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Todas las razones por las que los pueblos de Asturias se han convertido en "lugares que no importan" y cómo revertir la situación

El medio rural asturiano se ha convertido en una "geografía del descontento" pese a que las inversiones, subsidios y ayudas no tienen precedente histórico: en la raíz de toda la profunda desafección que crece entre las gentes del campo está el despliegue de un "despotismo rural iluminado" que impregna las políticas públicas: "todo para los pueblos, sin contar con los paisanos"

José Antonio González.

José Antonio González.

José Antonio González Díaz

José Antonio González Díaz

José Antonio González Díaz, profesor de Geografía y Ordenación del Territorio de la Universidad de Oviedo, maneja en este artículo el enfoque de las "geografías del descontento", acuñado por Andrés Rodríguez-Pose, catedrático de la London School of Economics, para hablar de los "lugares que no importan", donde sus habitantes viven profundamente desencantados con la gestión de esos territorios. ¿Y qué pasa en el medio rural asturiano, qué ocurre en esas "aldeas que no importan"? ¿Por qué nuestra zona rural ya es una geografía del descontento? ¿Y qué efectos tendrá eso sobre el futuro de Asturias? En este artículo se responden esas preguntas

Las geografías del descontento son un enfoque que trata de explicar y entender los sentimientos de agravio, insatisfacción, abandono y malestar que expresa la población de un determinado territorio en relación con las políticas que allí se aplican. Este enfoque nace a partir del desánimo social con el proyecto europeo (euroescepticismo) y del surgimiento de posturas extremistas en el contexto de lo que Andrés Rodríguez-Pose, Catedrático de Geografía Económica de la London School of Economics, definió como los "lugares que no importan"; entendidos como los territorios en los que sus habitantes cada vez se encuentran más alejados y desencantados con modelos de gestión del territorio que en ellos se llevan a cabo. Dentro de estos espacios, las áreas rurales cobran especial protagonismo en la actualidad, en toda Europa en general, y en España en particular.

En este artículo aplicaremos este enfoque al medio rural asturiano, con la intención de comprender cuáles son las motivaciones reales del malestar rural que se ha convertido en un clamor popular, así como sus consecuencias en el corto-medio plazo. Dicho análisis se hará desde una óptica que integre los factores políticos, económicos, sociales, tecnológicos, legales y ambientales que influyen en la ecuación del descontento rural.

El olvido de los pueblos

El olvido de los pueblos / LNE

En el plano político cabe empezar por señalar la profunda paradoja a la que se encuentran sometidos los gestores públicos, en la medida que el nivel de inversiones, subsidios y ayudas con el que se ha regado el medio rural no ha tenido precedente histórico, y sin embargo el nivel de desánimo, desarraigo y desafección ha aumentado de manera exponencial en los últimos tiempos.

¿Y cómo se explica esto? En parte por la percepción local de la forma de hacer política en el medio rural que se ha instaurado en España desde la dictadura a esta parte, que cristaliza en una especie de "despotismo rural iluminado", de raigambre urbana, que se sintetiza en una praxis política de "todo para los pueblos, pero sin contar con los paisanos". Una orientación que se alimenta de un paternalismo urbano insultante que desprecia la opinión y la visión de los que viven en el medio rural, y que se traduce con frecuencia en una gestión del territorio alejada y contradictoria a sus intereses, que les hace sentirse como ciudadanos de segunda, incomprendidos por gobiernos y responsables políticos.

La PAC

En el apartado económico, el sector primario sigue arrastrando graves problemas de rentabilidad, que incluso en coyunturas positivas como la actual, como sucede con los precios de la carne o la leche, cubre los costes de producción a duras penas dado el crecimiento vertiginoso de estos últimos. A ello se suma una fuerte dependencia de la PAC, sobre la que se ciernen recortes presupuestarios de hasta un 20% para el próximo periodo de programación, lo que puede suponer el desequilibrio definitivo en la maltrecha cuenta de resultados de nuestras explotaciones agrarias (cuyos ingresos dependen hasta en un 50% de las ayudas en muchos casos).

