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Ítaca, el trampolín para los chicos tutelados al llegar a la mayoría de edad

El programa del Principado destinado a apoyar a jóvenes en su transición a la vida adulta combina el acceso a una vivienda con apoyo educativo y tiempo para construir un futuro lejos de los centros de acogida

Clara Sierra, Directora General de Infancia y Familias

Pablo Solares

Sara Bernardo

Sara Bernardo

Oviedo

Pocos meses antes de que Suly cumpliese los 18 años, el joven se sentó a hablar con la directora del centro de acogida en el que vivía. Le comentó su interés por la electricidad y que pretendía hacer un curso de seis meses para tener la titulación antes de su mayoría de edad. Pero ella le animó a estudiar el grado de Formación Profesional (FP), que consta de dos años. "Mi mayor miedo era no saber cómo seguir estudiando cuando me echasen del centro al ser mayor de edad", relata. Fue entonces cuando le hablaron del programa Ítaca, un proyecto pionero en el Principado que busca facilitar el paso a una vida plenamente autónoma de los menores tutelados.

Ítaca nació con una idea clara: acompañar a jóvenes procedentes del acogimiento residencial en su transición a la vida adulta. Chicos que, sin apoyo familiar ni económico, quieren estudiar, formarse y construir un proyecto vital con cierta estabilidad. No se trata solo de darles un techo, sino de caminar a su lado mientras aprenden a sostenerse solos.

Desde su creación, más de 300 jóvenes han pasado por este programa con un dato que habla por sí solo: casi un 90 por ciento logra empleo y autonomía. Este año, ante la creciente demanda, las plazas han aumentado de 45 a 60. "Es una buena señal porque significa que hay jóvenes con ganas de estudiar, de trabajar y de salir adelante", explica Clara Sierra, directora general de infancia del Principado. En Ítaca no hay tiempos cerrados. No es una carrera contrarreloj, sino un proceso por objetivos. Quien estudia una FP puede necesitar dos años; quien cursa una ingeniería, bastante más. El programa no es el fin, sino el medio.

Suly, Laura, Jonathan y Lara (nombres sin apellidos para preservar su identidad) son cuatro de los 60 jóvenes respaldados por el programa. Cada uno ha cogido su camino, pero desde el mismo punto de partida.

Laura tiene 24 años y estudia Educación Social, además de trabajar los fines de semana en una asociación de personas con discapacidad orgánica. Siempre tuvo claro que quería dedicarse a lo social. Pasó por integración, voluntariado y ahora está a punto de terminar la carrera. Junto a ella, habla Jonanthan, compañero de clase. En su caso dudó entre hacer magisterio o Educación Social, pero su propia historia inclinó la balanza."Teníamos claro que queríamos ayudar", coinciden ambos jóvenes.

Suly tiene 19 años y llegó a España a los 14, siendo menor migrante no acompañado. Pasó por distintos centros, primero en Ceuta y luego en Asturias. Su experiencia fue diferente: centros específicos, fases de adaptación y normas distintas. "El cambio a Ítaca fue brutal, pero para bien", dice.

Lara tiene 21 años y estudia Ciencia e Ingeniería de Datos. Antes cursó un ciclo superior de Mecatrónica Industrial. Trabaja en verano, ahorra y piensa ya en el futuro. "Ítaca me ayudó a cambiar mucho", admite. Su idea es marcharse a Madrid cuando termine la carrera.

Este es su presente, pero todos ellos arrastran un pasado. El momento previo a cumplir los 18 aparece en todos los relatos con la misma palabra: incertidumbre. Algunos llegaron al centro muy jóvenes. Otros, como Lara, apenas unos meses antes de la mayoría de edad. "No sabía que iba a pasar conmigo", recuerda. "Yo solo quería acabar de estudiar", enfatiza.

La entrada en el programa Ítaca es, para casi todos, una mezcla de vértigo y alivio. Para algunos, libertad pura: salir sin pedir permiso, volver a cualquier hora. Para otros, un silencio extraño. "Echaba de menos el ruido", confiesa Laura. Venía de una casa llena de hermanos, de centros grandes, de voces constantes. "Llegar a un piso tranquilo me descolocó", añade la joven.

Clara Sierra, junto a María Fuentes, con los cuatro jóvenes que participan en el programa, en la sede central de LA NUEVA ESPAÑA.  | PABLO SOLARES

Clara Sierra, junto a María Fuentes, con los cuatro jóvenes que participan en el programa, en la sede central de LA NUEVA ESPAÑA. / PABLO SOLARES

Para Jonathan, sin embargo, de ese primer día de independencia recuerda algo cotidiano para el resto del mundo e insólito para él: sus propias llaves. Llevaba desde los siete años en un centro de acogida. "Siempre que salías picabas al timbre y alguien te abría, poder entrar por mi mismo me hizo mucha ilusión", sonríe.

Los jóvenes que entran en Ítaca comparten piso en el mercado de alquiler libre. No son pisos del Principado, sino pisos normales, como los de cualquier estudiante. Algunos conviven con otros participantes del programa; otros prefieren mezclarse con gente ajena a esa experiencia.

Tienen educadores de referencia, una ayuda económica y un acompañamiento constante, pero la gestión diaria es cosa suya: pagar el alquiler, hacer la compra, cocinar, acudir a clase o al trabajo. La independencia es real.

"Al principio cuesta mucho organizarse con el dinero", reconocen. "Vienes de un centro donde siempre hay comida, y de repente si no compras, no cenas", explican. Todos coinciden en algo: la madurez llega antes. A veces, a la fuerza. Gestionar dinero, estudios, trabajo y emociones sin una red familiar sólida no es sencillo. Pero también genera una fortaleza poco habitual a esas edades.

