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PASAJES DE "CRÓNICA DE LA TRANSICIÓN EN ASTURIAS (1975-1983)"

Adolfo Suárez: "No estoy de acuerdo con el aborto"

"Soy progresista porque defiendo la reforma fiscal y siempre hice la declaración de la renta en regla", dice el presidente del Gobierno

Adolfo Suárez, en el centro.

Adolfo Suárez, en el centro. / LNE

El Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) acaba de editar el libro «Crónica de la Transición en Asturias (1975-1983)», que da un hilo conductor a las crónicas políticas publicadas en LA NUEVA ESPAÑA, durante el citado periodo, por José Manuel Vaquero, actualmente consejero de Editorial Prensa Ibérica, grupo al que pertenece este periódico. La obra se presentará el próximo lunes, día 19, en el Club LA NUEVA ESPAÑA por los directivos del RIDEA Ramón Rodríguez y Javier Junceda, junto con la directora general de este periódico, Ángeles Rivero.

1978: Una entrevista muy peculiar con el jefe del Ejecutivo

El presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, se autocalificó de progresista, por defender la reforma fiscal, y de consevador, por oponerse a legalizar el aborto, en una entrevista exclusiva con José Manuel Vaquero, recogida en "Crónica de la Transición en Asturias(1975-1983)".

En aquella curiosa entrevista, Suárez comentó de forma jocosa que había decidido legalizar el PCE el Sábado Santo porque durante esos días los militares solo podrían dar un golpe de Estado desfilando en bañador por las playas del Mediterráneo. El golpe se produciría el 23-F de 1981. El Presidente criticó en aquella ocasión al catedrático Enrique Fuentes Quintana, que había sido su ministro de Economía y artífice de los Pactos de la Moncloa, por su falta de decisión, aunque reconocía su enorme categoría como científico y como docente.

En la primera quincena de mayo de 1978, recibí sendas llamadas de Francisco Fernández Ordóñez, el ministro de Hacienda que impulsó la reforma fiscal en España, y de Arturo Moya, entonces diputado de UCD por Granada y consejero de Adolfo Suárez, ofreciéndome una entrevista con el presidente del Gobierno. Era una oportunidad que no podía rechazar, pero que me creaba dudas porque se producía al final de la campaña para elegir al sustituto de Wenceslao Roces, senador comunista que había dimitido.

El ofrecimiento me parecía un regalo un poco envenenado, porque tenía un tinte claramente electoralista. Con esas dudas, me dirigí a La Moncloa, donde me recibió Fernando Ónega, jefe de prensa de Adolfo Suárez. Fue un recibimiento amable, pero en cierto modo también sorprendente: me dijo que no había entrevista, pues el Presidente no las concedía, pero que estaría encantado de hablar conmigo. Adolfo Suárez me acogió con una simpatía desbordante, pero me confirmó que la conversación que tuviéramos no podía ser una entrevista publicable. Tenía a su lado una esfera enorme que me pareció una metáfora de su enorme ambición.

Lo que ocurrió en aquel encuentro se publicó el 14 de mayo de 1978. Era el resultado de sentimientos muy encontrados. Por una parte, el temor a que el periódico fuera utilizado en plena campaña electoral y, por otra, era muy difícil, por no decir imposible, deslindar lo que pudiera ser publicable de aquello que debería quedar limitado a una conversación privada porque el entrevistado lo había planteado así. Al final, publiqué lo siguiente:

Trataré de reflejar en estas líneas una aproximación a una larga conversación mantenida el pasado viernes, en La Moncloa, con el presidente del Gobierno, procurando revelar aspectos inéditos del personaje que dirige la política del país, sin caer en la tentación de inclinarme ni hacia la crítica ni hacia el elogio. Esta información será sólo –y nada menos– un relato de algunas de las cosas de las que habló el Presidente, y de otras, de alguna manera insinuadas, y el resultado de una cierta intuición que inevitable y necesariamente aporta siempre el periodista.

La víspera, el Presidente había remodelado el comité ejecutivo de UCD y aquel mismo día por la mañana había presidido el Consejo de Ministros que acordó la desprivatización del Metro de Madrid.

Eran ya las ocho de la tarde y muchos de los hombres del Presidente habían iniciado el éxodo del fin de semana. A Suárez le quedaban aún muchas horas para leer los informes que le habían preparado los responsables de los distintos Ministerios.

