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Hallazgo inédito: la investigación de la Universidad de Oviedo destapa la diversidad fúngica en los robledales cantábricos

Un estudio de la institución asturiana identifica más de mil variantes genéticas de hongos asociadas a las raíces del roble, clave para entender su futuro ante el cambio climático

Una investigadora en el bosque.

Una investigadora en el bosque. / LNE

Sara Bernardo

Sara Bernardo

Un estudio liderado por la Universidad de Oviedo ha identificado más de mil variantes genéticas de hongos asociadas a las raíces del roble albar (Quercus petraea), una cifra inédita hasta ahora en estos bosques y clave para entender su futuro en un contexto de cambio climático.

La investigación, publicada en la revista científica Mycological Progress, es el primer muestreo intensivo realizado en la Cordillera Cantábrica en el límite sur de distribución europea de esta especie, una zona especialmente sensible al aumento de temperaturas y a la pérdida de humedad. El trabajo revela que cada bosque alberga comunidades fúngicas únicas, estrechamente ligadas a su estructura, al suelo y al microclima.

El equipo analizó robledales de tres espacios naturales protegidos (Redes, Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, y los Ancares) y encontró 1.043 variantes genéticas pertenecientes a 297 especies de hongos. Aunque la riqueza total era similar entre zonas, la composición variaba de forma notable: solo un 7,4% de los hongos estaba presente en todos los bosques, lo que demuestra un alto grado de especialización local.

Estos hongos no son simples acompañantes. Muchos de ellos forman ectomicorrizas, una asociación simbiótica fundamental que permite a los árboles absorber mejor agua y nutrientes del suelo. Los investigadores identificaron once tipos distintos de estas estructuras en las raíces del roble, confirmando su papel esencial para el buen estado del arbolado, sobre todo en condiciones ambientales adversas.

El estudio también detectó una abundante presencia de hongos endófitos, incluidos los llamados dark septate endophytes, cuyo papel todavía se está investigando pero que podrían ayudar a los árboles a resistir el estrés ambiental. Junto a ellos aparecen hongos descomponedores, esenciales para reciclar la materia orgánica y mantener la fertilidad del suelo.

Uno de los resultados más llamativos es que los robles que crecen en condiciones más desfavorables, con menos luz y mayor competencia, albergan las comunidades fúngicas más ricas y exclusivas. Según los autores, estos árboles podrían depender en mayor medida de esta red subterránea para sobrevivir, lo que pone de relieve la importancia de mantener bosques con una estructura diversa y no excesivamente simplificada.

Las conclusiones del trabajo van más allá de la micología. Los investigadores subrayan que la gestión forestal —clareos, cortas o cambios en la estructura del dosel— puede afectar directamente a estas redes invisibles que sostienen la salud del bosque. Conservar la heterogeneidad estructural no solo beneficia a los árboles, sino que refuerza la resiliencia del ecosistema frente al cambio climático.

En definitiva, el estudio demuestra que la conservación de los robledales cantábricos no pasa solo por proteger los árboles visibles, sino también por comprender y preservar el complejo universo de hongos que, desde el subsuelo, garantizan su supervivencia.

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