Mercosur

Y por si fuera poco, el nuevo orden geopolítico mundial viene a incrementar aún más la incertidumbre, a través del planteamiento de tratados de libre comercio como Mercosur, que amenazan con una competencia desleal del agronegocio hacia nuestras débiles explotaciones familiares. Un dato al respecto, para calibrar la escala y magnitud de éste: solo Brasil multiplica casi por tres el número de cabezas de ganado vacuno de toda la UE.

Soledad no deseada

Desde la óptica social, el descontento prende con fuerza en las poblaciones rurales debilitadas en cantidad y en calidad, es decir, con pocos habitantes y muy envejecidas; que son el caldo de cultivo perfecto para que afloren procesos de soledad de no deseada tanto en jóvenes como en mayores, que los hacen sentirse en muchos casos abandonados a su suerte. El aislamiento territorial junto con un déficit relacional fruto de la desarticulación de las comunidades rurales, y de la célula básica de su organización, la familia extensa, contribuyen a reforzar el sentimiento ya expresado de ciudadanos de segunda, y lo que es peor, a visualizar el progreso personal fuera de la aldea.

Ambas cuestiones cristalizan en una mentalidad que ha penetrado hasta el último rincón de nuestros pueblos y aldeas, y que invita a los pocos jóvenes que quedan a buscar el ascensor social y económico fuera del campo, lo que se traduce en un goteo constante del cierre de explotaciones y negocios rurales por falta de relevo generacional. El agro astur, como dato de interés, en el último cuarto de siglo, ha perdido casi el 70% de sus profesionales agrarios. Caminamos hacia un campo asturiano sin campesinos.

Por otro lado, la brecha territorial campo-ciudad no se ha logrado superar en la era de la sociedad de la información. El papel de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) para igualar las condiciones de vida entre el medio rural y urbano no termina de suturar la brecha, sino que su deficiente implantación en algunas entidades de población hace con frecuencia aflorar los desequilibrios en servicios que se tornan básicos universales para poder habitar un territorio.

Penumbra digital

En pleno siglo XXI la existencia de aldeas en situación de penumbra digital, con conexión a internet deficiente, falta de cobertura móvil, inexistencia de telefonía fija, dificultad de señal de TV o la combinación de toda ellas, genera en esos territorios un hartazgo local que las distancia aún más de la administración pública, y que dinamita cualquier proyecto de desarrollo que se quiera llevar a cabo en ellos. Resolver estos problemas en las localidades habitadas es el principio básico para acercar la innovación tecnológica al medio rural, el cual incorpora la tecnología como herramienta en todos sus procesos o no tendrá futuro.

La legislación

Otro de los grandes focos del descontento emana de la legislación que se apila sobre el medio rural de manera inconexa y contradictoria con la naturaleza de estos espacios. La fatiga legislativa que arrastran sus habitantes hace que se sientan con frecuencia como "indios en una reserva", en la medida que las regulaciones y normativas de aplicación se afanan en legislar hasta el último resquicio de su espacio vital. Con frecuencia, perciben cómo las prácticas culturales que sostienen esos territorios y sus paisajes se ven penadas, mientras que observan atónitos cómo esa misma legislación deja la puerta abierta a la entrada de actividades y elementos foráneos en situación de ventaja comparativa sobre los locales. En este contexto cuaja la percepción de vivir en paisajes de mírame y no me toques, donde cada gesto cotidiano parece sometido a una judicialización externa que rara vez entiende, respeta o empatiza con la realidad de quienes habitan y sostienen esos territorios.

El factor ambiental

Finalmente, el factor ambiental es otro de los grandes focos del descontento rural. Periódicamente se nos presenta al campo y a los que en él viven como los causantes de todos los desastres medioambientales que nos afectan en la actualidad. Desde la manida contribución de la ganadería y la agricultura al cambio climático, hasta la imputación directa cada vez que sucede un incendio forestal, son ejemplos del trato social injusto que se está dando a un colectivo que se revela clave en la gestión de estos espacios.

Nada más alejado de la realidad, debemos de empezar reconocer el papel de las comunidades rurales como legítimos custodios de sus territorios; a la par que saldar las deudas que con ellas tenemos por su contribución en la provisión de servicios ecosistémicos, de los que disfruta el conjunto de la sociedad tal y como si los tuviéramos garantizados de serie. Como ejemplo, debemos de recordar que el mantenimiento de sumideros forestales de carbono estables y seguros, que absorben las crecientes emisiones que tienen lugar en nuestras ciudades, se encuentran emplazados en el medio rural, y que su conservación depende en gran medida de las actividades tradicionales que los han modelado desde época histórica.

