Juan Cofiño, presidente de la Junta General del Principado: "Es un momento crítico para la supervivencia de la democracia"
"La ejemplaridad no es negociable". El que fuera vicepresidente del Gobierno de Barbón, ahora árbitro de juego democrático en la Junta, hace balance a mitad de legislatura, con su partido acosado por los escándalos

Juan Cofiño / Irma Collín / LNE

Viernes. 11.30 de la mañana. Llueve. Juan Cofiño recibe en el parlamento asturiano. El que fuera "marine" del gobierno de Barbón, el otrora señor Lobo de los problemas del Ejecutivo, hace balance del año parlamentario desde ese refugio sosegado que es el legislativo, donde ejerce una presidencia distante pero firme. El acuerdo tácito no explicitado es mantener el tono institucional. La última entrevista en LA NUEVA ESPAÑA, en agosto, resquemó en el PSOE. Flota cierta melancolía en la atmósfera. Cada paso por el palacio de la calle Fruela, discreto y casi monacal, recibe como respuesta el eco del goteo de escándalos que azotan al Gobierno central en la jornada.
¿Cómo está de salud?
Bien, uno va teniendo cierta edad. Soy parte de ese grupo de los enfermos crónicos mayores, y tenemos averías diversas.
El presidente de la Junta es el árbitro del debate político. ¿Qué tal se pita entre las trincheras?
(Se ríe) Está bien la metáfora. Es a lo que esto se asemeja. El parlamento debe ser un ámbito para hablar, con argumentos, y defender ideas. Ahora, como pasa en Madrid y en el mundo en general, estamos en un momento crítico para la supervivencia del sistema democrático como lo conocemos. Se alteran sus bases y eso se refleja en el parlamento. Las trincheras se están cavando, efectivamente. El ambiente se ha vuelto, no diré irrespirable, pero malo, tóxico. El adversario, en terminología clásica, se ha convertido en enemigo. Y todo vale.
¿Ha notado involución en esta legislatura?
Sí, el ambiente se contamina. No es perceptible de un día para otro, pero si tomas referencias más amplias te das cuenta. Hasta las relaciones personales, que suelen salvar situaciones difíciles se han deteriorado, aquí y en todo el país. El otro día, en la celebración de la Constitución en el Congreso, se respiraba el mismo ambiente gélido.
Usted fue vicepresidente del Principado en una legislatura rica en pactos, también por la propia aritmética del Parlamento. Ahora ocurren los necesarios.
La aritmética condiciona, pero al margen de ella hay que pactar e intentar consensos. Otra cosa es que lo consigas. Esa debe ser la pauta de cualquier demócrata. Efectivamente, la pasada legislatura la aritmética era más cómoda. Era un gobierno monocolor, pero pactamos a derecha, centro e izquierda. Nos esforzamos en hacerlo y salieron leyes con acuerdos amplios. Pero la inercia política actual es regresiva; se ha instaurado en España una política de bloques. También en Asturias. A mí esa forma de entender la política no me gusta. Hay que hacer esfuerzos por acuerdos amplios, en especial con las leyes, que deben nacer con idea de perdurar en el tiempo. Hay leyes relevantes que afectan a la vida de la gente, y es bueno que duren.
¿Ese muro que Asturias quiso establecer frente al clima político tóxico de Madrid se ha roto?
Esos muros no existen, estamos en una sociedad globalizada. La información y la desinformación fluyen. Pretender establecer un muro respecto a lo que sucede en el país es inútil y absurdo. Tarde o temprano todo llega. Pese a que hemos construido un Estado descentralizado, Madrid sigue siendo kilómetro cero. Lo que ocurre en la política madrileña, en el madrileñeo en general, es definitivo en los territorios.
Usted, y sus antecesores, desarrolla una intensa actividad en centros educativos para sacar la institución a la calle. ¿Cómo ven los jóvenes el parlamento y la política?
