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Carmen Lomana: "Me metí con el gobierno y me vino una inspección de Hacienda que me dobló"

"Recuerdo que en Llanes me rodeaba de gente mayor que yo, muy intelectual y muy ‘progre’, como Rodrigo Uría o Eduardo Úrculo"

Carmen Lomana, en una reciente visita a LA NUEVA ESPAÑA.

Carmen Lomana, en una reciente visita a LA NUEVA ESPAÑA. / Irma Collín

Marcos Francos Segurola

Madrid

Carmen Lomana es una mujer difícil de encasillar. Son muchos y variados quienes se han atrevido a dar su opinión sobre ella, mientras ella misma se define como “naïf” y asegura que su mayor interés “es el arte y la cultura”. Socialité, empresaria, tertuliana, llegó al foco mediático en 2008, casi diez años tras la muerte de su marido, Guillermo Capdevila. Su gusto por la estética y el estilo salta a la vista, pero lo que realmente impresiona es su voz directa. Nunca ha dudado en alzarla para opinar sobre política, cultura o sociedad, aun cuando eso le ha traído represalias. Hoy confiesa que vivimos en un momento en que “se ha perdido mucha libertad” y que siente “miedo” a decir lo que piensa como antes. Recuerda con nostalgia su juventud en Asturias, concretamente en la casa familiar en Llanes, una época en la que, asegura, “nunca se sintió asustada” y estuvo rodeada de ideas de todo tipo.

-Dice que hoy vivimos rodeados de eufemismos. ¿Hemos perdido en España la capacidad de debatir sin gritarnos?

-No te puedes ni imaginar cuánto. Hemos perdido mucha libertad. Estoy continuamente autocensurándome, midiendo lo que digo. Vivimos rodeados de eufemismos. Si uno es ciego, es ciego; si es cojo, es cojo. No hay por qué disimular. El daño no se hace con palabras, se hace levantando falsos testimonios o no teniendo empatía. Cuando estaba en la universidad decíamos lo que pensábamos y nadie te señalaba por ello. Ahora, si opinas sobre un político o el Gobierno, hay consecuencias.

-¿Qué tipo de consecuencias ha sufrido usted por alzar la voz?

-Hay muchos medios vendidos y poca libertad. A veces me siento frustrada porque hablo de tonterías que no me interesan, pero tengo miedo. Una vez me metí con el Gobierno de Rajoy y me vino una inspección de Hacienda que me dobló. Venían derechitos a por mí. Cuando me hice amiga de gente de Podemos, como Juan Carlos Monedero, me pusieron a escurrir. Me anularon contratos de trabajo. ¿Eso es libertad? ¿Eso es estar en un país libre?

-¿A qué se debe ese cambio de clima social?

-A muchas cosas. Viví una época de adolescencia con Franco y nunca me sentí asustada. Recuerdo que en Llanes me rodeaba de gente mayor que yo, muy intelectual y muy ‘progre’, como Rodrigo Uría o Eduardo Úrculo. Estábamos en un bar donde la Guardia Civil entraba a tomar un café, y estos estaban diciendo barbaridades. Y yo decía “se nos va a caer el pelo”, pero qué va. Nos miraban y se reían.

-¿Le pesa que ese perfil combativo o su interés por la cultura queden eclipsados por el personaje televisivo?

-Totalmente. Mucha gente me ve superficial, cuando lo que más me interesa es la cultura y el arte. En televisión solo quieren que hable de fiestas y vida social, y eso me repatea. El único sitio donde puedo expresarme más es en mi columna de "La Razón". Trabajo en medios desde 2008 por casualidad; jamás me he arrepentido porque me ha dado seguridad, pero me resulta difícil que nadie me diga sobre qué hablar.

-¿Tiende a juntarse con gente de su misma opinión o forma de pensar?

-Yo soy una persona muy liberal, pero no soy nada fanática, ni nada sectaria. Mi marido era muy de izquierdas. Y yo tengo amigos de todos los partidos, y antes tenía más. Ahora me he retraído un poco con este tema.

-¿Qué queda en usted de la joven Carmen que se fue a trabajar a Londres?

-Sigo siendo la misma. Tengo un punto muy naïf. Conservo la ilusión por la vida, las ganas de pasarlo bien, la capacidad de sorprenderme y emocionarme. No soy muy diferente; lo que ha cambiado son las circunstancias. Quizá en algunas cosas estoy un poco de vuelta, pero no quiero que deje de sorprenderme la vida.

-¿Alguna vez se ha arrepentido de exponer algo de su vida privada?

