñas permanecieron sin anotación alguna hasta 1945… rara circunstancia ¿verdad?

Libro con fotos de niños del Hospicio / .
No todo fue malo en nuestro hospicio asturiano. Gil de Jaz, formuló unas Ordenanzas que fueron laboratorio normativo de las Leyes que vendrían respecto al Derecho de la mujer. Reglamentó entre otras cosas que existiese una Sala Secreta de Maternidad, donde las mujeres podían dar a luz en secreto, con su identidad oculta, y que suponía un adelanto en la España de la Inquisición y el relato patriarcal.
La mujer era débil por naturaleza, y esa debilidad mental hacía que fuese violada, ultrajada o se viese preñada por hombres solteros y también casados. Muchos documentos relatan estos hechos, como, por ejemplo, una señora de una gran casa ovetense que llevaba a su criada preñada—por el señor de la casa— y por esta debilidad mental de la mujer.
La vida en la sala fue dura; encerradas permanecían durante meses, y las anotaciones de suicidios son numerosos en los documentos custodiados en el Archivo Histórico de Asturias.
Gil de Jaz, de esta manera, intentaba reducir los abortos, los linchamientos, las muertes que sufrían ellas por traer vida al mundo, por amar y por ser sensibles. No veamos estos hechos desde el presentismo, no era nuestra era y, por suerte, mucho hemos cambiado: una mujer embarazada en pecado era una deshonra para la familia, un problema, una carga; por eso las cifras de niñas abandonadas en los hospicios siempre fue superior al de niños varones.

Vista aérea del Hospicio de Asturias, hoy hotel Reconquista. / MUSÉU DEL PUEBLU DE ASTURIES
También legisló el Gobernador de Asturias sobre la responsabilidad del varón en el embarazo de la mujer. Hizo a estos—ya fuesen casados o solteros—responsables de sus actos tanto en lo administrativo como en lo económico.
El Hospicio Real de Asturias, fue ejemplo del Reino, y anticipó estas normas que daban luz a momentos tan oscuros. Ni el hospicio de Madrid, ni el de Zaragoza (fundados con anterioridad) regulaban ninguna de estas figuras legales; otros territorios fueron durante años castigo para las mujeres que sufrían esta peste mental, sí, así denominaban en el Puerto de Santa María (1789), a la enfermedad que traían las mujeres por el mero hecho de ejercer la prostitución. Las Ordenanzas de este centro de reclusión de mujeres, incluían este tipo de comentarios que hoy nos parecen imposibles: "para pulgar La República separar de la vista del trato y comercio de las gentes unas miserables personas que por palabras acciones y movimientos corrompen las costumbres distraen y pervierten a la juventud… Apartándolas de la perdición se les pone en camino verdadero para su felicidad eterna y temporal se les enseña la doctrina de los Santos misterios de nuestra religión...".
Entre muros altos y enrejados, las mujeres eran recibidas en la institución, donde las desnudaban y se les hacía vestir ropa de la casa para permanecer recluidas. La celadora que era la encargada de vigilar a las recluidas tenía el sobrenombre de "Teniente"; estaba siempre para dirigirlas y reprenderlas cuando fuera oportuno, y su voz y orden tendrían que ser obedecidas sin réplicas. La misma celadora cerraba con llave el lugar donde estaban las recluidas y las vigilaba por una ventana con una reja que la separaba de las mismas, y debían estar en silencio hasta la hora de levantarse.
La celadora llevaba siempre consigo un "rebenque", es decir, un instrumento de castigo a la vista; las penas para el régimen interno iban desde habitación cerrada grillos, cadenas, esposas, mordazas, cepos y todas las llaves en manos de las celadoras. A la que blasfemara la primera vez se le pondría una mordaza 24 horas; la segunda vez, cuatro días y la tercera, diez días de mordaza.
Tantas y tantas historias encerradas y condensadas en los hospicios. Hoy, un monumento a la maternidad a los niños y niñas abandonados, a los que hicieron de la beneficencia su modo de vida, permanece cerca del hotel de los Premios Princesa de Asturias, para recordarnos lo que fuimos y lo difícil que fue llegar a lo que somos. Iniciativa que parte de descendientes de hospicianos, de investigadores, de historiadores, políticos, y hecha realidad después de 273 años ¡Ya era hora!
Relatos que cruzan el charco, que nos hermanan con América; allá en el Perú, Marta Iparraguirre -nieta de hospiciana asturiana- cuenta cómo su abuela le hablaba de Asturias, de su paso por el hospicio, no de penas, sino de sentir la vida; de respirar sintiendo que la vida debe ser un refugio y no un precipicio, nuestra sombra fresca en el desierto:
"Mi abuela Carmen, decía que le dijeron que no podían decirle quien era su mamá porque era un secreto de confesión; aprendí a observar que en su mirada había mucho más. Desde niña sentí la necesidad de buscar las respuestas que mi abuela buscaba, seguiré con gratitud haciéndolo por todo el amor que recibí de ella… Es en este momento que los sesenta canarios que cuidaba mi abuela vuelven a cantar juntos como aquella madrugada que partió al Cielo, Cielo que no entiende de orígenes, nacionalidades… y que sólo quiere querer".
Cuantos secretos, cuantas historias guardan los hospicios. Historias de Cangas, de Tineo, Pesoz, Degaña, Aller, Ibias, Llanes, Mieres, Langreo… de toda Asturias. Cuánto cariño perdido en vivencias crueles de tiempos convulsos, cuánto queda por contar y más por aprender.
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