Opinión
Pedro de Silva y la Ilustración asturiana: la visión de Xuan Cándano sobre las memorias del expresidente asturiano
Una lúcida crónica de una época histórica en la que su autor es un protagonista relevante en calidad de político, escritor, historiador y asturianista

Pedro de Silva / Pablo García
Confieso que cuando César Iglesias me dijo, y luego detalló con precisión en las memorias dialogadas que firma con Pedro de Silva, que ve en el expresidente del Principado y en otro intelectual relevante, Juan Cueto, el último momento de la Ilustración asturiana, me pareció que exageraba. Y casi una muestra del grandonismo que combate en el libro, "Lo que queda a la espalda" (Trea). O sea, esa tendencia de los asturianos a sacar pecho ante los demás, que tuvo su esplendor en el desarrollismo franquista y que hoy está en franca decadencia, síntoma de los cambios de su sociedad.
Iglesias se basa en el relato del propio Cueto, que comenzaba con la "Ilustración canónica" de Jovellanos, Campomanes, Flórez Estrada y otros pensadores del siglo XVIII, continuaba con el regeneracionismo de Leopoldo Alas "Clarín" y el Grupo de Oviedo de finales del XIX, y finalizaba con el proletario del XX vinculado a las ansias de instrucción del movimiento obrero. Iglesias prolonga el fenómeno hasta la Transición, a finales de los 70 y principios de los 80, en donde sitúa el último episodio ilustrado asturiano con dos escritores y ensayistas que eran amigos y compartieron aventuras, proyectos e inquietudes.
Pero el propio Juan Cueto se lo rebatía, aunque con el humor y la ironía que destilaba siempre. César le preguntó, muchos años después, si la cuarta ilustración asturiana era la suya compartida con Pedro de Silva. La respuesta de Cueto es uno de los momentos más deliciosos del jugoso prólogo de César en el libro:
–Echó una calada a la señorita, atusó el bigote, largó una sonora carcajada y espetó: "Lo nuestro era enredar". (…)
Según fui avanzando en el libro, que me enganchó desde la primera línea, Pedro de Silva me fue enredando con su palabra transcrita y César con su tesis audaz, hasta caer rendido al final de la lectura. Pude haber caído antes: el libro, un llibrón, tiene casi mil páginas en letra pequeña y pesa un kilo setecientos gramos. Moverte con él por casa tiene sus peligros: es pura consistencia física, tanta como la intelectual.
Publicar hoy un libro así, en estos tiempos líquidos y superficiales, de lecturas rápidas y frívolas, parece una provocación y una desmesura. Pero la osadía ha sido recompensada. "Lo que queda a la espalda" no es solo la lúcida crónica de una época histórica, en la que su protagonista juega un papel relevante, sino una guía apasionante para comprender mejor el mundo, de lo local a lo global: las estructuras de poder, los cambios sociales y los comportamientos humanos. Todo ello a través de la biografía, las opiniones, los retratos de los demás y las reflexiones de Pedro de Silva, un hombre culto y polifacético, que en el libro aparece en cuatro facetas: político, escritor, intelectual y asturianista.
Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos es un socialdemócrata clásico, con firmes convicciones tanto en los valores democráticos como en las reformas sociales. Un izquierdista moderado que llegó al marxismo por las lecturas y la observación de la realidad. Sigue siendo marxista. Ve en el marxismo un buen método de análisis absolutamente vigente, aunque no lo está el mundo del siglo XIX en el que surgió, el del proletariado como motor de la revolución y las grandes masas obreras. También deplora los errores y las consecuencias de lo que se llamó "socialismo real".
Nacido en una familia acomodada y de gran raigambre histórica en Xixón, emparentada con Jovellanos por vía materna, Silva fue uno de aquellos jóvenes antifranquistas de origen burgués que rompieron con la tradición política conservadora de sus familias y se alinearon con la izquierda y el movimiento obrero, entonces combativo y con gran protagonismo social. En su madre, María Jesús, ve Pedro "la Transición hecha mujer". "La he visto tirar besos a Franco en el televisor, luego a Adolfo Suárez y después a Felipe González", recuerda en "Lo que queda a la espalda".
Su actividad política clandestina se inició en el antifranquismo, antes de acabar la carrera de Derecho. Fue "compañero de viaje" del PCE como tantos otros opositores a la dictadura que veían en aquel partido, el único que hacía frente al franquismo con una organización seria e influyente, una fórmula eficaz de resistencia. Pero siempre observó en el ideario comunista sectarismo y fundamentalismo, aunque nunca dejó de admirar a su militancia y el papel de su partido en aquellos años, por lo que jamás fue un anticomunista.