Es una experiencia muy interesante. Se trata de reforzar la explicación que ya hicieron sus profesores y llevarles la institución. Se da un repaso a la historia de Asturias en el contexto de España, el cambio político, la Constitución, lo que significó en muchos órdenes… el paso de un estado centralista a uno casi federal que es el autonómico. Luego hay un coloquio y ahí se sueltan. La impresión final es positiva, quizás porque partía de una percepción más negativa. Participan, preguntan, están preocupados… tienen opinión, critican. Veo chicos y chicas con ganas, más informados de lo que se piensa.
¿Cuánto desgasta a las instituciones la corrupción?
Mucho. No voy a descubrir nada. Tenemos que preocuparnos por este fenómeno de polarización que acarrea que amplios sectores de la población estén dando la espalda al sistema democrático tal y como lo hemos entendido. Hay muchas razones. Una de ellas, el descontento entre los jóvenes, porque no somos capaces de dar respuesta a sus problemas para que puedan iniciar su proyecto de vida. En las últimas décadas hemos asistido a un incremento notabilísimo de la desigualdad. Y eso se percibe. ¿Dónde? En los salarios de las nuevas generaciones. Es buena noticia que crezca el empleo, pero lo hace con unas retribuciones que, en relación con el precio de la vivienda, la distancia es insalvable. Todo eso genera malestar. Y eso hace que entre los jóvenes se opte por planteamientos políticos populistas y simplistas, que son un modo de censurar esto, sabiendo que no van a arreglar nada. Dicho eso, el otro elemento es el que usted dice: si a ese magma sumas episodios de corrupción recurrentes, el cóctel es explosivo. La ejemplaridad ha de estar ahí siempre, no es negociable. Es cierto que ahora le toca al PSOE, que está sufriendo toda esta cantidad de casos; los hubo en su día en el PP. Es el mal de todos los partidos y de quien gobierna.
Y si a todos perjudica, ¿por qué no un pacto de Estado para evitar los resquicios que permiten la corrupción?
Suena bien, pero habría que ver cómo articularlo, quizás afilando más los sistemas de transparencia, aunque en España, en los últimos años, se han establecido muchos controles internos y externos. Pero para mí, el comienzo sería que los propios partidos aplicaran criterios a la hora de seleccionar a sus cuadros. Porque son personas que en un momento van a llegar a las administraciones. Se necesita aplicar criterios muy rigurosos, pero para eso necesitas modelos de partido muy democráticos, con muchos controles, muy participativos… y eso no está sucediendo en España. Que haya debates vivos, ámbitos de discusión programática y también de la selección de las personas.
Usted como vicepresidente del Principado tuvo relación con Ábalos y otras personas imputadas. ¿Qué duele más, la corrupción o la imagen personal que trasladan estos casos?
Duele todo. Cuando era vicepresidente, llamaba al ministro, al secretario de Estado de turno, para gestionar asuntos. Claro que he hablado con Ábalos, Isabel Pardo de Vera, con Javier Herrero, para gestionar muchos asuntos. Para mí es una sorpresa todo, porque no conoces a las personas, solo negocias con ellas. Nunca tuve ninguna percepción negativa, pero mi conocimiento era superficial. Es un horror todo esto. ¿Cómo es posible que sucedan estas cosas? Pues creo que por eso que hemos hablado; por la importancia de hacer de los partidos órganos de participación, discusión y reflexión, democráticos y con mucha base. Y hablo de todos los partidos.
Con motivo del aniversario de la Constitución usted ha defendido la necesidad de reformarla. ¿Cómo hacerlo con este clima?