-Cuando eres popular —yo prefiero popular— pierdes el anonimato, pero no tu intimidad. Tú das de tu vida lo que quieres. La gente sabía muy poco de mi vida “de verdad”. Otra cosa es el postureo, las fiestas, la atención mediática… que en realidad es parte de mi vida, pero no es mi intimidad. Eso nunca lo he perdido.

-¿Por qué sintió la necesidad de aclarar ciertas cosas en su libro “Pasión por la vida”?

 -Había muchas leyendas urbanas sobre mí que no eran ciertas, cosas absurdas como decir que me había casado con un hombre muy mayor por interés. Éramos dos estudiantes, él de 22 años y yo de 20. Nos casamos enseguida porque fue un golpe de amor. Quería aclarar eso.

-Su marido, Guillermo Capdevila, ocupa una parte muy importante en su obra. ¿Cómo se transforma el dolor de su pérdida tras casi 20 años?

-Te queda una cicatriz para toda la vida. Nunca se cierra. A veces, cuando crees que ya está cerrada, cualquier acontecimiento o momento de soledad te devuelve la tristeza de golpe.

-¿Cómo se sobrelleva una ausencia tan grande?

-Con fuerza de voluntad, diciéndote: “La vida no va a poder conmigo”. No fue solo Guillermo, fue también la pérdida de poder tener hijos por culpa de un médico, que me hizo una barrabasada fatal. Tardé tres años, y el primero y medio no era persona. Te agarras a lo que puedes, incluso a relaciones que te ayudan a sobrevivir. Hubo una persona que me ayudó bastante. Yo no estaba enamorada de él, pero lo necesitaba. Fue una relación, por mi parte, egoísta, de utilizarlo. Él lo supo desde el primer momento, pero estaba muy enamorado de mí y aceptó que lo que tuviera que ser, sería.

-¿El apoyo de sus amistades fue decisivo?

-Son fundamentales. Tengo una enorme lealtad con mis amigos; no sé decirles que no. Es vital tener un grupo de amigos reales para la salud mental. Echo en falta esos cafés de antes donde se hablaba de literatura o cine. Antes que ir a un fiestón prefiero una cena tranquila en casa con amigos. Espero seguir teniéndolos cuando sea viejita, porque eso evitará que me aísle.

-¿Qué papel jugó su madre en su recuperación?

-Fue clave. Tuve que pedir ayuda médica porque estaba tocando fondo. Me dieron medicación —lo mínimo, porque me horroriza depender de fármacos—, pero cuando falta serotonina hay que medicarse o la depresión te come. Un día mi madre me dijo: “Mira, ya no te aguanto más. Cierra esta etapa de melancolía y vete a Madrid a empezar de cero”.

-Ha dicho que la frivolidad es una forma de inteligencia. ¿Qué protege realmente la frivolidad?

-La frivolidad forma parte de la inteligencia para no tomarse la vida tan en serio y reírte de ti misma. Siempre distingo entre frivolidad y superficialidad. Jugar con la frivolidad es divertido; la superficialidad es otra cosa. Superficial es quien dice: “¡Yo paso de todo, la política no me interesa!”. Eso es no estar comprometido con el momento que te toca vivir. La política determina si vivimos mejor o peor.

"Lomanear" es vivir como yo, libre y sin complejos

-¿Qué se debe llevar por bandera para ser elegante?

-Ser tú misma. Yo aprendí absorbiendo como una esponja en el Londres de los 70 y en la Movida madrileña de los 80. Era un país efervescente, divertido y sin complejos, saliendo de una dictadura. Pero aquello también tuvo su cara oscura: se juntó con drogas duras y la aparición del SIDA. Perdí a muchos amigos por desconocimiento. Yo nunca probé drogas duras y no lo recomiendo a nadie, porque sabía que debía ser tan bueno que me podía enganchar.

-¿Qué teme del paso del tiempo?

-Temo la decadencia, la fealdad de la vejez y perder la cabeza. La estética es importante. Me da miedo hacerme retoques que me cambien la mirada. La gente cree que estoy todo el día haciéndome cosas, y no es así; pasan años sin que me pinche nada. Me veo bien, me quiero y me reconozco.

-¿Cómo definiría “lomanear”?

-Vivir como yo, libres y sin complejos, riéndome de mí misma mucho. Se trata de tener un gran sentido de la estética, ser un poco pijo, vistiéndote bien. La moda, más que vestirte, te desviste; da mucho de ti. “Lomanear” es vivir como vivo yo.

-Si tuviera que guardar un solo recuerdo en una maleta pequeña, ¿cuál elegiría?

-Mi vida con Guillermo, todos los años que estuvimos juntos. También esta segunda vida: la radio. Me entusiasma trabajar en la radio, me encanta.

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