Pedro de Silva, expresidente de Asturias, presenta sus "memorias dialogadas": "Soy estoico; no tengo esqueletos en el armario ni sentimiento de culpa"
"Lo que queda a la espalda" son las "memorias dialogadas" de Pedro de Silva con el periodista César Iglesias. Un volumen de casi mil páginas que pone de largo con una doble presentación. Los dos autores estarán hoy en Gijón, a las 19 horas, en la Fundación Cajastur, acompañados por Juan Carlos Gea, y el martes 25 de noviembre hablarán en el Club La Nueva España, a las 19.30 horas, junto a Pablo Batalla Cueto

Pedro de Silva, ayer, en su domicilio de Gijón, con un volumen de sus memorias. / ÁNGEL GONZÁLEZ

El expresidente del gobierno asturiano Pedro de Silva (Gijón, 1945) acaba de culminar lo que más que autobiografía conversada califica aquí como "volumen de un tiempo".
"Lo que queda a la espalda. Unas memorias de Pedro de Silva dialogadas con César Iglesias" (Trea) son casi mil páginas fruto de dos años y medio de trabajo que pintan, desde la memoria vital y política del abogado y escritor gijonés, la Asturias del último medio siglo.
¿Cómo ha llegado a los ochenta años?
De momento, vivo. Me cuido bastante.
Y con unas memorias profusas. ¿Qué ha descubierto al repasar su vida con tanto detalle?
Ha sido una experiencia de desandarse de verdad, tirando no solo de tus recuerdos. Además de la memoria física, tengo bastante buena memoria hemerográfica. Muchos recortes y documentos de un tiempo determinado, en especial de la etapa en Presidencia. La mayor parte del libro está basada en esa documentación. Tengo carpetas por todas partes, cierto síndrome de Diógenes que forma parte de las discusiones recurrentes con mi mujer, que no padece ese síndrome. Todos esos documentos te dan elementos referenciales para tu memoria, y descubres que la memoria siempre es algo traicionera, que tu tienes una idea de lo que pasó y al comprobarlo te das cuentas de que muchas partes de esa memoria habían sido descabaladas por el tiempo. Por eso es una especie de reconstrucción que, incluso si no se hubiera publicado, no sería tiempo perdido.
¿Sale bien parado de su propio examen?
No tengo esqueletos en el armario. Aunque ya lo sabía. Soy estoico, no tengo sentimiento de culpa o, más bien, no tengo justificación para tenerlo. En el libro salgo bien.
Se ofrece un orden cronológico ¿También trabajó así con César Iglesias?
Sí, era lo más funcional. Había un guión básico en las conversaciones que íbamos completando con otros temas. Cuando teníamos conversaciones suficientes se concretaban las preguntas definitivas por correo electrónico y yo las contestaba. Así fue. Con algunas premisas, como que podía preguntarme cualquier cosa y yo le iba a contestar. Desde el primer día le dije, aunque no hacía falta porque es un periodista de raza, que era importante que mantuviera la agudeza en las preguntas. Sino hubiera sido una representación teatral, y no se trataba de eso. A veces nos fajamos en discusiones que están más o menos reflejadas. Y así fuimos agotando los temas referidos a mi vida, a la dimensión política e intelectual. Pero toda esa columna vertebral se fue rodeando de los sucesos de aquel tiempo y sus personajes. Al final, a pesar de que yo sea el hilo conductor, se habla mucho más de ese entorno que del propio protagonista. Y ese era el propósito, reconstruir el volumen de un tiempo.
¿Hasta qué punto tuvo en cuenta qué pensarían esas personas al verse retratadas?
Si te cohibes no estás construyendo una crónica, y puede que muchos piensen que no están bien reflejados. Pero no creo que haya lugar. Porque me propuse tratar de ver la parte más positiva de cada persona. Aquello en lo que hayan contribuido a la mejora de las cosas, lo que hayan aportado. No he gozado ni un segundo del supuesto placer de hablar mal de los demás.
Habrá alguna crítica.
Las mayores las centro en algunos políticos de mi tiempo que pertenecen a mi propio partido político. Soy muy crítico con la política de Felipe González y con la política autonómica desarrollada por sus gobiernos, valorando también los aspectos positivos que ha tenido. Son críticas consistentes y serias, sin ningún ánimo hiriente. Para dar cuenta de un tiempo los ajustes de cuenta son perturbadores, pueden contaminar y estropear el relato.
