Juan de Lillo publica "Encuentro con mi vida", que presenta en el Club LA NUEVA ESPAÑA: "Un periodista no puede escribir si tiene que medir cada palabra"
Histórico del periodismo asturiano, en su trabajo detalla su trayectoria profesional y vital

Juan de Lillo, en LA NUEVA ESPAÑA. / Irma Collín

Juan de Lillo (Moreda de Aller, 1935), un gigante del periodismo asturiano, define de este modo, con una sonrisa final de oreja a oreja, la manera que tenía de afrontar la búsqueda de una gran exclusiva. "Yo siempre me planteaba las dificultades de una manera muy tranquila. Me decía: ‘Si no consigo esto, no pasa nada. Pero, ¿y si lo consigo...?". Y Juan de Lillo lo acababa consiguiendo. Exredactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA, entrevistó al hoy Felipe VI cuando aún era Príncipe, al papa Juan Pablo II, a Adolfo Suárez... De Asturias vio todo y conoció a todos. De Lillo acaba de publicar un libro, "Encuentro con mi vida", editado por ICediciones y con prólogo de Javier Junceda, en el que hace un largo repaso de su trayectoria vital. Se presentará el 8 de enero a las 19.30 horas en el Club LA NUEVA ESPAÑA y en el cuenta anécdotas que definen una época.
¿Qué le pasó con José Ángel Fernández Villa?
Tuvimos una relación tormentosa. Yo estaba harto de que intentaran fiscalizar lo que escribía. Primero me mandó a dos personas para presionarme, luego a tres, y finalmente vino él mismo a hablar conmigo. Fue en el despacho de Obdulio Fernández, delegado del Gobierno y amigo mío. Puse dos condiciones: que Obdulio estuviera delante y que la reunión fuera en su despacho. Villa sacó una carpeta y empezó a enumerar artículos míos, fechas, textos… Entonces le dejé clara una cosa.
¿Cuál?
Le dije que el día que él me consultara la doctrina que iba a dar a su gente, yo le consultaría lo que iba a escribir. Mientras tanto, él a lo suyo y yo a lo mío. La independencia y la libertad son esenciales en el periodismo. Si tienes que andar midiendo cada palabra, no puedes ejercer.
¿Villa tenía tanto poder como se decía?
Totalmente. Mandaba muchísimo. Tenía el sindicato minero y una enorme influencia política. Mucha gente le rendía pleitesía por miedo o por interés. A mí me sorprendía ver cómo personas con las que había tratado toda la vida cambiaban de acera al verme después de que yo los criticara en el periódico.
Se metió con él por su estatura.
Sí. Cuando ya salíamos, se me ocurrió decirle: "Tu grave problema es que te faltan veinte centímetros de altura". Fue espontáneo. Curiosamente, durante mucho tiempo fui el único periodista al que concedía entrevistas. Por un lado se consideraba amigo mío y por otro me tenía cierto respeto.
Dígame un personaje que le haya sorprendido en su carrera.
Muchos, pero destaco a Juanín Muñiz Zapico. Ideológicamente no tenía nada que ver conmigo, pero me impresionó su honestidad. Venía a menudo a mi despacho de "Asturias Semanal" y hablábamos de política. Era comunista, pero dialogante, sereno. Yo le decía que acabaría en el PSOE y no me llevaba la contraria.
Tuvo gran amistad con el expresidente Rafael Fernández
Me contó su vida, su exilio en México, su juventud política... Cuando terminó la dictadura, el PSOE prácticamente no tenía nada; todo cabía en una caja de zapatillas. Rafael tuvo que recomponerlo desde cero y luego sufrió una oposición interna muy dura, especialmente de los sectores encabezados por Villa, que acabaron apartándolo.
Hábleme de los otros presidentes.
Pedro de Silva fue el político que más veces entrevisté; me parecía honrado, con verdadera voluntad de hacer cosas por Asturias, pero tenía demasiados contrapesos internos. El poder de Villa seguía siendo enorme y condicionaba todo.