Todo el mundo es consciente de que es necesaria esa reforma; la Constitución española lleva vigente 47 años, es la que menos se ha modificado de toda Europa y los cambios que se han hecho son muy menores. Hay coincidencia en la necesidad de cambio, otra cosa es cuál debería ser su intensidad. Pero todo es posible en un ecosistema político en el que sentarse a hablar. Ahora es imposible. Solo puede hacerse saliendo de la clave de bloques, porque se necesitan mayorías reforzadas. Por ejemplo, creo que es necesario hacer evolucionar el título octavo, que se refiere al Estado de las autonomías, para ir a una proyección federal asociada a una reforma del sistema de financiación. Pero desde hace años no hay condiciones objetivas para abordar algo así. Tampoco sé cuándo las habrá.
Conmemoramos los 50 años de la muerte de Franco. Después, la democracia fue posible con mucho diálogo y concesiones.
Dígase lo que se diga, la Transición fue un éxito. Así lo reconoce el mundo en general, salvo algunos españoles. Fue un experimento complicado pasar de una dictadura a una democracia sin una revolución por el medio, de una forma consensuada. Esa es la palabra. Está muy manoseada, pero los partidos de aquella época fueron capaces de sentarse mucho, de discutir mucho y de renunciar a mucho. Las élites del régimen franquista, el partido comunista, la izquierda… todos renunciaron y se sentaron las bases para una democracia homologable al resto. Pusimos en hora el reloj de la historia de España, que siempre ha ido atrasado. Eso funcionó durante los años 80 y 90 del pasado siglo razonablemente bien, pero el clima político se ha enrarecido y polarizado. Esto se ha ido deteriorando y la inercia es mala.
La última entrevista que le realizamos no pasó desapercibida en su partido, el PSOE, por las críticas realizadas al funcionamiento de la organización. ¿Mantiene lo que dijo seis meses después?
Estoy de salida, las opiniones que tengo no pueden interpretarse de ninguna manera en clave de lucha de poder, en las que nunca he estado. Ahora menos, porque no estaré en cargos públicos en el futuro. Ya me voy, por la edad. Pero, sí, reitero que es evidente que parte de lo que ocurre tiene que ver con carencias en los partidos como actores políticos, porque hay insuficiencias de participación, de transparencia, de pluralidad. Todo ello da lugar a un discurso programático anémico. La política se ha vuelto muy cortoplacista; ya no hay discursos que trasciendan el día a día, que nucleen opinión pública en torno a un proyecto de largo recorrido. Los partidos necesitan refrescarse mucho, revisar sus modelos organizativos, haciéndolos más participativos y democráticos, generando discursos más allá de las guerras culturales parciales. En referencia a la izquierda, que es lo que más me importa, y la socialdemocracia, necesitamos refrescar el discurso, porque el mundo ha cambiado. Tenemos que construir un discurso que supere lo inmediato de las guerras culturales del día a día, que tenga más recorrido y alcance; que los jóvenes perciban que la socialdemocracia ha vuelto con un propósito renovado que implica un modelo de vida de futuro. Dicho así parece fácil y no lo es. Pero habrá que empezar el trabajo algún día. Mi percepción es que no estamos en eso.
El PSOE no fue asambleario, tampoco presidencialista… defendía la representatividad que suponían los cargos orgánicos, elegidos en procesos internos…
Eso se ha perdido. Por eso tenemos que revisar el modelo organizativo, para que los jóvenes nos vean un ámbito interesante en el que estar y participar.
¿En 2027 cuelga las botas?
Las de fútbol las colgué hace tiempo; las de la política activa, sí. Obviamente, mientras esté mentalmente bien me gustará estar en el debate público, leer, escribir… tener opinión y expresarla.
Usted estuvo en política en los años 80 y 90 y la abandonó para trabajar en la empresa privada. ¿Se arrepiente de haber vuelto?
He tenido una vida singular; he estado en muchos sitios y eso es bueno. En esta vuelta tengo que agradecerle a Adrián Barbón la oportunidad, ya que fue quien me llamó reiteradamente para asumir una responsabilidad de primer nivel. Hemos pactado estos cuatro años aquí, por muchas razones; por cansancio, cumpliré 70 años cuando acabe la legislatura. Regresé tras 20 años fuera y me encontré una administración distinta. En mi cabeza hubo algún choque respecto a la actividad privada, de la que venía: muy intensa, no sometida a rigideces. En el sector tecnológico puntero hay que reinventarse todas las semanas. Son concepciones distintas.