¿En esta revisión de estos años, piensa que hubo oportunidades perdidas para Asturias qué lamenta de lo que pudo ser y no llegó a ser?
¿Qué es Asturias? Asturias es una abstracción. Por nuestra parte hay cosas que se podían haber hecho mejor. Yo me presenté en política autonómica con un programa elaborado largamente, que opera a partir de la constatación muy materialista de la situación crítica de la región. Es un programa que se identifica en el regionalismo asturiano en el discurso de investidura. Ese programa es el que logro que apoye el PSOE, con el que me contratan, y tengo la sensación de que es mi única fortaleza.
¿Por qué?
Porque ni era líder en el PSOE ni he tenido nunca una posición de liderazgo político en el partido. En cierto modo he hecho política en solitario. Naturalmente, siempre tuve apoyos de la gente que creía en mi programa y la forma de llevarlo a cabo. Pero mi fortaleza es que era coherente y se ajustaba a las condiciones materiales de la región. Hay que citar el apoyo de Jesús Sanjurjo, secretario general de la primera legislatura y parte de la segunda. Y luego he tenido un apoyo menos permanente de los sindicados. En la primera del sindicato minero y en la segunda del sindicato del metal.
¿Y los lamentos?
Lamento que en política de infraestructuras no haya sido capaz de convencer a los políticos y a los asturianos de establecer una prioridad ferroviaria en el corredor del Cantábrico. Viendo el mapa ferroviario, el vacío de comunicaciones que se produce en la cornisa es incomprensible. Es una de las cuestiones que defendí infructuosamente y tuve que retirarlo. Hay muchos aspectos, porque un programa nunca lo cumples, lo cumples hasta donde puedas. Pero tengo una idea bastante satisfactoria del cumplimiento de aquel proyecto, gracias a que fue apoyado por mi partido y por los sindicatos. Y creo que la FSA, en todo caso, ha sido enormemente generosa conmigo.
¿Algo más?
También lamento no haber logrado convencer a los asturianos de la fortaleza que tiene la historia de Asturias. Debería estar en primera línea de cualquier planteamiento regionalista, del que también forman parte la cultura, la lengua, claro. Pero la historia tiene una fortaleza inigualable.
¿Y su legado, los que vinieron después?
No creo haber hecho a lo largo de todo este tiempo ninguna crítica a otros gobernantes regionales, no es el papel de un expresidente. Sí hay muchas líneas que tuvieron su desarrollo. Algo que se cuenta de forma recurrente, el turismo y el "Paraíso Natural". Cuando planteamos aquello Asturias no era un paraíso natural. Podría serlo, pero las aguas del Nalón y del Caudal bajaban negras, era una pasta. La contaminación atmosférica era atroz. No había espacios protegidos, salvo Muniellos y una parte de Picos de Europa. Hoy sigue sin ser un paraíso natural, pero en el Nalón y el Caudal se pesca. Y la contaminación está mucho más contenida. Otro reto que había era crear un gran hospital central. No se hizo en mis tiempos, pero se dieron los pasos para su diseño. Cuando yo me voy, aquel proyecto, que debe mucho a mi socio Juan Luis Rodríguez Vigil, estaba iniciado, pero no se construirá hasta la época de Vicente Álvarez Areces.
También se mira en la imagen que proyectó en los otros.
¿Por ejemplo?
Habla aquí de "El Asomáu", como le llamaban por aquella barba
Es un asunto anecdótico, pero efectivamente, el aspecto que ofrecía físicamente el presidente del Principado era bastante chocante, y los consejos sabios de Ramiro Fernández me hicieron cambiar. De todas formas me parece un mote lleno de ingenio, que está todavía entre algunos asturianos, hasta el punto de que cuando tengo algún acto con hechuras de rigidez yo lo utilizo y la gente se ríe. Y me parece bien. Incluso algunos al encontrarme hoy me dicen: "ah, te has dejado bigote". En realidad me lo dejé hace 40 años, pero aquella rara imagen de Capitán Ahab con sotabarba un tanto marinera, impactó.
En todo caso, ese aspecto chocante también era un símbolo. ¿No?
