La escritora Marta Robles publica novela: "Cuando las mujeres hablamos somos capaces de cambiar el mundo"
La autora de "Amada Carlota" sitúa parte de su nueva obra en la tierra asturiana, que admira, inspirándose en un caso real y con la belleza del paisaje como contrapunto luminoso para una historia oscura

Marta Robles. | JORGE PINTADO

Asturias es un personaje más en "Amada Carlota", la nueva novela de Marta Robles. Un territorio de verdor, verdad, memoria y secretos donde late el corazón de una historia que entrelaza tres tiempos narrativos para denunciar el silencio impuesto a las mujeres y la perpetuación del abuso. Robles sitúa parte esencial de la investigación en el Principado inspirándose en un caso real y utilizando la belleza del paisaje como contrapunto luminoso para una historia oscura.
Entrelaza tres tiempos narrativos y dos voces femeninas marcadas por el abuso y el silencio...
Comienza con una escena definitiva, en 1985, cuando una adolescente de 16 años llega en avanzado estado de gestación, en un coche privado , a una clínica clandestina ubicada en algún lugar indeterminado de Asturias, donde alumbra a un bebe que, pocos minutos después, le retiran del regazo y no vuelve a ver nunca más; luego viaja al presente que sitúo en 2018 (quería que fuera antes de la pandemia, para que no me condicionara la acción), donde se encuentran el detective Roures y la jueza Carlota Aguado, y hay un tercer espacio temporal que va desde finales de los 60, en plena dictadura franquista y va avanzando hasta el presente.
El personaje de Tony Roures siente que este caso "le concierne personal y moralmente".
Los dos casos que se entrelazan en esta novela tocan muy directamente al detective Roures. El primero, el de los bebes robados, además de por lo que le repugnan las justificaciones supremacistas ideológicas y morales que son el germen del delito, porque atañe a la jueza Carlota Aguado, que es la mujer a la que ama; y el segundo, donde vamos a encontrar a un profesor abusando de sus alumnas, porque apela a su sentido de la justicia, y su odio cerval a los abusones, a quienes utilizan su poder sobre los que tienen ascendencia, aprovechando su confianza en ellos… Y también porque va a poner en un serio peligro a una persona también muy cercana a él. Fue fácil trabajar esa evolución interna por la que me preguntas; ir mostrando como lo que iba descubriendo el detective le encogía el corazón y dejaba sus sentimientos al descubierto. Un tipo duro mostrando sus sentimientos… Eso siempre supone un riesgo añadido.
¿Cómo logró equilibrar el realismo lacerante con la necesidad de no herir en exceso al lector?
Creo que la única manera de equilibrar el realismo del dolor con las heridas que puede llegar a provocar en una novela es el lenguaje. Aun así, los asuntos dolorosos deben doler, conmover, conmocionar, remover los corazones muchas veces endurecidos de los lectores. Yo creo que el problema no es que duela, sino el morbo que a veces algunos escritores utilizan para incrementar la crudeza de lo que cuentan y conseguir un interés malsano, completamente innecesario.
¿Cuál es el mensaje central que quería transmitir sobre la perpetuación del abuso?
El mensaje es que cuando las mujeres hablamos somos capaces de cambiar el mundo. Que el silencio no la única opción y que la vergüenza suele estar en el lado equivocado. Hay una creencia antigua, de todos los tiempos y desgraciadamente también del nuestro, según la cual, las mujeres son buenas o malas dependiendo de su honra. Si abandonamos el camino marcado, tenemos una relación clandestina o cualquier desliz sexual o amoroso fuera del camino que se pauta para nosotras, inmediatamente somos señaladas. Lo éramos en siglos pasados (y también castigadas duramente, como lo siguen siendo en muchos países del mundo); pero es que en pleno siglo XXI, en sociedades supuestamente libres y abiertas como la nuestra, sigue ocurriendo. Si se hace público un vídeo sexual donde aparecen unos chavales, apenas pasa nada, casi les dan la enhorabuena…, si hay una chica en ellos, inmediatamente se le adjudica la palabra puta, se la señala y se la acosa, hasta tal punto que ha habido algunas que han llegado a quitarse la vida. Esa idea atraviesa la novela en las distintas épocas, entre conversaciones, viajes, acción, literatura, música y muchos asuntos inesperados.
La figura de Carlota actúa como un puente entre épocas, pero también como espejo de otras mujeres sometidas…
La jueza Carlota es una de esas mujeres poderosas, que parecen irrompibles. Una mujer intachable en su aspecto profesional, pero que, en el personal, por su propia rebeldía, se salta todas las normas. Es una de esas mujeres que no quieren seguir los caminos marcados para ellas por ser mujeres…, pero que también tiene sus debilidades, sus agujeros negros en un pasado difícil y lleno de dotor, donde ella misma ha sufrido el sometimiento en su piel, incluso más de lo que imagina. Carlota es una de esas mujeres capaces de afrontarlo todo, el recuerdo de un secreto del pasado que ella conoce, la incertidumbre y el miedo del presente, y los nuevos y dolorosos secretos que va a ir desentrañando de la mano del detective Roures. Es capaz de plantarles cara y de reconstruirse…, aunque la ayuda del detective le resulta indispensable. Carlota es la mujer que demuestra que cualquiera, la que menos sospecharíamos, puede sufrir sometimientos y abusos… Y también que cualquier es capaz de superarlos si se atreve a desafiar al silencio y habla.
Una parte fundamental de la historia se remonta a la vida de Magdalena, una joven asturiana. ¿Qué le inspiró para situar su origen en Asturias?
Me gusta especialmente Asturias. Voy todos los años desde hace unos cuantos a la Semana Negra de Gijón y me apetecía hacerle un pequeño homenaje a la ciudad, al festival literario y a mis amigos. La parte más extensa de la novela que se desarrolla en Asturias corresponde al presente, durante la investigación del detective, aunque también a un año concreto y determinante en la vida de una de las protagonistas –el de su embarazo– que vive en Llanes. Magdalena, que es la protagonista asturiana, abandona Asturias a mediados de los sesenta, siendo muy joven, tras un matrimonio de conveniencia con un veraneante madrileño de Gijón que es quien la convierte en su esposa, con la connivencia de sus padres y su resignación. La suya es una familia de pescadores característica de la posguerra, para quien la vida no era fácil y cuya precariedad sirve de justificación para que casen a la niña con un hombre de otro estrato social al que ella no ama, sin pensar en las consecuencias.
¿Hubo lugares asturianos reales que marcaran especialmente para la ambientación del libro?
Eso sí. Hace años me contaron que a una compañera mía del colegio que solía veranear en Asturias le robaron el niño tras su nacimiento allí, en una clínica clandestina; por eso quise ubicar parte de la trama en Asturias. Por eso y porque me encanta la belleza de la propia tierra y siempre me gusta situar historias oscuras en parajes luminosos empezando por ese mismo de Cabranes donde se encuentra "Amada Carlota", un restaurante (antes también hotel) japonés que el detective Roures encuentra en el proceso de su investigación y cuyo nombre es no solo el de su amada, sino también (por eso se lo ponen los dueños) el de la amada del Werther de Goethe. Visite toda esa zona y viaje de Madrid primero a Gijón (pasando por León, que también aparece en la novela) y después deambulando por toda la zona hasta llegar a Llanes. Creo que el verdor, la naturaleza, la magia de Asturias está presente en mi novela y se cuela hasta por las ventanas de los coches que la recorren en el relato.
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