Reformar la administración fue uno de sus objetivos.
Porque veía su inercia. Esto no tiene que ver con la calidad de las personas, pero el modelo lleva a la inercia de una administración desconectada de las premuras de la calle, de las necesidades de la gente. La administración española es muy lenta. Aquí aprobamos una ley de función pública que mejora algunas cosas, pero tiene las competencias que tiene. Usted hablaba de pactos de Estado: pues hay que sentarse en Madrid y revisar el modelo de función pública; el que tenemos no sirve para estos tiempos.
Usted inició aquella "guerra a la burocracia". ¿Ha quedado enterrada en papeleo?
Más que guerra a la burocracia, quería combatir su patología, el exceso. La burocracia es inherente a la administración pública. Pero la administración española es ineficiente e ineficaz; tiene recursos más que sobrados, pero se pierde en un modelo que no incentiva; más bien desincentiva con procedimientos interminables. Salvo la administración sanitaria, que afortunadamente está fuera de ese ámbito y la de Hacienda, el resto está en Primaria en cuanto a procedimientos digitales. Aún subsiste casi la cultura del pergamino. Y los males son los mismos en todas las administraciones públicas. Cambiar esto sí requiere un pacto de verdad.
La administración asturiana se construyó en aquellos primeros gobiernos…
Sí, en la época de Pedro de Silva y con Bernardo Fernández al frente. Nos haría falta un resteo, otro proceso casi constituyente. Bernardo Fernández y Pedro de Silva hicieron algo de mucho mérito que es transformar una vieja estructura de la Diputación Provincial, asumir todas las competencias y acomodarlas, a la vez que montaban una estructura administrativa que las pudiera soportar. Fue un ejercicio muy difícil y lo hicieron con nota. Yo viví aquel tiempo; una nueva administración que nació con mucha ilusión pero fue acomodándose al modelo estatal. No podía ser de otra manera.
¿Qué pronostica para lo que queda de legislatura?
El clima electoral nacional es terrible; tiene consecuencias en todos los territorios. No sé lo que va a suceder en el ámbito estatal; supongo que nadie lo sabe. Lo que parece fácil prever es que hasta 2027 viviremos un largo periodo preelectoral. Eso viene siempre acompañado de un incremento de los decibelios. Si ya el nivel es muy alto no sé lo que nos aguarda. Espero cordura, que seamos capaces de controlarnos todos. El riesgo es que el Parlamento termine siendo eco de todo eso. Tendré que estar atento y cuidadoso.
¿Es mi impresión o está siendo usted más exigente en el ejercicio de la Presidencia?
Al inicio de la legislatura comenzamos con un formato con cierta flexibilidad; fuimos más permisivos con los tiempos, o con los diputados que usan su tiempo para hablar de cosas que no están en el orden del día. Pero vi que aquello terminó en el abuso, con algunas complicaciones añadidas. También advertí que seríamos más estrictos ante los discursos fuera del orden del día. He visto que la experiencia previa de mayor generosidad no ha ido todo lo bien que uno hubiera querido; así que estamos en estas, contra lo que yo creo que debe de ser.
¿Me equivoco o padece cierta melancolía?
¿En relación con?
Con la política.
Pues sí. Estos días estoy leyendo las memorias de Pedro de Silva. Cuando uno lee la parte troncal que tiene que ver con su periodo de gobierno, cuando se estaba construyendo todo esto, uno siente nostalgia. Eso diría: nostalgia. Primero porque uno era más joven, va de suyo; también por aquellos tiempos políticos en que todo era de otra manera. Había más diálogo y consenso, había voluntad y necesidad de hacer país, construir esta comunidad. Y melancolía, pues también, porque estos tiempos se parecen bien poco a aquellos.
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