Un lío de patio de colegio y la pelota en medio de la polémica: ¿qué está pasando con el fútbol en los colegios asturianos?
La prohibición al fútbol en un centro de la Pola enciende un debate
La asociación de padres "Miguel Virgós" defiende regularlo porque "los patios son lugares inclusivos, no monotemáticos"
El experto educativo Fernández Río advierte del peligro de una medida tan radical como la tomada en Siero porque "prohibir nunca es la solución"

Un lío de patio de colegio y la pelota en medio de la polémica: ¿qué está pasando con el fútbol en los colegios asturianos? / LNE
El deporte rey, que parecía intocable, empieza a ser visto con otros ojos en algunos ámbitos. Bajo la premisa de "falta de espacio y la necesidad de garantizar la convivencia, la seguridad y la inclusión de todos los niños y niñas", el Colegio Público Celestino Montoto de Pola de Siero prohibía hace unas semanas el fútbol en el recreo. Un debate que llega al ámbito regional y dispara el debate entre madres, padres y educadores.
Lo ocurrido no es nuevo, pero sí ha vuelto a poner el foco en un asunto que llevaba años latiendo en silencio. En muchos centros escolares asturianos, especialmente aquellos con patios pequeños y un elevado número de alumnos, el fútbol se ha regulado desde hace tiempo.
Tras una pregunta del portavoz de Convocatoria por Asturies (IU-Más País-IAS), Xabel Vegas, la Consejera de Educación, Eva Ledo, explicó que se está actuando "conforme a la normativa vigente", ya que los colegios tienen autonomía para regular este tipo de cuestiones. "La autonomía de los centros permite adoptar experimentaciones e innovaciones pedagógicas y debe ser favorecida por las administraciones educativas", recalcó Ledo.
Desde la Asociación de Madres y Padres "Miguel Virgós", su presidenta, Gema Valdés, defiende que la medida responde a una realidad física y social ineludible. "Los patios son los que son", resume. Y en centros grandes, añade, el problema se agrava: muchos niños para un espacio reducido y un único momento al día para desconectar de las clases, comer algo y moverse.
El fútbol, explica Valdés, no es un juego cualquiera. "Ocupa gran parte del patio, desplaza otras actividades y genera situaciones conflictivas: balonazos, caídas o choques entre niños de distintas edades", reflexiona. "No es lo que se busca, pero pasa", reconoce. Por eso, desde hace años, la Consejería de Educación y los centros educativos impulsaron los llamados patios inclusivos, con actividades rotatorias, juegos alternativos y una regulación del uso del balón. También se incorporaron medidas como la sustitución del balón reglamentario por otros de gomaespuma para evitar daños.
Para la asociación "Miguel Virgós", el fondo del asunto es la convivencia. "Nuestros hijos no son únicos", insiste. El patio, dicen, también educa: enseña a compartir, a ceder espacio, a convivir con intereses distintos. "No podemos pedir patios inclusivos y luego ser monotemáticos", añade.
Prohibir no educa
Pero no todos comparten esta visión. Desde el ámbito académico, el catedrático de Pedagogía de la Universidad de Oviedo, Javier Fernández Río, introduce un matiz clave: prohibir, desde el punto de vista educativo, casi siempre es negativo.
"El recreo debe formar parte del proceso educativo", sostiene. No como una pausa sin normas, sino como un espacio de aprendizaje social. Para Fernández Río, el problema no es el fútbol en sí, sino la falta de organización. "No es algo nuevo, pero hay que enseñar a jugar, a organizarse, a respetar turnos y espacios", asegura.
En su análisis, la prohibición lanza un mensaje equivocado: equipara juego con castigo. "Prohibir no es una actividad educativa", subraya. El fútbol, recuerda, es un juego intenso, sí, pero también una potente herramienta de socialización. Excluirlo sin más puede generar frustración, especialmente en esos niños que encuentran en él su principal forma de expresión y relación.
Río apuesta por implicar a los propios alumnos en la gestión del patio: acuerdos, normas consensuadas, delimitación de espacios y tiempos. "Si no están acostumbrados, hay que enseñarles", insiste. Desde esta perspectiva, el conflicto no debería resolverse retirando el balón, sino dotando al recreo de un verdadero proyecto pedagógico.
La polémica asturiana pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿estamos ante una decisión aislada o ante el síntoma de un problema estructural? Patios pequeños, escasez de personal para dinamizar el recreo y una creciente regulación de la vida escolar. También aflora una tensión de fondo: el equilibrio entre garantizar espacios seguros e inclusivos y respetar el juego libre. El fútbol, además, arrastra un componente simbólico. Para muchos niños (y familias) no es solo un deporte, sino una forma de pertenencia. Para otros, es sinónimo de invasión, ruido y exclusión.
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