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Jazmín Beirak: "La cultura no es una varita mágica, pero sí tiene capacidad para reconstruir vínculos comunitarios, fortalecer la convivencia y aportar una base democrática"

La directora general de Derechos Culturales presenta en LABoral Centro de Arte el Plan con el que el Ministerio quiere hacer partícipes a los ciudadanos de la actividad cultural y extenderla a todos los ámbitos de la sociedad: "No se trata únicamente de consumirla, sino de construirla colectivamente"

Jazmín Beirak, en LABoral Centro de Arte y Creación Industrial.

Jazmín Beirak, en LABoral Centro de Arte y Creación Industrial. / Angel González

Elena Fernández-Pello

Elena Fernández-Pello

Gijón

Jazmín Beirak, directora general de Derechos Culturales del Ministerio de Cultura, se ha reunido esta tarde en Gijón, en la sede de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, con decenas de representantes de instituciones y asociaciones del ámbito de la cultura asturiana para presentar y abrir el diálogo sobre el Plan de Derechos Culturales que el Ministerio de Cultura ha definido con 2030 como horizonte. A la sesión ha asistido la consejera de Cultura del Principado, Vanessa Gutiérrez, que aludió a la Ley de Cultura e Identidad en la que el Ejecutivo regional trabaja actualmente con un enfoque similar.

¿Cómo explicar qué son los derechos culturales?

Una forma sencilla de comprenderlo es compararlo con otros ámbitos como la educación o la sanidad, ahí entendemos claramente que son derechos de la ciudadanía. Con la cultura, sin embargo, esto no siempre ocurre: a menudo se perciben como algo dirigido a un sector específico, el sector cultural, y no como derechos de todas las personas. Todas nos relacionamos con la cultura de múltiples maneras: cuando usamos la lengua, cuando conocemos o transformamos tradiciones, cuando desarrollamos nuestra capacidad expresiva o artística, cuando aprendemos a tocar un instrumento, participamos en un grupo de teatro o en las fiestas de nuestra comunidad. La cultura no tiene que ver únicamente con acceder a bienes o servicios -como museos o espectáculos-, sino con el desarrollo de capacidades que todas las personas tenemos. De ahí que hablemos de derechos culturales en plural y no solo del derecho de acceso. Además, los derechos culturales son derechos humanos. Así lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966. Participar implica no solo consumir cultura, sino desarrollar plenamente nuestra dimensión cultural y tener un papel activo en ella. No somos únicamente espectadores, sino sujetos protagonistas.

¿Para eso sirve el Plan de Derechos Culturales?

Este enfoque no se había incorporado de forma explícita e institucionalizada en la acción del Ministerio ni, en general, en las administraciones públicas. Tradicionalmente, las políticas culturales han tenido una aproximación patrimonial -centrada en la protección y conservación de obras- o sectorial -vinculada a las industrias culturales-, ambas necesarias, pero el enfoque desde los derechos culturales añade una tercera dimensión: pone a las personas y a la ciudadanía en el centro, y plantea cómo facilitar que todas puedan desarrollar su vida cultural. El Plan de Derechos Culturales recoge cómo articular estos derechos y cómo hacer posible su ejercicio efectivo.

Un primer paso sería que la ciudadanía fuera consciente de que tiene derechos culturales.

Muchas personas sienten que ciertos espacios culturales no son para ellas, no van a un museo o a un espectáculo porque creen que no los van a entender. Esa distancia social con la cultura es el resultado de políticas que han separado la cultura de la vida cotidiana, cuando en realidad forma parte de ella. El Plan funciona como una hoja de ruta concreta. No es una declaración de intenciones, sino un conjunto de medidas específicas para garantizar el ejercicio de los derechos culturales. Incluye acciones inmediatas para esta legislatura, hasta 2027, y otras a más largo plazo, hasta 2030, orientadas a un cambio estructural.

¿Cómo se organiza?