"No es lo normal que chicos de 19 o 20 años hablen así", comenta María Fuentes, educadora social del programa Ítaca. Y ellos lo saben. No se sienten especiales, pero sí conscientes de que han tenido que avanzar más rápido que otros.

Ítaca no borra el pasado, pero lo resignifica. Para algunos, convivir con gente fuera del programa es una forma de romper con él. Para otros, compartir piso con compañeros que entienden de dónde vienes es un apoyo silencioso.

Durante mucho tiempo, Lara vivió con una duda clavada en cabeza. Cada mes, cuando llegaba la ayuda económica del programa, pensaba que en cualquier momento alguien le diría que se había acabado. "Pensaba, ¿en qué momento nos van a dejar de dar el dinero?", cuenta. El miedo se disparaba en determinadas ocasiones. Si suspendía un examen, por ejemplo, sentía que se quedaba fuera del programa. "Estaba muy agobiada, pensaba que cualquier fallo me dejaba en la calle", indica.

Ese miedo no es raro. Es la huella de haber crecido sin red. En Ítaca lo saben bien. Por eso, al principio, muchos jóvenes llegan con una dependencia, incluso con desconfianza ante el apoyo. Y luego, poco a poco, algo cambia. "Llega un momento en el que ya vuelan solos", explica Fuentes. "Incluso sienten que algunas cosas les sobran como las tutorías mensuales o las visitas al piso. Y eso, en realidad, es buena señal", celebra la educadora.

Ítaca no es un programa rígido. Es voluntario. Nadie está obligado a quedarse. Y, aun así, muy pocos lo abandonan. Algunos deciden irse porque encuentran otros apoyos; otros, en contadas ocasiones, porque incumplen normas básicas. Son pocas, pero claras: convivencia, no delinquir, seguir en formación o empleo y no dar cobertura a menores fugados.

"En el resto de cuestiones como suspensos, hay flexibilidad", matiza Fuentes. No es lo mismo alguien que se esfuerza y tiene dificultades que alguien que directamente deja de estudiar porque sí. Suspender un examen no es una línea roja. De hecho, a Lara le quedó una asignatura. No la echaron. "Fueron majos", sonríe guiñándole un ojo a su educadora.

Quince años después del inicio del programa, hay historias que funcionan como faros. Jóvenes que pasaron por Ítaca en 2009 y hoy tienen negocios propios, trabajan en otras ciudades y viven de lo que les gusta. "Saber que alguien salió de aquí y ahora le va bien es un chute", reconocen.

También tranquiliza saber que, cuando el acompañamiento termine, no se quedarán solos de golpe. Cuando alguien consigue un trabajo estable, el programa suele prolongarse unos meses más para que pueda ahorrar, asentarse y buscar vivienda. Y luego, sí: a volar.

Mucho más que dinero

Ítaca no solo cubre alojamiento y una ayuda mensual fija. También asume transporte, estudios, matrículas, material, medicación, gastos de vivienda o wifi. En el caso de jóvenes extranjeros, cubre trámites, tasas o viajes a consulados. "Con el papeleo nos ayudan muchísimo", dice Suly.

Todo ello está financiado en un 60 por ciento por el Fondo Social Europeo y en un 40 por ciento por el Principado de Asturias. Fue un programa pionero en 2009 y hoy sirve de referencia para otras comunidades.

El aumento de plazas (hasta 60 este año) responde a una mayor demanda. Y hay una idea que se repite con firmeza: si un chico quiere estudiar y no tiene apoyo, no se le puede dejar fuera. "No estamos hablando de una obra que cueste de millones de euros", explica Sierra. "Si hace falta dinero, se busca", asegura.

Ítaca está pensada para jóvenes del sistema de protección, para quienes no tienen ni apoyo familiar ni económico. Es un puente. Uno que no promete finales perfectos, pero sí algo decisivo: tiempo, confianza y oportunidades reales.

El futuro

Para Laura, el pasado no es una losa, sino un punto de partida. Lo dice con calma, sin dramatismo. "Si te llevas todo a lo personal, no puedes ayudar bien", explica de cara a su futuro profesional como educadora social. Las experiencias marcan, pero no pueden convertirse en un filtro permanente desde el que mirar el mundo. Porque entonces el dolor propio acaba ocupándolo todo.

Jonathan, que también está a punto de terminar la carrera quiere incorporarse al tercer sector, empezar a trabajar en una entidad social y ganar experiencia sobre el terreno. No tiene prisa por llegar, pero sí por hacerlo bien: habla de seguir formándose y obtener el título de monitor de tiempo libre. Quiere acompañar a otras personas sin dejar que su propia historia le arrastre. Sabe de dónde viene, pero mira hacia delante con la convicción de que el futuro se construye con una mirada objetiva.

Suly está obcecado en su carné de conducir. Lo necesita para poder trabajar como electricista. En sus primeras prácticas tuvo a dos chicos jóvenes de jefes. Ellos fueron sus referentes en una mata clara: crear su propia empresa como electricista.

Lara canta. Y quiere ser actriz. Esos sueños estaban ahí antes, pero enterrados. "Poder vivir con cierta tranquilidad me hizo reconectar con lo que yo quería de verdad", confiesa. Madrid no es solo trabajo, es el futuro que ha elegido.

Al final de la conversación, todos coindicen en algo: ya no tienen el mismo miedo que con 17 años. Les surgen otros, claro. Mudarse a Madrid, encontrar trabajo, sacarse el carnet de conducir, fallar... Pero no es el miedo paralizante de antes. Ahora saben que, al menos una vez en su vida, alguien apostó por ellos. Y eso lo cambia todo.

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