Tras la breve existencia de la Democracia Socialista Asturiana (DSA), el pequeño partido de socialistas asturianistas que fundó, su recalada en el Partido Socialista Popular (PSP) fue natural. El de Enrique Tierno Galván era un partido de profesores y profesionales marxistas de origen burgués, había bromas porque se decía que allí no había más obrero que el que salía en un cartel electoral. De Silva y sus camaradas asturianos consiguieron en el PSP autonomía de Madrid, la misma que solicitaban para Asturias, y en las siglas del partido se añadía la A.
Asturias y las alas de la mariposa. De Silva fue el primer presidente de la autonomía asturiana elegido en las urnas en 1983 porque estaba destinado a ello: era el gran autonomista del PSOE asturiano (FSA), en el que se integró el PSP tras el fracaso electoral de 1977. Uno de los pocos asturianistas, junto a Xuan Xosé Sánchez Vicente, que también procedía del PSPA. En el PSOE nunca dejaron de considerarlo un advenedizo, un verso suelto, un pensador con gran formación, pero ajeno a las corrientes y enredos de los partidos. Incluso ahora, aunque sea un militante disciplinado.
A la presidencia del Principado llegó con el placet de José Ángel Fernández Villa, ya hombre fuerte y caudillo del SOMA-UGT y la FSA. Pero no le condicionó su gobierno, formado por jóvenes profesionales como Silva, progres sesentayochistas con pasado antifranquista, y jipi en algún caso, educados en los grandes colegios privados asturianos. El presidente en el de los jesuitas de Xixón, muchos de sus compañeros en el gabinete y en los núcleos del poder socialista asturiano en el colegio de los dominicos de Oviedo, una cantera de futuros cuadros políticos en los años 60.
Silva llegó a la presidencia con un manual propio de instrucciones, un libro ("Asturias, realidad y proyecto") en el que exponía en 1981 su idea sobre su tierra, la autonomía y las reformas a abordar, algo insólito en la política española. Hoy, con la perspectiva y la distancia que da el tiempo, hay un cierto consenso en considerarlo el mejor presidente asturiano. Con Bernardo Fernández, su mano derecha en el gobierno, puso en marcha la administración autonómica absorbiendo a la antigua Diputación franquista, una tarea difícil saldada con el éxito. En todas las áreas intentó poner en marcha un proyecto global de largo recorrido, una idea de Asturias que se fue diluyendo con sus sucesores. Una autonomía vertebrada, una mariposa con dos alas y un cuerpo central dispuesta a echar a volar. En urbanismo hubo una primera ordenación racional y a esa época debemos la protección de la costa, la mejor en España. En la zona rural también hubo grandes avances, incluyendo la elemental electrificación. Su gobierno llevó la lengua asturiana a la escuela.
La política industrial, de la que Silva era un gran especialista, como había demostrado como diputado en el Congreso de los Diputados, fue su gran problema y un quebradero de cabeza. Era la época de las reconversiones impuestas desde el Estado en los sectores básicos de la economía asturiana, la minería, la siderurgia, el sector naval y el campo. Todas a la vez, un plan de choque brutal en una autonomía con un viejo modelo económico en recesión, único en España, el de la primera industrialización.
Pedro de Silva no cuestionaba las reconversiones inevitables, que en el caso de la minería suponía la desaparición, sino el ritmo que se imponía desde Madrid y la marginación del sector público en la reindustrialización. "En aquella Asturias todavía tenía más prestigio montar una huelga que una empresa", dice en el libro. Esas discrepancias distanciaron a Silva con Felipe González y Alfonso Guerra, aunque nunca llegaron al enfrentamiento público, porque el presidente asturiano siempre mantuvo la fidelidad al gobierno central y al PSOE.
En su segundo mandato de la distancia se pasó al definitivo alejamiento cuando Pedro de Silva pidió la ampliación competencial que marcaba el estatuto, la vía diferida que él mismo inventó y que luego sería secundada por el resto de las autonomías de la vía lenta. Reclamó Educación y Sanidad y obtuvo el silencio como respuesta. Ante tal desplante, anunció que no seguiría en la presidencia al acabar el mandato, sin explicar públicamente las causas. Desde entonces Guerra, que era su interlocutor en el gobierno central, no se le volvió a poner al teléfono. Felipe González, ya endiosado y objeto de culto en el PSOE, ni le contestaba a las aportaciones por escrito, muy elaboradas, sobre su propuesta de Estado federal. Silva piensa que ni Felipe González ni Alfonso Guerra entendieron nunca la pluralidad de España y la necesidad de un modelo territorial adecuado a ella.