Iniciemos la crónica con una duda sobre su tarea concreta del jueves. ¿Solucionó realmente la crisis de UCD? El presidente respondería con una pregunta: "¿Hubo realmente crisis en UCD?". Es posible que la crisis no haya tenido la dimensión que se le ha dado en la prensa, porque UCD es el efecto y Suárez la causa. Para que haya crisis en UCD, debe haber crisis en Suárez. Al Presidente no parecen preocuparle demasiado las ideologías y agradecería que no le sitúen ni en la izquierda ni en la derecha. "Soy de centro –afirmó– y no es cierto que me haya declarado de centroizquierda en alguna ocasión". Sus coordenadas son: progresista en la reforma fiscal –"¿Cómo no voy a serlo, si siempre hice la declaración sobre la renta en regla?"– y conservador en otros temas, como el aborto –"Con el aborto no estoy de acuerdo, aunque me digan que soy de derechas"–.

Quienes conocen a Suárez destacan de él su capacidad de seducción. La ha utilizado con Carrillo, con Fuentes Quintana, con la Iglesia, con la Banca y con los militares.

Suárez envió a don Juan Carlos un proyecto de cómo podría hacerse el cambio político en España, dos años antes de la muerte de Franco. Empleó sus dotes de persuasión para convencer a la clase política de que sería más útil al país un Gobierno de "penenes", arriesgándose a prescindir del trío aparentemente más liberal del Gobierno anterior: Areilza, Fraga y Garrigues. En sus primeros contactos para formar este Gobierno sólo le dieron calabazas Enrique Fuentes Quintana y Manuel Varela. Al poco tiempo de haberse decidido el profesor Fuentes Quintana a ser vicepresidente de Asuntos Económicos, comenzó a entrarle la angustia de pensar que se había equivocado al aceptar lo que tantas veces había rechazado a lo largo de su vida. Suárez le convencía en La Moncloa de que no debía dimitir, pero no tardaba en volver a manifestar sus deseos de abandonar el Gobierno, fundamentalmente porque su carácter humanitario le impedía aplicar las medidas sugeridas por sus informes, que eran insuperables, pero que en algunos casos acarreaban como contrapartida el incremento del paro.

Una de las preocupaciones fundamentales de Suárez al llegar a la presidencia fue la de separar el Estado y el Gobierno (unidos en vida de Franco en la misma persona) con la finalidad de facilitar a la izquierda las cosas para que hicieran una política nacional dejando de atacar al Estado.

Los militares han comprendido las razones del cambio político y la Banca está dispuesta a aceptar que se termine con los circuitos privilegiados de financiación, según el Presidente.

Aunque no lo haya manifestado así, su más certera definición de ese centro en el que pretende situarse Adolfo Suárez sería esta: "El centro soy yo". A este hombre, que se considera un chusquero de la política y que le molesta que le digan que ha cambiado de chaqueta por haber protagonizado activamente el cambio de régimen después de haber sido gobernador civil y secretario general del Movimiento, pasando por todos los cargos intermedios, le agrada recordar con cierto regodeo y autocomplacencia las carcajadas, las protestas y los cabreos que provocó su nombramiento como presidente del Gobierno al cesar Arias Navarro.

Suárez no tiene inconveniente en confesar que su gran pasión es el poder, con el que ya soñaba cuando estudiaba su primer curso de Derecho, como recuerda muy bien José Ferrer, compañero suyo de curso, a quien le hizo en un libro de texto una dedicatoria que termina así: "…de tu buen amigo, el futuro presidente del Gobierno".

El paso del tiempo y los ascensos en el escalafón le concretaron sus objetivos: ministro con Franco y presidente con el Rey, porque nunca se declarará republicano ni ambicionó ser presidente de la III República española. Su erótica del poder se encuentra plenamente colmada, pero, con más moral que el Alcoyano, pretende continuar ciento siete años en La Moncloa.

Dicho sea con todo el respeto y sin la menor intención de halago o de mofa, quizá no fuera una exageración afirmar que aún le queda algo de franquista y que en la adaptación de la política concreta a la realidad concreta hasta podría tener algo de leninista. No cree demasiado en los políticos, y posiblemente, tampoco en los partidos, pero en su situación concreta necesitaba inventar uno para permanecer al frente del Gobierno. El invento ha sido UCD.

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