Analizadas las causas de las geografías del descontento, hay que señalar que sus consecuencias van más allá de la capitalización política del malestar y su traslación a la aritmética parlamentaria, en un contexto de fragmentación del voto donde los restos y las minorías tendrán un papel decisivo en los próximos comicios. Pero esa no debe ser la mayor de las preocupaciones, sino que estas tendrían que ver con el crecimiento incesante de esta corriente de pensamiento que está lastrando las posibilidades de desarrollo socioeconómico de la pieza territorial más extensa del puzle regional: el medio rural, cuyos efectos negativos y riesgos se expanden al conjunto de Asturias.

Las terribles consecuencias

Entre estos riesgos cabe señalar como ejemplos la pérdida continuada de superficie agraria útil por abandono rural, la cual condicionará la viabilidad de nuestras explotaciones agrarias, que deberán ser más autosuficientes como condición para su supervivencia. Ello comprometerá en paralelo nuestra seguridad y soberanía alimentaria, cada vez más dependiente del exterior; a la vez que restará competitividad a nuestra industria agroalimentaria por falta de materia prima de calidad.

Nuestros ricos y variados mosaicos agrarios, seña de indiscutible de nuestra identidad regional, experimentarán una profunda simplificación paisajística, que les restará atractivo y funcionalidad. El turismo rural perderá una parte importante de sus reclamos: paisaje, cultura y gastronomía de calidad; a la par que pasará a pivotar más sobre entornos urbanos que rurales, salvándose de esta tendencia los destinos turísticos hiper-consolidadados (Llanes, Cangas de Onís, Somiedo, entre otros).

Los megaincendios serán cada vez más frecuente y severos, en virtud del cambio climático y el cierre gradual del paisaje, fruto de la ausencia de las discontinuidades en el combustible disponible que establecían los prados y cultivos en franco retroceso. Esta reconfiguración paisajística, además, dibujará nuevos ecotonos en el entorno de los núcleos habitados, en los cuales la fauna encontrará cobijo y alimento, lo que agravará el conflicto con los animales salvajes, el cual no estará exento de riesgos para la seguridad de sus habitantes y visitantes (accidentes de tráfico, encontronazos fortuitos, aumento de daños a la ganadería…).

Todavía hay tiempo para revertir la situación

Este panorama, poco alentador en lo territorial, todavía estamos a tiempo de revertirlo. Para ello es importante una sociedad asturiana consciente, crítica y comprometida con el diseño y construcción del modelo de región futura. Debemos entre todos decidir qué modelo de región queremos, es decir, cómo queremos que sea de mayor Asturias. Si una región contraída en el cuadrilátero central (Oviedo, Gijón Avilés y Siero), y en la que sólo se salven algunos islotes periféricos fruto de la intensificación productiva (agraria, turística o industrial); o una región diversa, plural y equilibrada en la que los territorios rurales jueguen un papel estratégico a la hora de enfrentar las múltiples transiciones en que estamos inmersos (demográfica, digital y ecológica). Aquí nos inclinamos hacia la segunda opción, siendo conscientes de que para lograrlo debemos de ser capaces de poner en marcha políticas sensibles a los territorios rurales y basadas en las necesidades del lugar.

Las políticas sensibles al territorio, fuertemente promovidas desde las instancias europeas, se caracterizan por una participación de las comunidades locales y por atender las necesidades reales de las mismas. Se trata de políticas diseñadas, ejecutadas y examinadas desde el prisma local, en el que sus habitantes tienen voz y voto, desde un enfoque en la toma de decisiones de abajo a arriba. Hoy ya sabemos que no basta con regar con fondos públicos los territorios rurales para hacer de ellos territorios con futuro. Como también sabemos que son más necesarios que nunca la implantación de modelos de gestión del territorio participativos que permitan romper con el círculo vicioso del descontento y desarrollar así los territorios en todas sus potencialidades. Escuchar al territorio, y atender a las necesidades de los que en él viven, es el mejor antídoto para combatir las geografías del descontento y la sensación local de lugares que no importan, y transformarlos así en territorios de oportunidades.

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