En cinco ejes. El primero se centra en garantizar la democracia cultural, identificando las barreras socioeconómicas, territoriales, de género, relacionadas con la diversidad étnico-racial o con la discapacidad. No todas las personas parten de las mismas condiciones, y esas desigualdades se reflejan en el ámbito cultural. Es importante fomentar la participación ciudadana a través del tejido asociativo y cultural. También apuesta por integrar las artes y la cultura en los currículos escolares de manera estructural, no puntual, con residencias artísticas en centros educativos, financiadas con transferencias a las comunidades autónomas, por ejemplo, o una línea de ayudas para proyectos culturales con especial impacto social. El segundo eje se centra en abordar los retos actuales a través de la cultura y parte de la idea de que la cultura puede dar respuesta a desafíos colectivos contemporáneos. Uno de ellos es el territorio y la despoblación. Medidas como la puesta en marcha de una plataforma de cine online dirigida a pequeños municipios del ámbito rural, que permitirá el acceso a exhibiciones colectivas de películas... Otro de los ámbitos clave es la relación entre cultura y salud. El Ministerio de Cultura mantiene un acuerdo con el Ministerio de Sanidad para desarrollar acciones conjuntas.

¿Por ejemplo?

Está demostrado que la incorporación de prácticas artísticas en hospitales y centros de salud tiene efectos positivos. La Organización Mundial de la Salud ya señaló en 2019 la importancia de esta relación, y recientemente la Comisión Europea ha publicado el informe "Culture and Health", que refuerza esa misma idea. Los beneficios van desde la humanización de la atención sanitaria y el cuidado emocional de pacientes, familiares y profesionales, hasta mejoras clínicas. En el Reino Unido existen estudios que muestran cómo el canto contribuye a mejorar la salud pulmonar, y en España se han desarrollado investigaciones que indican que la música en directo puede aliviar el dolor en personas con migraña. Este eje también aborda cuestiones de género, diversidad cultural y lingüística.

¿Cómo encaja la llingua asturiana en el Plan, dado que no es oficial?

El Plan aspira a incorporar y promover aquellas lenguas que, aun sin oficialidad, forman parte del patrimonio cultural del territorio. En algunas líneas de ayudas del Ministerio ya se está avanzando en este sentido, con el objetivo de no dejar estas realidades fuera y de seguir ampliando su reconocimiento progresivamente.

¿Más contenidos?

El tercer eje del Plan se centra en la sostenibilidad del tejido profesional, entendiendo que los derechos culturales también incluyen los derechos de quienes trabajan en la cultura. Aquí se enmarca el Estatuto del Artista, subvenciones para fomentar el asociacionismo profesional y el fortalecimiento de sindicatos culturales. Se estudian posibles modificaciones de la Ley de Contratos del Sector Público para adaptarla a las especificidades del ámbito cultural… Los dos últimos ejes tienen un enfoque más interno, pero resultan igualmente fundamentales. Uno de ellos busca consolidar los derechos culturales como marco de acción pública, y el otro adaptar la propia administración a este enfoque.

Respecto al tejido profesional, los galeristas han convocado un cierre nacional por la rebaja del IVA cultural.

Cuestiones sectoriales específicas, como el IVA de las galerías de arte, no se abordan dentro del marco del Plan de Derechos Culturales, responden a otro tipo de políticas y herramientas.

¿Y se contemplan medidas para facilitar la actividad de las galerías u otros sectores culturales?

El Plan no tiene un enfoque sectorial. No establece medidas específicas para las artes visuales, las artes escénicas o el cine, sino que está pensado desde la garantía de derechos para la ciudadanía. La dimensión profesional está incorporada en la medida en que aborda los derechos de las personas que trabajan en la cultura.

¿Podría entenderse entonces como un plan de accesibilidad a la cultura, para hacerla más cercana?

En parte sí, aunque el concepto de accesibilidad puede tener una connotación pasiva, como si se tratara solo de acceder a algo ya dado. Aquí defendemos una doble dimensión: el acceso, pero también la participación y la contribución. No se trata únicamente de consumir cultura, sino de construirla colectivamente.

Asturias ha hecho propuestas al Plan.

Sí. A través de la Conferencia Sectorial se recibieron propuestas de las comunidades autónomas y se han incorporado. En el caso de Asturias, muchas de ellas tenían que ver con la cuestión lingüística y han sido tenidas en cuenta.

¿La estructura territorial, demográfica y económica de una comunidad como Asturias se considera en el diseño del Plan?

