Cuando el último sostén se va: Cuba ante el vacío venezolano
Sin el apoyo de Caracas, el régimen no colapsará, pero entrará en una de las peores crisis de su historia, tan grave que será difícil de superar

Una estación de servicio este lunes en La Habana (Cuba). | EFE

La historia no avisa cuando cierra un ciclo. Simplemente, un día, el andamiaje se detiene y lo que parecía eterno comienza a tambalearse. Para Cuba, ese anclaje ha sido, durante más de seis décadas, una sucesión de aliados externos que compensaron sus carencias internas. Primero la Unión Soviética. Luego, en una etapa más difusa pero igualmente decisiva, Venezuela. En los márgenes, Irán y China. Hoy, el abanico se pliega con las amenazas de Donald Trump sobre la mesa.
Hay un simbolismo casi literario en ese duelo callado que despierta ahora entre el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, y Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, hijo de exiliados, ambos descendientes de asturianos, ubicados en orillas opuestas de la historia cubana. Dos trayectorias nacidas del mismo origen migrante, pero separadas por un abismo político. No es un duelo personal: es el reflejo de una nación partida.
Cuando la URSS se "desmerengó" (en palabras de Fidel Castro) la isla entró en el "período especial", una crisis que redefinió y marcó a toda una generación. La diferencia es que entonces había una revolución relativamente joven y una sociedad menos agotada. Hoy, Venezuela se aleja ante un país exhausto, envejecido, cansado de carencias y penurias, con varias generaciones que nunca han vivido en democracia, con una población que ya no cree en sacrificios sin horizonte.
Venezuela no fue un aliado más. Fue el sustituto funcional de la URSS: petróleo subvencionado, créditos políticos, respaldo diplomático y una alianza ideológica filial. Hugo Chávez hizo bandera de su veneración por Fidel Castro, a quien llamó padre, maestro y guía espiritual. El chavismo fue la extensión del proyecto cubano en América Latina. Caracas sostuvo a La Habana cuando el mundo ya no lo hacía.
Si ese sostén desaparece –ya sea por un cambio de régimen, una implosión interna o una retirada forzada– Cuba no colapsará, pero entrará en una de las peores crisis de su historia, tan grave que será difícil de superar.
Y es que la perla del Caribe, tan querida para Asturias y el resto de España, depende de Venezuela para funcionar. Sin petróleo subvencionado, el país queda atrapado en un círculo vicioso: apagones más largos, menor producción, más escasez y mayor malestar social.
Los envíos puntuales de combustible desde México o Rusia, insuficientes, inestables y caros, no son subsidios: son transacciones que exigen divisas que Cuba no tiene. El mercado internacional tampoco ofrece alivio bajo sanciones, costos de transporte elevados y seguros prohibitivos. Las energías renovables –solar y eólica– son una promesa a largo plazo, irrelevantes para una crisis inmediata. No moverán las guaguas; no reactivarán la industria moribunda ni iluminarán los hospitales.
El turismo no recupera los niveles prepandemia; la infraestructura está deteriorada y la competencia regional es feroz. Los servicios médicos aportan ingresos, pero enfrentan crecientes cuestionamientos políticos y legales. Las remesas que llegan principalmente de Estados Unidos, alivian a las familias, no al Estado. Ninguna de estas vías sustituye el petróleo venezolano.
China sigue siendo un actor clave, pero su relación con Cuba es pragmática, no ideológica. Pekín aporta créditos, donaciones, cooperación técnica, respaldo político contra el embargo y proyectos en energías renovables, salud y tecnología, pero no subsidia revoluciones ajenas. No regala petróleo ni sostiene economías sin garantías. China puede ayudar a administrar la escasez, no a eliminarla.
Cuba sabe qué reformas necesita: apertura real al sector privado, eliminación de trabas a las pymes, libre mercado, autonomía empresarial, seguridad jurídica para la inversión extranjera. El problema no es técnico, es político.
Reformar de verdad implica perder ese control que el régimen ejerce sobre el país desde 1959. El sistema cubano, históricamente, ha preferido el empobrecimiento colectivo a ceder el poder. Sin cambios profundos, el escenario más probable es el de resistencia prolongada: apagones crónicos, escasez estructural, migración masiva y economía estancada
En este contexto, no es casual que voces opositoras como la de José Daniel Ferrer hayan llamado a la rebeldía en las calles. Más que protestar, se trata de romper el miedo. Las preguntas que circulan –"¿y cuándo vienen por Canel?"– no hablan tanto de una intervención externa como de una esperanza desesperada: que algo, lo que sea, rompa la inercia. El exilio de Miami observa con emoción contenida. No tanto por revancha, como por los que no pudieron volver. Por las vidas suspendidas, por las familias rotas, por una isla que envejeció esperando.
José Martí, apóstol de la patria cubana, escribió que la libertad es cara, y que hay que decidirse a pagar su precio o resignarse a vivir sin ella. Cuba lleva décadas pagando el precio de no elegir. Y cuando las excusas se agotan, la historia, esa a la que Fidel confiaba su absolución, vuelve a llamar a la puerta.
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