Opinión
Objetivo natural: Son turberas, no prados encharcados
Las amenazas de las auténticas reliquias de origen glaciar que conserva Asturias

Ranita en la turbera de Penouta. | MARIO SUÁREZ PORRAS
En el artículo de hoy quiero hablar de unos ecosistemas asturianos de gran importancia y que, sin embargo, suelen pasar desapercibidos. Muchos los ven simplemente como prados encharcados, pero en realidad se trata de turberas: auténticas reliquias de origen glaciar que aún conservamos.
Cada diciembre toca organizar el archivo de fotos de todo el año. Es una tarea que disfruto muchísimo, porque permite recordar la cantidad de lugares especiales que tuve la fortuna de visitar y compartir con la familia o con buenos amigos. Con el tiempo se ha convertido en una pequeña tradición que espero con ganas al llegar diciembre. Siempre la acompaño con música –mi otra gran pasión junto con la fotografía– y, en concreto, con uno de mis discos favoritos: "December", del pianista George Winston. Es un vinilo que compré a principios de los años ochenta, cuando empecé con la fotografía, y que vuelve a sonar repetidamente cada final de año, haciendo honor a su título, mientras organizo las imágenes.
Una de las salidas fotográficas más prestosas de 2025 fue con la Asociación de Fotógrafos de Asturias a Boal, para practicar fotografía macro. Allí visitamos la turbera de Penouta, donde tomé la foto que acompaña estas líneas. La imagen es una toma cenital, para mostrar la naturaleza encharcada propia de una turbera. Esta se encuentra a casi 900 metros de altitud y pertenece al tipo de turberas de esfagnos: ecosistemas formados mayoritariamente por musgos del género Sphagnum. Estos musgos crecen lentamente por la parte superior, mientras la inferior muere y forma un entramado fibroso similar a una esponja. De hecho, los esfagnos muertos constituyen el principal componente de la turba.
En la foto, además del musgo, destacan otros dos protagonistas. El primero es una joven ranita bermeja (Rana temporaria) que, en esta zona de Asturias, corresponde a la variedad parvipalmata, comúnmente llamada rana gallega y considerada una subespecie. El segundo protagonista son las droseras: plantas carnívoras cuyas hojas están cubiertas de glándulas que secretan un néctar azucarado que atrae a insectos y si no son lo bastante fuertes, quedan atrapados, se agotan y mueren. Los tentáculos de la planta se curvan entonces sobre la presa y liberan enzimas digestivas que descomponen sus tejidos blandos, permitiendo que la planta obtenga nutrientes esenciales en un suelo pobre en minerales.
La escena que muestra la foto no abarca más de 20 centímetros de turbera, y aun así en tan pequeño espacio conviven auténticas maravillas. Por eso decía al principio que las turberas no son simples prados encharcados. Son mucho más: pequeños tesoros de nuestro pasado glacial.
Una turbera es un tipo de humedal con suelos permanentemente saturados, donde la materia orgánica vegetal se descompone muy lentamente hasta formar turba. Este proceso, pausado y constante, da lugar a un ecosistema único y vital. Su importancia ecológica es enorme: almacenan grandes cantidades de carbono y juegan un papel clave en la regulación del clima. El Sphagnum posee además una extraordinaria capacidad de retención de agua, manteniendo la humedad incluso en épocas de sequía. Las turberas son también refugio de especies muy especializadas y constituyen un archivo natural de información científica. En ellas quedan conservados restos vegetales, madera semifosilizada y polen que, mediante sondeos y datación según su profundidad, permiten reconstruir la vegetación y el clima del pasado.
Lamentablemente, estos ecosistemas están muy amenazados. Muchas turberas han sido destruidas por la extracción industrial de turba para jardinería o desecadas para usos agrícolas y ganaderos. Como, por ejemplo, el daño sufrido por la turbera de Tarna, a principios de los 2000, donde habitaban orquídeas del hombre ahorcado (Orchis anthropophora) y la escasa mariposa hormiguera oscura (Phengaris nausithous), incluida en el Libro Rojo de especies protegidas de la UICN.
Otro caso es el de la turbera de La Molina, cerca de La Espina (entre Salas y Tineo), donde a finales del siglo pasado la construcción del polígono de El Zarrín eliminó parte de su superficie, mientras que industrias extractivas en los alrededores alteran su equilibrio hídrico y probablemente contaminen sus aguas.
Y tristemente los daños continúan hoy. Hace apenas unos días un amigo me contaba lo que está ocurriendo en la turbera del Segredal, en Villayón, que está siendo drenada para convertirla en pasto.
Aun así no todo son malas noticias. Esta primavera leí que la mayor turbera de Asturias, la de Las Dueñas, en Cudillero, será objeto de un proyecto del Principado destinado a mejorar su conservación. Una señal esperanzadora.
Ojalá sigamos cuidando nuestras turberas y que los errores del pasado no se repitan. Son, como decía, valiosísimos tesoros húmedos que debemos preservar.
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