Vincenzo Penteriani, biólogo del CSIC: "El rechazo social hacia lobos y osos nace de una percepción exagerada del riesgo que supuestamente representan para las personas"
El relato falaz que asegura que hay ya demasiados ejemplares y que han aprendido a matar

Una hembra de oso pardo y una de sus crías, en una fotografía tomada en Asturias. En el círculo, Vincenzo Penteriani, con otra investigadoras analizando las marcas de osos en un árbol. | / V. Penteriani / CSIC
Vincenzo Penteriani
El oso pardo de la Cordillera Cantábrica no amenaza nuestras vidas. Pero este titular sí amenaza nuestra capacidad de pensar con serenidad. Y funciona: genera miedo, clics y conversación. Exactamente por eso lo he elegido, y por eso debería incomodarnos.
El rechazo social hacia osos y lobos no nace tanto de los hechos como de una percepción exagerada del riesgo que supuestamente representan para las personas. En este proceso, el papel de los medios de comunicación es clave: el miedo que generan suele ser desproporcionado en relación con la realidad.
La psicología humana lleva décadas mostrando que, cuando evaluamos riesgos, rara vez lo hacemos con la cabeza fría. Nos guiamos más por las emociones y los instintos que por un análisis racional de los datos. Tendemos a sobrestimar los sucesos dramáticos y llamativos, los que ocupan titulares, abren informativos y se repiten una y otra vez. Esta distorsión no es casual. Responde a un sesgo cognitivo común a todos los seres humanos. La cobertura mediática sensacionalista de accidentes, catástrofes o conflictos aislados refuerza este efecto y amplifica nuestra percepción del peligro hasta convertir hechos excepcionales en amenazas omnipresentes.
En el caso concreto del oso pardo, este sesgo se ve agravado por nuestra propia historia evolutiva. Durante miles de años, los humanos hemos convivido en conflicto con esta especie, y ese pasado ha dejado una huella profunda en forma de miedo instintivo. Basta un solo episodio conflictivo, por infrecuente que sea, para generar una atención mediática duradera que multiplica la sensación de amenaza y eclipsa cualquier dato objetivo.
Esta percepción inflada del riesgo tiene consecuencias muy reales. Influye en las decisiones de los gestores, condiciona el apoyo social a las políticas de conservación y dificulta la aceptación de mensajes educativos. Y aquí los medios vuelven a ser protagonistas. Reducir contenidos basados únicamente en la búsqueda de titulares ‘golosos’ y en opiniones de personas sin el conocimiento necesario para informar con rigor ayudaría a evitar miedos innecesarios y sin fundamento. De hecho, seamos honestos: muchos lectores no estarían leyendo estas líneas si el título no fuera deliberadamente sensacionalista.
Incorporar información basada en el conocimiento científico sobre el comportamiento del oso pardo y sobre cómo prevenir conflictos no solo aumentaría la seguridad de las personas, sino que facilitaría una convivencia más racional y duradera con el oso en la Cordillera. Ya va siendo hora de abandonar una información construida sobre especulaciones, emociones o intereses que presentan al oso como un ‘problema social’ para seguir generando fondos y proyectos de conservación, cuya eficacia real es, cuando menos, discutible.
Si cuando enfermamos acudimos a un médico que ha dedicado su vida a formarse, y no a un curandero, ¿por qué damos tanto valor a la opinión de cazadores o ganaderos cuando hablan de especies animales cuyos rasgos más básicos desconocen? El miedo vende, pero no informa. Y, además, irrita. Cada noticia sensacionalista enciende las redes sociales y activa a una legión de comentaristas airados que, en su frustración cotidiana, encuentran por fin una excusa para vomitar odio y mezclarlo todo: animalistas con terraplanistas, ‘ecolojetas’ y perroflautas con investigadores.
Para ser más explícitos, basta con mirar el último ejemplo de cómo se informó sobre un supuesto ataque de oso a una burra en el concejo de Oviedo. Si no supiera nada, o casi nada, sobre osos y me despertara una mañana leyendo que uno de esos plantígrados devoró a una burra al lado de mi casa y que cualquier día podría haber una desgracia porque lo próximo sería comernos a nosotros, ¿cómo debería procesar esta información? ¿Cómo no imaginar que el siguiente paso será que el oso nos ataque a nosotros? Si, además, el relato me invita a visualizar cuerpos destrozados y dentelladas mortales, probablemente no volvería a pasear tranquilo ni siquiera por el Monte Naranco. Y eso, a pesar de que en la cordillera cantábrica todos los años se registran osos paseándose por los pueblos y los caminos cercanos a los núcleos habitados y, sin embargo, no tienen lugar "verdaderos ataques" de osos a humanos. Pero el miedo, cuando se siembra bien, hace su trabajo.
Por suerte, o por desgracia, contamos con la opinión "experta" del ganadero afectado, que nos advierte de que los osos cantábricos "ya han aprendido a matar" y que, por tanto, el peligro será cada vez mayor. A la burra Mimosa se suma el caso de Chipi, otro burro de gran valor sentimental para su familia atacado en este caso por lobos (aunque no estamos seguros de que quien acabó con la vida de Mimosa fuera un oso, solo tenemos pruebas de que un oso se acercó a comer su carcasa). Historias emotivas, sin duda, pero utilizadas para reforzar un mensaje alarmista que no se sostiene desde el conocimiento científico.
No quiero minimizar los problemas del medio rural, pero si yo fuera ganadero y tuviera un vínculo afectivo (aparte de económico) con mis animales, tampoco los dejaría sin protección durante la noche en un entorno donde es natural que vivan predadores. Igual que Alimerka no deja sus puertas abiertas, ni nosotros dejamos el coche sin cerrar o la casa abierta cuando salimos a trabajar todo el día, nadie debería sorprenderse de las consecuencias de bajar la guardia. La diferencia es que, en este caso, el error se transforma en titular y el titular en miedo colectivo.
Hoy en día están muy de moda las teorías conspirativas que sugieren la existencia de planes ocultos, diseñados por gremios poderosos y organizados para manipular el conocimiento público, a menudo en abierta contradicción con el consenso científico. En este escenario de osos aterradores, sedientos de sangre y convertidos en amenaza directa para nuestras vidas, mi lado más conspiratorio se detiene, en primer lugar, en un colectivo muy concreto: cazadores asturianos y leoneses, incapaces de aceptar que exista una especie animal cuya caza esté prohibida.
Según este relato, ya hay "demasiados" osos. Además, son "muy grandes".
Poco importa que el concepto "demasiado" sea científicamente impreciso y que debería evaluarse incluyendo variables como, por ejemplo, la superficie forestal disponible, la abundancia de alimento, la densidad poblacional y los consecuentes efectos densodependientes. Todo esto resulta irrelevante frente a una verdad mucho más sencilla y mediáticamente eficaz: sobran osos.
Estos matices, por supuesto, son en gran medida desconocidos, o directamente ignorados, por muchos cazadores, ganaderos y políticos que se apresuran a opinar en los medios con una seguridad inversamente proporcional a su conocimiento. La recuperación de una especie deja de ser un éxito de conservación para convertirse, casi automáticamente, en un problema que hay que gestionar preferiblemente a tiros.
Y mientras el oso vuelve a ocupar el espacio que nunca debió perder, uno no puede evitar preguntarse cuál será la siguiente especie que pase de símbolo de éxito de conservación a amenaza pública. Personalmente estoy esperando el día en el que los linces sean "demasiados" y "conflictivos", y esa etiqueta sirva, una vez más, como coartada perfecta para volver a cazarlos.
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