La RAE homenajea a Ángel González, autor "crucial de la historia de la lírica universal"
Los académicos asturianos García de la Concha y Gutiérrez Ordóñez evocan junto a Luis Mateo Díez a un "asturianín" que engarzó "poesía y vida"

Víctor García de la Concha, a la izquierda, y Salvador Gutiérrez Ordóñez. |

La figura totémica del poeta ovetense Ángel González sobrevoló ayer la sede de la Real Academia Española durante un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento. Los académicos asturianos Víctor García de la Concha y Salvador Gutiérrez Ordóñez evocaron, junto al leonés Luis Mateo Díez, la vida y obra de un titán de las letras. El acto se completó con una charla entre Miguel Ángel Aguilar, Antonio Lucas y Jesús Munárriz, moderada por Javier Rioyo, y un recital de Paco Ortega.
Comenzó García de la Concha con un emocionado canto a la amistad "profunda" con González, aquel "asturianín" de Oviedo que llenó de "poesía, música y amistad" su obra, un creador que ponía voz y versos a los perdedores de la Guerra Civil. Y que "heredó de su madre la bondad". Alguien que aprendió a decir "no" en voz baja, "con inquebrantable terquedad", y al que De la Concha defendió en el Oviedo de la posguerra de las amenazas de los falangistas. Allí, en la capital asturiana, González descubrió, y alentó, que "poesía y vida no son necesariamente incomunicables". Escribir para él se parecía "a un orgasmo. Las palabras desencadenan una tupida red de reacciones de todo tipo".
Luz o fuego o vida: así era la poesía para González, a quien el escritor de Villablino Luis Mateo Díaz dedicó una "microantología" de poemas que enaltecen la belleza, la sensibilidad, el compromiso. El arte puro y maduro de un "poeta "crucial de la historia de la lírica universal", ese hombre que escribió que "para vivir hace falta morirse mucho".
Salvador Gutiérrez Ordóñez, por su parte, recordó que "cuando en 1970 me matriculé en la Universidad de Oviedo, no conocía ni en nombre ni en efigie a Ángel González. Sin renunciar nunca a Juan Ramón, mis lecturas desde la primera adolescencia volvían, en perpetuo retorno, a Machado. Los programas de Literatura llegaban hasta la Generación del 27. Gracias a un amigo, hoy ya ausente, tuve acceso a los versos perfectos, vibrantes y comprometidos de Blas de Otero que me acompañaron en la crisis juvenil. Pero hasta entonces, sin noticias de la Generación de los 50".
En uno de los cenáculos de inquietud que "nos reunía en altillos de cafeterías, surgió la idea de elaborar una revista oral (para leer en las aulas y centros culturales). La bautizamos con título sugerente (‘El Topo’). Un compañero presentó un artículo sobre un poeta ovetense que consideraba excepcional, llamado Ángel González. En Gráficas Suma compré ‘Palabra sobre palabra’. Su lectura pausada y, algo más tarde, el reciente libro de Emilio Alarcos (‘Ángel González, poeta’, 1969) me ayudaron a comprender la perfección en la forma y la hondura de sentido que esconden sus versos".
Por cosas de la vida no pudo conocer en persona a González hasta el verano de 1977: "Yo acababa de defender mi tesis y él había regresado de Nuevo México". La suerte le deparó "un momento de soledad en uno de aquellos encuentros. Los contertulios se fueron y pude quedar con Ángel González un rato largo. La conversación giró, con inevitables notas marginales, sobre la preocupación social contenida de su poesía, alejada de venecianismo imperante de los Nueve novísimos, tan admirados por algunos compañeros de facultad. Ángel, muy parco para hablar de lo suyo, no se extendía más allá de sus breves intervenciones, pero nos sentíamos cómodos, en sintonía".
Pocos días antes de la elección como académico en julio de 2007 de Gutiérrez, "me telefoneó para anunciarme su apoyo. La conversación no fue larga. Su salud ya estaba deteriorada. Su máxima ("Lo importante es resistir") se debilitaba. No pude coincidir con él en ninguna reunión de esta Academia, pues su vida se extinguió el 12 de enero de 2008, un mes antes de mi ingreso".
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