Si Felipe González y Alfonso Guerra pretendían humillarlo, Pedro de Silva no se dio por enterado. En "Lo que queda a la espalda" no les pasa factura. No ahorra críticas, pero también valora lo que considera contribuciones de los sevillanos a la modernización de España. En realidad en el libro, donde aparecen citadas decenas de personas, muchas con un retrato prolijo, Silva no habla mal de nadie. "Ye un combayón", diría un paisano asturiano, sin que parezca que haya muchos argumentos para rebatirlo. Pero también hay que recordar que se trata de un burgués ilustrado de formas exquisitas, un hombre educado que rehuye el rencor y las malas formas. Una buena persona, por tanto, algo que puede ser un problema en la jungla de la política. Un gran problema tiene la vida pública cuando sus protagonistas están obligados a familiarizarse con los codazos, las intrigas y las ambiciones desmedidas.
Tras ocho años en la presidencia Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos dejó la política y se reincorporó a su despacho, que heredó de su padre, Pedro de Silva Sierra, un abogado prestigioso y muy respetado en Xixón. Un reto, pero no una decisión traumática. Al ya expresidente le gustaba ejercer la política para desarrollar sus ideas y sus proyectos. Y tenía una clara idea de Asturias en la cabeza. Pero no se puede decir que tuviera vocación política, tal y como entendemos (y padecemos) ese término. Su vocación era la de escritor, a la que empezó a dedicar más tiempo y atención, compatibilizando esa tarea con el trabajo en el bufete. No se trata de un político metido a escritor, sino de un escritor que se dedicó unos años a la política.
Una desastrosa gestión editorial. Desde el poemario "La ciudad", de 1973, hasta "Ella", una novela aparecida en 2022, Pedro de Silva ha publicado casi una treintena de libros y tiene más de una docena que permanecen inéditos. Son libros de poesía, narrativa, ensayo y teatro. Tiene reconocimiento como poeta, también del gran público con los ensayos, algunos ya obras de obligada referencia. "El regionalismo asturiano", de 1976, influyó decisivamente en la sociedad asturiana y el pensamiento político, no solo en el asturianismo. "Las fuerzas del cambio" es un título imprescindible para entender el 23-F, que De Silva presenció desde su escaño en el Congreso, y ya alude en 1996 a la responsabilidad del Rey Juan Carlos I en fracasado golpe de Estado. "El rector", una de sus tres obras teatrales publicadas, sobre el fusilamiento de Leopoldo Alas Argüelles, fue mucho más que un éxito apoteósico cuando se estrenó en 2014: supuso saldar la deuda que Oviedo tenía con un intelectual republicano vilmente asesinado por el franquismo porque representaba lo que más detestaba: la cultura y la inteligencia al servicio del pueblo.
Lo que se le resiste a Pedro de Silva es la narrativa, aunque a partir de los años 90 publicó con grandes editoriales libros que tuvieron proyección nacional. Con "Kurt" ganó en 1998 el XX Premio La sonrisa vertical de literatura erótica. Pero no faltaron conflictos y desencuentros en un mundo en el que el gijonés no se encuentra cómodo. "Mi gestión editorial en la narrativa ha sido un desastre, era un mundo del que no sabía nada ni en el fondo he aprendido nunca", dice en "Lo que queda a la espalda".
En estas memorias compartidas, Pedro de Silva sostiene que "la fortaleza literaria" y la excelencia consisten en poner el estilo "al servicio del contenido". "¡La gran literatura es eso y su premisa es tener algo que decir, si no tienes mucho al regodearte en el estilo lo cargas, te vuelves cargante!", señala. Pero precisamente por ello tuvo De Silva diferencias, reticencias y rechazos por parte de editoriales y críticos ya desde la aparición en Alfaguara de "Dona y Deva", su primera novela de proyección nacional, publicada en 1995, en la que le apuntaron como un problema "su complejidad y excesivo peso filosófico". Compartía esa opinión como lector el exministro y eminente jurista Aurelio Menéndez, que animaba a su amigo Pedro de Silva a escribir "una novela normal".
