Emocionante y vitalista funeral por el escritor Javier García Rodríguez
El vallisoletano, que arraigó en Asturias hace años, fue despedido por familia, amigos, alumnos y viejos conocidos agradecidos por haber tenido la suerte de conocerlo

Mauri Paniagua oficia la misa de funeral por Javier García Rodríguez, asistido por Antonio González; a los pies del altar, junto a las cenizas del escritor, su guitarra, sus libros y su pingüino de peluche. / Miki López

A Claudia García Morán su padre le enseñó "a leer el mundo" valiéndose de las cosas que él amaba, la literatura y la música. Claudia reconoce ser la causante de muchos de "sus dolores de cabeza literarios", porque para ella y para contestar sus preguntas escribió varios libros. Admitió también que fue su progenitor quien se empeñó en matricularla en la Escuela Municipal de Música, en Oviedo, para que aprendiera a tocar la flauta. Ahora, se lamentó Claudia, "aquellas conversaciones interminables que forjaron nuestra casa han desaparecido" para siempre y lo que queda es un "gracias profundo, del tamaño de una vida entera".
Claudia, la única hija del escritor Javier García Rodríguez, lo recordó así ayer, en su funeral en la iglesia de la Fundación Masaveu, en Oviedo, y lo retrató como "un soñador", que "nunca dejó de aprender y de asombrarse", que se reía "a carcajada viva" y cuya forma de amar era "acompañar".
Quedo claro, durante la celebración, que Javier García Rodríguez permanecerá vivo en la memoria de quienes lo conocieron por muchas y buenas razones. Como escritor, por poemarios como "Los mapas falsos", "Estaciones" y "Qué ves en la noche" , por relatos como "Barra americana" y "La mano izquierda es la que mata" y por textos infantiles, algunos inspirados por su hija, como "Un pingüino en Gulpiyuri". El peluche que dio pie a ese cuento permaneció ayer a los pies del altar, junto a la urna con sus cenizas, algunos de sus libros y su guitarra.

Los asistentes a la celebración religiosa en la iglesia de la Fundación Masaveu, en Oviedo, con la familia en primera fila. / MIKI LÓPEZ
Otros seguirán hablando de él por su aportación a la cultura en Asturias, desde el Aula de Poesía de la Universidad de Oviedo, en la dirección de la Cátedra Leonard Cohen o como programador del ciclo "Palabra" en el Centro Niemeyer.
Sus alumnos en la Universidad de Oviedo, donde era catedrático de Teoría de la Literatura, echarán de menos al maestro. Muchos acompañaron ayer a la familia y con ellos gente de los círculos universitarios y culturales regionales.
Llegaron también parientes y antiguos amigos desde Valladolid, su ciudad natal. Allí lo conoció el salesiano Mauri Paniagua, en la parroquia y el centro cultural del barrio de Los Pajarillos, donde creció Javier. Ayer Paniagua se vio en el trance de oficiar su funeral y varias veces tuvo que callar y volver a empezar, porque la pena se le agarraba a la garganta. Aguantó el tirón, de sobra para evocar al chaval "disfrutón" que en los años 70, en un barrio difícil, castigado por la droga, tocaba por las verbenas con sus amigos, con un grupo que, con buen humor, llamaron "Metadona".
Tampoco creía que tendría voz para agradecer el cariño y el aliento recibido durante estos días su viuda, María José Morán de Diego, pero la recobró al lado de su hija, y para despedir al marido y al padre tomó sus propios versos, de una elegía de su poemario "Estaciones".
Javier García Rodríguez publicó el pasado 23 de octubre su último artículo en Prensa Ibérica, el grupo de comunicación al que pertenece LA NUEVA ESPAÑA. Se titula "Los suecos sí que saben", contiene algunas reflexiones sobre los premios literarios y se reproduce bajo estas líneas. Es la última entrega de su columna "Periféricos y consumibles", que se publicaba en el suplemento cultural "Abril" y que, con su muerte, ha terminado abruptamente
Los suecos sí que saben
Javier García Rodríguez
No quiero más hojas por ahora que las que vienen atadas al ciclo de la naturaleza. Quedan por ahí (¡benditos encargos que nos mantienen alerta!) un par de gustosos compromisos. Me he venido a ver árboles y arbustos. A vigilar a un gato silvestre. A recoger los últimos tomates de la temporada. A recibir, en fin, al decoroso otoño con su sol clandestino y sus colores discretos. Nunca vino el otoño con afán de protagonismo.
Insisten las redes en noticias literarias que habrían de ser de mi incumbencia. Pero que pasan a mi lado sin dejar la menor huella. Ni quién ha ganado el Premio Nacional de Narrativa. Ni quién se ha hecho con el Premio Nobel de Literatura. Ni qué nuevo es ese género de la "dark academy". Nada tengo en contra de los jurados. Ni de las narrativas. Los nuevos géneros o subgéneros que se inventan en oficinas alicatadas hasta el techo son siempre una agradable sorpresa ante el erial en el que pastan los broncos eruditos. Y los suecos sí que saben.
Ellos aciertan siempre con su ganador imprevisible. Tanto con su armario panelado de fácil montaje como con el ignoto escritor que recibirá el millón de euros aproximadamente del legado de don Alfred. Fallaron de nuevo los pronósticos y los videntes porque iban por donde va la gente. Vuelven a sus cuartos oscuros o a sus oficinas bien ventiladas de edificios lustrosos los lobistas que auguraban nombres más o menos exóticos, autoras boreales, autores con pedigrí pero sin ventas apenas, latinos airados, poetas con voces apenas audibles, silenciosos representantes de lenguas minoritarias.
Es hora de volver al armario panelado. Los suecos nos esperan. Nos han hecho un hueco en sus estanterías precisas bien vestiditas con telas resistentes y lazos ad hoc. Lo demás serán esas hojas volanderas que amenazan con hundirnos bajo su peso. No descartemos un nuevo modelo para tiempos oscuros. Que las nuevas hojas vengan livianas, si es posible. Andamos decidiendo qué premio merecemos. No se trata de ser avariciosos pero que nadie se quede con lo nuestro.
Hemos llegado hasta aquí contra viento y marea. Mareados un poco por los vaivenes que no nos esperábamos. Déjennos la pedrea, señores del sorteo. Algunas pocas páginas que digan lo que somos. Otras que nos obliguen a pensarnos con pellizco incorporado. Alguna más que nos haga reír hasta olvidarnos de todas las desgracias. Un párrafo, quizás, que guardaremos en la memoria para siempre. Literatura, en fin, se llame como se llame. Y que los suecos nos bendigan.
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