En aquellos primeros tiempos era bastante voluntarista.
¿En qué sentido?
En el sentido de aquel que a la hora de plasmar una idea no tiene en cuenta todas las cuestiones materiales para hacerlo posible y se acaba estrellando. Yo era así, pero también he pensado que sin ese voluntarismo no hubieran arrancado muchas cosas. Nunca medí bien las consecuencias que podía tener el fracaso. Siempre pensé que había que intentarlo, y hago referencia a muchos fracasos que he tenido, pero creo que el miedo al fracaso empequeñece la acción política, le corta las alas antes de tiempo. Aquel voluntarismo posiblemente fuera benéfico aunque hoy me plantee cómo me metí en esos líos. Un buen consejero, viéndome una vez en un proyecto con pocas condiciones de viabilidad, me dijo que me ponía yo mismo la soga en que podía acabar ahorcado. No le faltaba razón.
¿Cómo ha hecho para mantener la jovialidad, cierto aire de rebeldía juvenil, después de ochenta años?
Clint Eastwood es un poco mayor que yo y ante la misma pregunta decía que era porque no dejaba entrar al viejo dentro. Yo creo que, más importante, todavía, es no dejar salir al niño con su gusto por las travesuras. Y al joven con su afán su curiosidad, de hacer cosas sin pensarlas. Yo lo he cuidado siempre bastante, es un pequeño tesoro al alcance de cualquiera.
¿Qué piensa ahora de sus mayores?
He adorado siempre a mis padres, que eran muy distintos. He adorado siempre la sensibilidad y un pequeño espíritu aventurero de mi madre y una cierta disposición al humor. He adorado, venerado y lo sigo haciendo la entereza, la honradez, el espíritu de trabajo, la responsabilidad y también la generosidad hacia los demás de mi padre. Ni de uno ni de otro tuve la oportunidad de heredar un solo gramo de clasismo, porque no lo había en ellos.
¿El afán literario de dónde sale?
Había una tradición antigua por la poesía que llega hasta mi madre. Pero hay una búsqueda personal. Mi primer contacto con la poesía fue un poema a la virgen en el colegio recitado ante mil colegiales. No he vuelto a tener un público tan numeroso. Luego hay un momento en que empecé a escribir en los periódicos y que culmina en los 31 años que llevo escribiendo mi suelto en LA NUEVA ESPAÑA, donde está una parte muy importante de mi pensamiento.
Pero ha cultivado todo tipo de géneros.
Después de la poesía lo primero es una obra de teatro que fue censurada, se publicaría muchos años más tarde y se sigue sin representar. Tardé tiempo en encontrar el camino de la novela, he hecho ensayo, he desarrollado una dispersión de géneros que desde el punto de vista de la imagen de escritor es un pésimo negocio. Y dentro de los géneros tampoco me he centrado, porque he hecho novela negra, erótica, costumbrista.
Un polígrafo gijonés
Sí, he terminado siendo un polígrafo gijonés. Y no en calidad, pero sí en dispersión de géneros, el abanico que ocupo es mayor incluso que el del polígrafo gijonés por antonomasia. Él nunca hizo literatura erótica.
Que se sepa.
Conocemos lo que conocemos de Jovellanos. Y es interesante en este libro las conversaciones que mantenemos sobre Jovellanos y sobre Clarín. Distantes en el tiempo y muy distintos, uno y otro acaban configurando el espíritu de dos ciudades, pero son los padres de la línea más caracterizadora del pensamiento político asturiano, de su genio político, que es el reformismo transformador.
Al final, usted ha seguido aquí, vecino de Gijón y en Asturias. ¿Nunca quiso irse?
En el 83 soy secretario general del Grupo Parlamentario Socialista, estaba en la Corte de lleno con claras expectativas de tener allí una vida política. Pero cuando me plantean mi regreso no lo pensé ni un momento. Y cuando me reintegro a la vida profesional como abogado me llegan insinuaciones de algunos despachos importantes de Madrid , pero no me planteo otra cosa que volver al pequeño despacho familiar del que había formado parte antes. ¿Es una virtud, es un defecto? Es verdad que hay una vinculación a mi ciudad y a mi tierra. Quizá no sentí la imantación de Madrid, de la Corte. Lo que eres, al final, es lo que has acabado haciendo con tu vida.
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