Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Más allá del coeficiente intelectual: el día a día de dos asturianos con altas capacidades

Asturias es la comunidad autónoma que más niños superdotados detecta: en el curso 2023-2024 hubo 287 nuevos casos

VÍDEO: Más allá de sacar un diez: Así es vivir con altas capacidades

Jimena Aller

Sara Bernardo

Sara Bernardo

Cuando Jorge Flecha apenas había cumplido los dos años, su madre notó que tenía mucha sensibilidad en la piel, rechazando rotundamente etiquetas o costuras en la ropa. Fue un detalle, algo casi imperceptible que no tuvo respuesta hasta muchos años más tarde, cuando llegó el diagnostico de un coeficiente intelectual por encima del 130 y una etiqueta: altas capacidades.

En el curso 2023-2024 (el último del que se tienen registros), un 3,22 por ciento del alumnado asturiano de Primaria y Secundaria tenía altas capacidades. Es la comunidad autónoma con mayor porcentaje, seguida de Baleares (2,58%) y de La Rioja (2,42%). Solo ese curso, la Consejería de Educación detecto 287 nuevos casos en niños de Primero de Primaria (curso en el que se hace la prueba de detección de forma rutinaria).

Pero cuando Flecha llegó a la barrera de los seis años, en el curso 2011-2012, las pruebas diagnósticas aún no eran obligatorias en el Principado que las instauró en el 2022-2023, bajo el mandato de Lydia Espina. "De esa primera etapa escolar me recuerdo como un niño introvertido", explica el joven, que hoy tiene 20 años. "Mis gustos eran distintos a los del resto de niños, jugaba a cosas que yo mismo me inventaba y solo tenía un amigo", comenta.

En el Centro de Acompañamiento Educativo Ayalga, sus directores, José Luis Pérez y Félix Ruiz, llevan dos décadas ayudando a cientos de personas a convivir con una condición que se aleja del plano académico. "Estamos hablando de mentes brillantes en las que los estudios son secundarios, lo más importante es que consigan entenderse y tener una vida plena y feliz", aseguran. Para ello, el primer paso, es que consigan relacionarse con todo tipo de personas. "Suelen ser más afines con niños que también están por encima de la media, pero hay que enseñarles a sociabilizar desde pequeños, para que no se queden atrás en un plano casi más importante que los estudios", comentan.

A Flecha, que no le interesaban los juegos a los que otros niños jugaban en el recreo (como el fútbol), un día le entró el gusanillo del baloncesto. Fue así como con ocho años se apuntó a un equipo. "Me veía obligado a hablar con otros niños que eran mucho más extrovertidos", explica. "Poco a poco vas haciendo amigos de todo tipo a los que os une el deporte".

Más allá del coeficiente intelectual: la historia de dos asturianos con altas capacidades

Por la izquierda, Félix Ruiz y José Luis Pérez / .

Pérez y Ruiz explican la importante de la actividad física en niños con altas capacidades: "Suelen ser niños muy ansiosos por su gran actividad cerebral, el deporte les ayuda a regularse, además de ser un impulso en la socialización".

Fue en el mismo polideportivo en el que hoy se juntan para LA NUEVA ESPAÑA, donde Flecha conoció a Jesús Flórez, con el que, sin saber muy bien el motivo, encajó. "Era todo lo contrario a mí, hablador, inquieto, sociable… Y aún así, algo inexplicable hizo que nos llevásemos genial", explica Flecha.

Una amistad que poco a poco traspasó lo académico. En esos primeros cursos de Primaria, Flórez se dio cuenta de la habilidad que tenía para los estudios. "Con lo que explicaban en clase a mí me servía, aprobaba sin ningún problema, y ese fue mi fallo", reconoce Flórez. Porque después de Primaria llegó Secundaria, una etapa aún más exigente con infinidad de cambios académicos, sociales y personales.

En realidad, esa facilidad había estado ahí desde mucho antes. Jesús Flórez fue siempre un niño extraordinariamente extrovertido, con una creatividad desbordante y una curiosidad constante. "Mi habitación nunca fue una habitación, era un taller", recuerda. Cartones, celo, cinta aislante y cualquier objeto olvidado en un cajón se convertían en material para pequeños proyectos que ideaba sin descanso. Desde muy pequeño mostró intereses poco habituales para su edad.

Los dos amigos llegaron a la ESO sin estar diagnosticados como altas capacidades. Cómo vivieron cada uno esa etapa y cómo derivó su vida fue completamente distinto: el primero empezó a tener tics nerviosos, algo que compartía con su amigo, al segundo lo tacharon de "vago". Los dos sienten que de una forma u otra el sistema "pasó" de ellos, uno porque "iba sobrado", el otro porque "no hacía nada en clase".