Un país sin estrellas. En su vertiente intelectual, como ensayista, pensador y analista, Pedro de Silva está entre los más brillantes en lengua española, incluso en los pequeños artículos diarios que publica desde hace treinta años en este periódico: reflexiones y descripciones de todo tipo, actualidad, política, medio ambiente, filosofía, vida cotidiana, Asturias... con marcado estilo literario a menudo, no exento de lirismo en ocasiones. Es un orador brillante, con absoluto control del ritmo y las pautas. Su alejamiento y su actitud crítica con Madrid, con el reaccionario nacionalismo españolista y la endogamia centralista, donde este federalista ve desde la periferia uno de los grandes problemas de España, no contribuye precisamente al reconocimiento de sus aportaciones al pensamiento contemporáneo.
"Lo que queda a la espalda" está plagado de estas aportaciones. Por destacar una, a la gran pregunta en el siglo XXI, la causa de que en las capas populares esté penetrando con éxito la extrema derecha en auge, Silva aporta una respuesta interesante:
- En su acepción marxista el proletariado se asocia al industrial, de cuya situación, formando masa con los explotados en la fábrica, el gran taller, la mina, viene su fuerza. Cuando eso se va acabando, los proletarios antes fuertes quedan inermes. Las reacciones contra eso son siempre defensivas y solo se combaten con información y análisis, algo nada fácil, porque son respuestas espontáneas del regreso al mundo que había, del que se ven desalojados por la tecnología, las medidas ambientales, la integración supranacional, la emigración y hasta el empoderamiento femenino. No son traidores a la clase de la que proceden, es que esta casi ha desaparecido. La izquierda no ha sabido facilitar a sus huestes una reconversión paralela a la industrial que los mandaba a casa, aunque fuera con buenas pensiones.
En relación al asturianismo de Pedro de Silva creo que los asturianos tenemos un privilegio, o más bien podemos presumir de la continuidad de una corriente de pensamiento, la línea legitimista la llama Emilio Marcos Vallaure, que viene del siglo XVIII, la de la primera Ilustración asturiana, con Jovellanos en vanguardia. El polígrafo gijonés estaría orgulloso de que uno de sus descendientes fuese el primer presidente de la autonomía asturiana votado por su pueblo, aplicando además en su gobierno muchas de sus ideas y guiándose por sus valores morales. También que cultivara como él todos los campos del saber con un gran amor a Asturias. Sin atávicos chauvinismos, sino con el espíritu de lo que Juan Cueto llamaba "glocal", el inevitable y natural tránsito de lo local a lo global.
De Silva ve a Asturias como un pequeño país entre la mar y las montañas, en el que "el sol manda poco y las estrellas apenas se ven", aunque sus propios habitantes no reparen en ello, por indolencia o por el desconocimiento de su propia historia, donde ve la mayor de sus fortalezas. "El pasado pasa pero nunca se va muy lejos", señala. Sus descripciones sobre Asturias y los asturianos en el libro con César Iglesias son mágicas, bellísimas y a la vez rigurosas y racionales, ya que se basan en la observación y las lecturas de un asturiano que a sus ochenta años sigue pateando su tierra, sus montañas, sus bosques y sus costas. Es una Asturias en la que, como en su naturaleza, la cultura popular, la lengua o la toponimia, pervive un pueblo pagano, periférico, belicoso, ganadero, al que "su poco aprecio por el comercio hace hermético e intransitivo", inclinado a lo coral, como muestran la sidra y la música popular, débilmente romanizado y cristianizado, un proceso este último "que solo triunfa cuando la Roma papista le encaja la mitra a un druida, como San Patricio".
Libro de retratos de los demás, "Lo que queda a la espalda" es también uno del expresidente en el que no oculta sus debilidades, No disimula su ego, que comparte con prácticamente todas las personas de proyección pública, y dice que ha logrado domar la ambición y la competividad, para lo que valora la inestimable ayuda de su esposa, la jueza Belén García Iglesias. También reconoce algunos excesos dialécticos. "Disculpa la ampulosidad, seguramente podría decirse de modo más sencillo", le llega a decir a César Iglesias.
Tampoco oculta sus aparentes contradicciones, porque no se sabe bien lo que pinta un socialdemócrata en los consejos de administración, fundaciones o patronatos de empresas como el Banco de Asturias, Hidrocantábrico, Telecable o la Universidad Nebrija, aunque De Silva entiende que no es más que una actividad profesional absolutamente legítima que no limita su independencia.
Lamenta además que en España apenas haya "independientes, ni en la política, ni en la empresa, ni en el Estado, incluidos los organismos reguladores, lo que es gravísimo, ni en la función pública ni en la cultura ni en el mundo académico. En su lugar hay sectas, grupos de opinión y de presión, grupies de filias y fobias, contubernios de larga duración, redes de intercambios de favores y de bombos. Es una enfermedad terrible de la sociedad española".
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