Sí. En las líneas de ayudas vinculadas al Plan, como las de impacto social o las dirigidas al ámbito rural, se valoran positivamente los proyectos desarrollados en territorios con menor accesibilidad o menor atención institucional.

Hoy se reúne con agentes culturales e instituciones de la región, como antes hizo en otras comunidades. ¿Qué preocupaciones le suelen plantear?

Una de las principales cuestiones es cómo aterrizar el Plan en el contexto local. Es un reto, porque el Plan se inscribe en competencias de ámbito estatal, por eso es fundamental la cooperación entre administraciones autonómicas y locales. La línea de ayudas de impacto social, que se puso en marcha por primera vez el año pasado, recibió alrededor de mil proyectos.

En Asturias se está trabajando en una ley cultural. ¿Cómo encaja esto con el Plan de Derechos Culturales?

Es muy positivo que existan leyes de derechos culturales a nivel autonómico. Ya existen experiencias como la ley de Navarra, la Ley del Sistema Público de Cultura de Canarias, y se están desarrollando iniciativas similares en Cataluña y el País Vasco. Contar con marcos autonómicos es clave.

¿Hay proyectos presentados desde Asturias que ya hayan sido aprobados?

Sí, hay proyectos tanto en la línea de impacto social como en la del ámbito rural que se desarrollan en Asturias, aunque ahora mismo no podría concretar cuáles.

¿Y líneas de actuación especialmente interesantes para una comunidad como Asturias?

Lo importante es lo que propongan los proyectos desde el propio territorio. El diseño de las ayudas busca precisamente evitar la concentración en los territorios más centrales y favorecer una distribución más equilibrada.

Hay en marcha una iniciativa por la capitalidad cultural de Oviedo.

Eso no lo podemos meter, digamos, debajo de ese paraguas. Cada candidatura decide cómo enfoca su proyecto, lo puede hacer en derechos culturales, pero en todo caso es algo que el Ministerio llevaría desde su Dirección de Relaciones Internacionales.

¿Cómo se percibe, desde su cargo en el Ministerio, la evolución de la sociedad española en materia cultural? ¿Sigue considerando la cultura como algo prescindible?

Esto tiene que ver con una desconexión social y con políticas culturales que han separado la cultura de la vida cotidiana de las personas. Si la ciudadanía no siente que las políticas culturales piensan en ella, tampoco percibe su relevancia. Dicho esto, en los últimos años, y probablemente en un contexto de incertidumbre, crisis de sentido y pérdida de horizontes, la cultura está reapareciendo como un espacio donde se pueden abordar algunos de los desafíos contemporáneos. No es una varita mágica, pero sí tiene capacidad para reconstruir vínculos comunitarios, fortalecer la convivencia y aportar una base democrática. En ese sentido, hoy la cultura tiene mucho que decir.

¿La cultura es un elemento cohesionador de las sociedades y de los territorios?

Sí, lo es de forma casi natural. La cultura compartida define un territorio y lo distingue de otros. Por eso tiene un doble efecto: cohesionador y diferenciador. Puede ser plural, mestiza e inclusiva, pero también puede volverse identitaria y excluyente. De ahí la importancia de las políticas culturales que orienten el campo cultural hacia modelos más abiertos o más cerrados. La cultura es una expresión humana, un lenguaje, una forma de aproximarse a la realidad, y sus efectos dependen en gran medida del marco en el que se desarrolla.

Posturas más liberales defienden que la cultura se desarrolle libremente.

Precisamente la función de las instituciones es permitir que la cultura se desarrolle más allá de ellas mismas, pero para que eso ocurra, es necesario apoyar y dotar de recursos. Si no, todo queda en manos del mercado. Por eso es fundamental un compromiso institucional y presupuestario, con programas y acciones concretas. El valor de una institución no está solo en lo que produce dentro de sus muros, sino en lo que es capaz de generar hacia afuera.

Aquí, en la periferia, se quiere percibir últimamente cierta tendencia a la descentralización de la cultura.

Sí. Del mismo modo que muchas personas están dejando las grandes ciudades, también se están consolidando escenas culturales locales más vivas y diversas en la periferia. Aunque siguen existiendo brechas importantes, las distancias se están acortando y se están fortaleciendo ecosistemas culturales locales muy ricos.

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