"La ESO se me hizo cuesta arriba porque nunca había tenido la rutina de estudiar", explica Flórez. En su caso, el problema no era la falta de comprensión, sino todo lo contrario. No tenía paciencia para repetir tareas ni para seguir un ritmo que le parecía lento. Desde Primaria acumulaba castigos por no cumplir con los deberes o por interrumpir la clase con comentarios fuera de tono que hacían reír a sus compañeros. Ese carisma le granjeó popularidad, pero también una etiqueta peligrosa: la del alumno problemático. "El primer día entendía los conceptos y desconectaba, me ponía a pintar o a hablar y cuando me daba cuenta ya no conseguía seguir el ritmo del curso", comenta Flórez.

A Flecha le pasó todo lo contrario: "Me daba miedo fallar y por eso, aunque sabía hacer las cosas, las perfeccionaba hasta el extremo, algo que me hacía sacar muy buenas notas". Mientras que el problema de Flórez se centró en los estudios, con una habilidad innata para lo social, a Flecha le ocurrió todo lo contrario.

"Me salvó el equipo de baloncesto, yo veía que el resto de mis compañeros empezaban a salir, a relacionarse, a ir de fiesta… Yo no sabía actuar en esas situaciones e intuía que me pasaba algo", reconoce el joven. Llegaron los tics nerviosos y la obsesión por el orden. Al no tener problemas en los estudios, la orientadora del colegio lo derivó a salud mental, donde no le encontraron absolutamente nada. "Pensaban que era ansiedad o algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo", comenta Flecha.

Son situaciones que en el centro Ayalga ven casi a diario. "Lo más importante es explicarles a los niños lo que les pasa en cuanto se tenga el diagnóstico", asegura Ruiz. "Necesitan estructurar su cabeza, ser conscientes de que no son raros, sino que tienen otra actividad cerebral. Entender su condición es clave para su desarrollo social", comentan. "Cuanto antes lo sepan, menos problemas de autoconocimiento tendrán en el futuro. Aquí viene gente de 50 años que cuando les das los resultados de las pruebas respiran aliviados y te dicen: ‘ah, era esto’", sentencian.

Uno de los problemas que se presentaba en la detección precoz de las altas capacidades es la desinformación que gira en torno a ellas. "En este sentido se ha mejorado muchísimo en los últimos años", reconoce Pérez. Fue cuando el hermano pequeño de Jorge Flecha, Miguel, estaba en Primaria, cuando un profesor vio en él un posible caso. Le hicieron las pruebas y al informar a los padres de todas las señales que suelen lanzar este tipo de niños, su madre se dio cuenta que era justo lo que le pasaba al mayor de los hermanos, que en aquel momento cursaba los primeros cursos de la ESO. Le hicieron las pruebas y sacó muy por encima del 125 de coeficiente intelectual que se toma de referencia en Asturias (no todas las comunidades autónomas tienen el mismo valor). "Ahí cambió todo porque entendí muchas cosas que no sabía por qué me pasaban", reconoce Flecha, que "se relajó" y aprendió a vivir de otra manera, entendiéndose.

Tras el diagnóstico de Flecha, y buscando respuesta, la madre de Flórez solicitó las pruebas. Para entonces ya estaba en cuarto de la ESO y encarrilaba suspensos y riñas. Después de un largo proceso de acompañamiento psicológico, fue cuando la familia empezó a entender que detrás de aquel comportamiento no había desgana ni falta de capacidad, sino todo lo contrario. Cinco años de trabajo, de búsqueda de respuestas y de aprendizaje marcaron un antes y un después. "Yo pensaba que la gente se hacía la tonta, preguntaban cosas demasiado obvias; al detectarme altas capacidades lo entendí todo", comenta el joven.

Tras la ESO, Flórez se decantó por un grado medio en gestión administrativa y trabaja como camarero y entrenador de baloncesto. Flecha, por su parte, estudia el doble grado de matemáticas y física. "Ahora es cuanto estoy sacandole realmente provecho a mi cabeza", sonríe.

Desde el centro Ayalga aseguran que hay que "desmitificar" las altas capacidades. "No tienen nada que ver con lo académico", sostienen. Hoy, con la perspectiva del tiempo, ambos coinciden en que el mayor error es reducir las altas capacidades a una cuestión de notas o de rendimiento. Porque la mente, como la vida, es diversa. No existe un único perfil, ni una única forma de sentir, aprender o relacionarse.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents