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PASAJES DE "CRÓNICA DE LA TRANSICIÓN EN ASTURIAS (1975-1983)"

Gerardo Iglesias sucede a Santiago Carrillo como secretario general del PCE

Estuvo en la cárcel con Fernández Inguanzo, que lo quería como a un hijo

Era el responsable de avisar a los "fugaos" en el monte de la llegada de la Guardia Civil

Horacio Fernández Inguanzo, Gerardo Iglesias y Berto Barredo, todos ellos dirigentes del PCE, a la izquierda de la imagen, en 1980.

Horacio Fernández Inguanzo, Gerardo Iglesias y Berto Barredo, todos ellos dirigentes del PCE, a la izquierda de la imagen, en 1980.

El Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) acaba de editar el libro «Crónica de la Transición en Asturias (1975-1983)», que da un hilo conductor a las crónicas políticas publicadas en LA NUEVA ESPAÑA, durante el citado periodo, por José Manuel Vaquero, actualmente consejero de Editorial Prensa Ibérica, grupo al que pertenece este periódico. La obra se presentará el próximo lunes, día 19, en el Club LA NUEVA ESPAÑA por los directivos del RIDEA Ramón Rodríguez y Javier Junceda, junto con la directora general de este periódico, Ángeles Rivero.

1982: Cuando se produjo un relevo muy asturiano al frente de un partido clave

Después de desprenderse de sus rivales en la Conferencia de Perlora, Gerardo Iglesias fue elegido secretario general del PCE (1982-1988) para sustituir a Santiago Carrillo, titular del cargo desde 1960 a 1982, un personaje clave en el comunismo español durante la Guerra Civil, el exilio y la transición a la democracia. Probablemente no hizo el papel de títere que Carrillo esperaba de él y ambos acabaron enfrentados, hasta el punto de que Carrillo fue expulsado del partido y creó en 1985 el Partido Comunista de los Pueblos de España. Iglesias, que había sido nombrado coordinador general de Izquierda Unida en 1986, renunció a todos sus cargos en 1989 y pidió su reingreso en Hunosa como minero. Su espectacular ascenso como secretario general del PCE es comentado por el periodista José Manuel Vaquero en LA NUEVA ESPAÑA del 7 de noviembre de 1982 y reproducido en "Crónica de la Transición en Asturias (1975-1983)".

La elección de Gerardo Iglesias como sustituto de Santiago Carrillo al frente del PCE constituye solo una sorpresa relativa para quienes le conocen. Iglesias es comunista desde la infancia, trabajador infatigable, buen organizador, autodidacta, ambicioso y, sobre todo, de la confianza máxima de Santiago Carrillo. Un comunista de Mieres sustituye a uno de Gijón en la secretaría general del PCE en una apuesta aparentemente continuista, sin duda, controlada por Carrillo.

Gerardo Iglesias nació en una familia de comunistas y es, como él mismo afirma, comunista desde su llegada a este mundo. Ya de muy pequeño escuchaba con atención en su casa de La Cerezal (Mieres) a los guerrilleros que luchaban contra el anterior régimen en los montes asturianos. En muchas ocasiones, el "guaje", como se le conocía cariñosamente, era el responsable de avisar a los pocos comunistas que quedaban en esta región de la llegada de la Guardia Civil.

En 1960, cuando tenía quince años, Gerardo Iglesias se afilió al PCE y comenzó a trabajar de picador en el pozo "El Fondón". Estuvo en la cárcel con Horacio Fernández Inguanzo, líder histórico del comunismo asturiano, que le quiso siempre como a un hijo. De secretario general de CC. OO. saltó al máximo cargo de dirección del PCE en Asturias en la tercera conferencia regional del comunismo asturiano, celebrada en marzo de 1978 en Perlora. Allí saltaron por primera vez, con una estridencia inusitada, las tensiones acumuladas por el partido en los años de la transición democrática.

La crisis, que más tarde se agudizaría de forma espectacular en Asturias y en otras regiones españolas, tiene su origen en Perlora. La muerte en accidente de tráfico de Juan Muñiz Zapico, el asturiano del proceso 1.001, un hombre aceptado sin reservas por todo el partido, dejó al descubierto las tensiones internas que se materializaron en una lucha por el poder entre los sectores "oficialistas", encabezado por Gerardo Iglesias con el respaldo de Horacio Fernández Inguanzo y con el de Santiago Carrillo, desde Madrid, y el disidente, de una enorme heterogeneidad compuesta por soviéticos y socialdemócratas, cuyo aglutinante era la abierta crítica hacia la dirección del partido, acentuada por el procedimiento empleado por Santiago Carrillo para eliminar del programa del PCE el marxismo-leninismo.

El abandono de la conferencia de Perlora protagonizado por más de cien delegados, con Vicente Álvarez Areces a la cabeza, fue noticia de primera página en la prensa nacional.

La conferencia de Perlora marcó el comienzo de una etapa enormemente conflictiva en el PCE de Asturias que fue seguida de un proceso de expulsiones y bajas voluntarias que acabó alejando del PCE a los sectores más intelectualizados. El PCE, que mantiene una importante implantación en las cuencas mineras, acaba de sufrir un nuevo castigo electoral en los comicios del 28 de octubre.

El líder indiscutible hoy del comunismo asturiano es Gerardo Iglesias, persona que despierta grandes fobias y filias. Con un grupo parlamentario muy escaso fue capaz de desarrollar un importante activismo en el desaparecido Consejo Regional hasta el extremo de que Rafael Fernández y el PSOE se vieron obligados a abordar una remodelación de aquel organismo con la única finalidad, naturalmente no declarada, de limitar el margen de maniobra de Iglesias, quien en ocasiones había conseguido someter al PSOE a un auténtico acoso; con la entrada en vigor de la autonomía, tuvo su principal éxito en forzar la formación de un Gobierno de izquierda con un consejero comunista, pese a las resistencias del PSOE.

Últimamente, la presencia de Gerardo Iglesias en la vida pública asturiana decayó considerablemente como consecuencia de lo que parecía su ascenso anunciado a un alto cargo en la dirección de Madrid del PCE, cuyos tumbos presagiaban cambios drásticos, al menos de cara al exterior, para tratar de tranquilizar al electorado comunista, cada día más decepcionado.

Gerardo Iglesias, expicador, seguro de sí mismo, autodidacta, muy hábil, con cierto encanto para la derecha (Juan Luis de la Vallina, Isidro Fernández Rozada y Emilio García-Pumarino tienen gran estima por él) es un político del que no se puede decir, sin caer en el error, que no sabe lo que quiere.

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