Después llegó Juan Luis Vigil.
Vigil era honesto, civilizado. Eso, paradójicamente, le generó rechazo dentro del partido. Viví con él una escena increíble con Fidel Castro, cuando en un viaje en Cuba se atrevió a decirle que debía abrir y democratizar Cuba. Recuerdo incluso que Fidel llegó a decir algo como: ‘A ver qué más cosas quiere decirme el presidente de los asturianos’. Fue lo último que dijo sobre él. A partir de ahí, no volvió a hablarle.
Trevín.
Su mandato fue breve, pero lo hizo bien, especialmente en las relaciones con países hispanos. Prestó mucha atención a los asturianos en el exterior.
Marqués tuvo muchos problemas internos.
También tenía buena voluntad, pero estuvo acosado desde el principio y no pudo con la situación.
¿Vicente Álvarez Areces y Francisco Álvarez-Cascos?
Tini era muy listo, maniobraba bien y tenía grandes proyectos para Asturias, sobre todo industriales. Pero muchas iniciativas se quedaron por el camino por la oposición interna y las luchas dentro del partido. Cascos era ambicioso y quería ser presidente. Su final político no fue bueno.
Faltan Javier Fernández y Adrián Barbón.
Creo que Javier Fernández fue uno de los mejores presidentes que tuvo Asturias. Ingeniero de minas, equilibrado, conocía bien la región. Si le hubieran dejado, habría hecho más. Se fue muy quemado. Barbón forma parte del PSOE actual, que vive en una crisis constante, con demasiados problemas y demasiada tensión interna.
¿Cómo fue capaz de entrevistar a Felipe cuando era Príncipe?
Hoy sería impensable, pero para mí fue relativamente fácil porque Sabino Fernández Campo (ovetense, que fue secretario general dela Casa Real) había sido amigo de mi padre. Teníamos una relación muy buena y lo llamé directamente. A partir de ahí se hizo la gestión sin demasiados problemas; no fue una negociación larga, duró alrededor de una semana. El contexto era delicado. Él estaba en una posición muy complicada, sometido a la figura de su padre y en una situación de espera. No podía permitirse salirse del discurso ni dar una imagen distinta a la que se esperaba de él. Eso se notaba: medía mucho las palabras.
¿Y al Papa Juan Pablo II?
Se anunció que iba a venir a Asturias y, unos meses antes me encontré con José Luis Novalín, que era director del Colegio de España en Roma y amigo mío. Le pregunté si habría alguna manera de ir a ver al Papa, ahora que iba a venir a Asturias. Me dijo que era muy difícil, porque tenía muchos viajes, luego descansaba unos días... La agenda estaba muy cerrada. Pero me dijo: ‘Llámame en febrero’. Y lo hice.
¿Y qué paso?
Un sábado yo estaba en el despacho de "La Hoja de Lunes", preparando cosas para el domingo y el lunes, y me llamó mi mujer para decirme: ‘Juan, que el lunes a las seis de la mañana tienes que estar en el Vaticano’. Fuimos José Luis Novalín, Mario Bango, que era presidente de la Asociación de la Prensa, y yo. Entramos en la sala de las audiencias, nos colocaron allí y, al poco tiempo, se abrió la puerta y entró el Papa sonriendo, hablando en castellano bastante bien. Ahí empezó la entrevista. El tiempo era limitado. Estuvimos charlando alrededor de un cuarto de hora. Hablamos de Asturias, de los montes de Asturias, de Covadonga, de los mineros. Yo, cuando entré y me vi allí, pensé: ‘Voy a contar esto y puede parecer que me lo invento si no hay fotos’. Pero detrás del Papa entró un fotógrafo del Vaticano y me hizo un gesto para que estuviera tranquilo. Hubo fotos.
¿A quién entrevistaría hoy?
A Trump. Es un personaje que esta loco y es imprevisible.
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