Mayte Uceda estará en el Club LA NUEVA ESPAÑA el próximo 17 de febrero, a las 19.30 horas
Mayte Uceda, autora de la novela "Los amores paralelos": "La revolución minera del 34 abrió una grieta más en una sociedad convulsa, que se estaba dirigiendo al abismo"
La escritora asturiana recrea en su libro, recién editado por Planeta, los episodios del alzamiento de octubre en Asturias a través de la historia de dos familias, una en Oviedo y otra en la cuenca del Nalón, y de dos hermanas enamoradas de hombres en bandos enfrentados

Mayte Uceda, en la plaza de la Catedral de Oviedo. / Javier Ocaña

En Cudillero, donde reside desde 2006, Mayte Uceda (Granda, Siero; 1967), ha encontrado el espacio idóneo para dar rienda suelta a su vocación literaria. Allí, al abrigo de la naturaleza norteña, escribió “Los amores paralelos” (Editorial Planeta). La novela, desde el 21 de enero en las librerías, un relato sobre una familia sacudida por la Revolución del 34, tiene como escenarios principales Oviedo y las cuencas mineras.
¿Qué le movió a adentrarse en el alzamiento minero de 34?
La Revolución del 34 siempre ha estado muy presente en Asturias, quizás no tanto ahora pero sí para las anteriores generaciones. Mi padre y mi abuelo trabajaron unos años en la mina, y la novela me ha dado la oportunidad de hablar con mi padre. Él fue uno de esos guajes a los que se les modificaba la fecha de nacimiento para que pudieran entrar a trabajar en la mina. Mi padre y mi abuelo siempre quisieron salir de allí, y lo consiguieron se trasladaron a Oviedo. Tuve un tío que fue picador toda su vida laboral.
¿De dónde es originaria su familia?
Mi familia paterna de Luarca y la materna de Soria.
¿Su padre le ha contado sus recuerdos de aquella época? ¿O de los acontecimientos posteriores?
Tengo amigos en la cuenca minera a los que sus abuelos sí les contaron episodios de aquel tiempo, de cuando llegaban las tropas moras y se lavaban en los ríos. Es algo que se transmitió oralmente a los nietos y me ayudó mucho a componer el retrato de la época. Mi padre nació en los años 40, no conoció aquellos hechos y al ser tan joven tampoco era consciente del peligro que entrañaba el trabajo en la mina; mi abuelo sí, por eso decidió marcharse. Mi padre recuerda empujar las vagonetas en la galería. No había ni mulas, era él con otros niños quienes las empujaban y se ocupaban del lavadero. Muy al inicio de los años 30 la situación era todavía mucho peor. Yo misma he conocido a mineros que tenían que beber para meterse en la mina. El alcohol ha sido el refugio de los mineros contra el miedo.
“Los amores paralelos” es un relato dual, la historia de dos hermanas enamoradas de hombres que militan en bandos enfrentados: un guardia civil y un minero.
Es dual en todos los sentidos, no solo por las dos hermanas, a las que los sucesos van enfrentando. También lo es por los dos escenarios principales, que son Oviedo y la cuenca del Nalón, tan distantes a pesar de estar separados por apenas 21 o 22 kilómetros. Lo que me interesaba era mostrar la Revolución de Octubre que, fuera de Asturias, no ha sido tan tratada como la Guerra Civil. Quería profundizar y entender el por qué un montón de hombres se alzan, cogen las armas y la dinamita y marchan hacia Oviedo, con las consecuencias que tuvo todo aquello. La novela arranca con la proclamación de la Segunda República y vamos viendo como dos familias, una en Oviedo, que regenta una tienda de imágenes religiosas, con un tío cura, y la otra en la cuenca, la reciben una con esperanza y la otra con temor. Y ahí una hermana se enamora de un guardia civil y otra de un minero, Antón.
¿Es una novela sobre hechos cotidianos o más bien con carga histórica y política?
La historia cotidiana de aquellos años estaba profundamente marcada por lo que ocurría en la sociedad: las condiciones de vida extremas, la polarización, las luchas obreras y campesinas. Los campesinos y obreros estaban fuertemente sindicados, mayoritariamente a la CNT, el sindicado anarquista, seguido por la UGT; estaban muy jaleados por sus líderes sindicales, los mineros en Asturias estaban muy informados de todo lo que estaba a punto de pasar. La revolución minera del 34 origino una grieta más en una sociedad convulsa, se ve a lo largo de aquellos años que la sociedad se estaba dirigiendo al abismo, con asesinatos en las calles. Dicen que fue la revolución más anunciada de la historia, en los discursos de Largo Caballero, Indalecio Prieto…
¿Hay alguna analogía con la actualidad? Por la polarización…
Ahora no tenemos las desigualdades sociales tan enormes de aquella época, los mineros tenían una esperanza de vida inferior al resto de la población y en el sur la mortalidad infantil era espeluznante. Nada que ver con ahora. Hoy estamos asistiendo a una creciente polarización, pero la violencia en las calles no es comparable, incluso la violencia política, no tiene nada que ver.
¿Conocía bien todos los escenarios de su novela o ha tenido que hacer trabajo de campo?
Oviedo ha sido mi ciudad de referencia, no nací allí, pero estudié en ella y la conozco bien, he salido por el Rosal… La cuenca minera me resultaba más desconocida, la conocía de ir a visitar a amigos, a actividades gastronómicas... He tenido que hacer incursiones en la cuenca y he contado con la colaboración de José Alberto Trigueros Crespo, de La Felguera, mi amigo minero, que me ha supervisado los capítulos que trascurren en el interior de la mina, y de su mujer, de Sama, con el enfrentamiento dramático del asalto de los mineros al cuartel de la Guardia Civil de Sama, que acabó con el edificio reducido a cenizas y los guardias civiles muertos. Es curioso porque la calle donde estaba el cuartel lleva ahora el nombre del capitán que lo defendió, capitán Alonso Nart. Los guardias civiles estaban bien pertrechados, pero muchas ametralladoras que tuvieran… La dinamita era implacable.
¿Toma partido en la novela?
No, para mí sería muy fácil, por mis orígenes, justificar ese arranque de violencia de los mineros, pero mi empeño fue exponer, mostrar los hechos sin intervenir ideológicamente, por eso me empeñe en sentar a la misma mesa, en la novela, a un minero que defiende sus ideas y a un guardia civil que defiende las suyas. El encuentro es bastante tenso.
¿Llegan a algún entendimiento?
No llegan a un acuerdo, no. He querido cuidar ese aspecto de la neutralidad como autora: cada personaje tiene sus razones.
¿Está al tanto de la negativa de su colega David Uclés a asistir a las jornadas “1936: la guerra que todos perdimos”?
Esa es una decisión muy personal. Mi opinión es que el debate es sano. No digo ya intentar comprender a otro, debatir simplemente. Defender tu postura, más si no estás de acuerdo, es casi una obligación; evitarlo es una manera de huir. Pero cada uno debe valorar, de manera íntima, cómo actuar.
¿Su padre ha leído ya su novela?
Mi padre tiene 83 años y lee poquito a poco. En Antón, el minero, creo que se ve reflejado, porque trata por todos los medios salir de la cuenca y mudarse a Oviedo con su hermano pequeño, que cuando empieza la novela tiene 10 años y mucho miedo a la mina. Mi padre y mi abuelo lo consiguieron, con trabajos muy dispares y a cielo abierto, y eso es lo que intenta Antón, salir de ese mundo tan duro y peligroso. No quiero molestar mucho a mi padre, a veces él me comenta alguna cosa... El libro me ha servido para acercarnos más.
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