Visitaron casi 4.000 niños y ahora cumplen veinte años: el aniversario de los payasos azules, que recorren las habitaciones del HUCA
La asociación "Narices azules. Doctores Payaso" está de aniversario
"La intención es animar a los más pequeños", dice Juan Luis Pérez Isla, cara visible del proyecto

De pie, de izquierda a derecha, Noemí Rodríguez, Álvaro Llera, Yolanda González, Soledad Pozuelo (con lazos amarillos), Lourdes Sánchez, Tamara Rodríguez y Lorena Basols. Agachados, en el mismo orden, Juan Pérez, Rebeca Tenorio, Yulia Viñas, Jenn Amor y Nacho Manzaneda, en Oviedo. / irma Collín
Cada martes y sábado —y desde hace poco también los jueves— una pareja de payasos equipados con narices azules cruza las puertas del Hospital Universitario Central de Asturias. No llevan batas ni instrumental médico. Llevan globos, trucos de magia y, sobre todo, tiempo. El tiempo necesario para detener por unos minutos la rutina hospitalaria de los niños ingresados y de sus familias.
“Cada día le preguntamos a la enfermera a quién podemos ir a visitar, porque no todos los niños están en condiciones. Cuando lo sabemos, vamos habitación por habitación. La intención es animarles, darles vidilla, porque el reto de estar ingresado siendo pequeño es muy duro”. Habla Juan Luis Pérez Isla, “doctor Yoyó” para los más pequeños, técnico sanitario y cara visible de la asociación "Narices Azules. Doctores Payaso", que este año cumple veinte años de actividad. Desde 2005, el colectivo forma parte del programa de animación del HUCA, aunque la iniciativa nació mucho antes, en 1994, de la mano de Francisco Zanahorio, uno de los impulsores y que todavía hoy sigue recorriendo las habitaciones para animar a los niños.
Durante sus primeros años, la labor se realizaba de manera más informal, sin un marco institucional definido. Fue con la creación del programa de animación hospitalaria cuando el trabajo de los payasos comenzó a estructurarse y a integrarse de forma estable en el día a día del centro sanitario. “Ahí fue cuando todo se ordenó y empezamos a trabajar de manera sistemática, siempre coordinados con el personal sanitario”, explica Pérez Isla.
Los números dan dimensión al trabajo realizado por estos payasos, que este domingo tuvieron una comida de fin de año. En lo que va de año han visitado a 3.826 niños en planta, a los que se suman 146 menores atendidos en la UCI pediátrica, uno de los espacios más sensibles del hospital. Además, en los últimos meses han ampliado su presencia a Urgencias pediátricas, donde acompañan a los pequeños mientras esperan pruebas o diagnósticos. “No es lo mismo entrar en una habitación que en una UCI o en urgencias; ahí hay que medir mucho los tiempos y los gestos”, señala.
La asociación está formada por 17 payasos en activo, además de los llamados Payasos Internos Residentes (PIR), que pasan por un periodo de formación de cuatro meses antes de empezar a visitar a los niños. Durante ese tiempo reciben clases de improvisación, teatro y trabajo en equipo, claves para desenvolverse en un entorno tan cambiante. Solo dos miembros del grupo tienen formación sanitaria: el propio Pérez Isla y una enfermera jubilada. El resto procede de ámbitos muy distintos, desde la informática a la docencia, y las edades van de los 18 a los 65 años.
“Lo que hacemos es aprender a adaptarnos, porque cada vez que abres una puerta te encuentras un mundo nuevo”, explica Pérez Isla. Esa capacidad de improvisación es la base del trabajo. Con los más pequeños suelen funcionar los globos y los colores; con los mayores, la magia o la conversación. “A veces dibujas, otras charlas, otras enseñas un truco a los padres. Hay padres que lo aprenden y luego vuelven a enseñártelo”, cuenta Javi. Para muchas familias, la presencia de los payasos se convierte en un apoyo silencioso. “Hay padres que aprovechan cuando llegamos y bajan a tomar un café, porque se sienten arropados y saben que su hijo está acompañado”.
Pero no todo es fácil. El trabajo deja huella emocional. Hubo un payaso que decidió dejar la asociación tras el fallecimiento de un pequeño, al no sentirse con fuerzas para volver al hospital. Pérez Isla también guarda recuerdos imborrables, como el de Carlinos, un niño de cinco años al que paseaba en silla de ruedas por la planta, o el de una paciente adulta que, ingresada por un cáncer, le pidió una nariz azul para sobrellevar la espera. “Son momentos que se te quedan grabados para siempre”, admite.
Veinte años después, los Payasos Azules siguen entrando al hospital con la misma idea con la que empezaron: acompañar, comunicar y aliviar, aunque sea durante unos minutos. “Dos veces al mes hay niños que te esperan solo para darte un dibujo”, dice Javi. Quizá ahí esté la mejor medida del impacto de su trabajo: en esos pequeños gestos que no figuran en ningún parte médico, pero que también curan.
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